Otto Engelhardt y la historia del zepelín desde San Juan de Aznalfarache 1928 y 1929

Fotomontaje, elaborado por motivos desconocidos, en el que se aprecia la iglesia sobre el cerro, con el zepelín, pero no están (y deberían verse), Villa Alfaro y Villa Chaboya. La imagen del cerro puede ser de inicios del siglo XX

Publicado en el diario “El Liberal”, el viernes 26 de abril de 1929:

El vuelo del “Zeppelin”.

Lo primero que ha visto el zeppelín en Sevilla ha sido la bandera alemana, que puso nuestro amigo, el ex cónsul don Otto Engelhardt, unida con la bandera española, sobre el techo de su casa en San Juan de Aznalfarache.

En previsión de la visita del zeppelín a Sevilla, ondeaba ya la bandera desde el martes en este lugar.

Qué sorpresa más sentida habrá sido para las gentes del zeppelín quedar saludadas en la entrada de Sevilla por la bandera de su país negro-rojo-oro.

El zeppelín voló precisamente, en su rumbo a Sevilla, sobre la casa de don Otto.

Y continuando con la vida del pacifista de origen alemán, ingeniero y diplomático Otto Engelhardt, que vivió en nuestro pueblo, en la finca Villa Chaboya, entre los años 1913 y 1936, hasta que fue detenido y ejecutado en Sevilla y, en relación con el hecho anterior, compartimos completo su artículo denominado “Suerte de inventores”, con la historia de los dirigibles, publicado en dos días, el 4 y el 9 de noviembre de 1928, en el tabloide “El Liberal” (edición sevillana):

En estos días, ha vuelto a la memoria del mundo la figura de un hombre, el conde Zeppelin (o Zepelín), cuyo recuerdo merece el respeto de todos, porque él no fue solamente un gran inventor, sino un hombre de energías extraordinarias, cuya vida es un alto ejemplo de una lucha titánica contra las contrariedades, las que él pudo vencer con el sacro convencimiento de que estaba luchando por una cosa nueva y grande.

Todos los grandes inventores han tenido siempre sus antecesores en las ideas y, poco a poco, se han desarrollado, por el trabajo intelectual de varios, las construcciones mecánicas y los procedimientos químicos que hubieron de imprimir una aceleración al progreso de la humanidad. De la máquina de fuego, imperfecta, del siglo XVII, de Newcomen, James Watt desarrolló la máquina de vapor que influyó tanto en el desarrollo del siglo XVIII.

El conde Zeppelin ha tenido un digno predecesor en el hebreo húngaro David Schwarz. Este fue comerciante en maderas. Muchas veces, tuvo que pasar semanas enteras en la soledad de un bosque, en una choza. Allí se ocupaba por el estudio de la aviación, naciente entonces, al principio de los años del siglo pasado (siglo XIX). Él ideaba construcciones de aeronaves con esqueleto firme. Como inventor de talento predilecto, él había previsto que sólo una aeronave con esqueleto firme ofrecía condiciones de seguridad para viajes largos. Como material para este esqueleto, le parecía como único empleable el aluminio; para conocer bien esta materia, tan nueva entonces, entró de obrero en una fábrica de aluminio. Después, él ofreció sus ideas al Gobierno austríaco. Este dictaminó muy favorablemente sobre ellas, pero por razones económicas, no quiso ocuparse en la construcción de aeronaves.

El Embajador ruso en Viena, que se había enterado de los proyectos de David Schwarz, procuró que se le llamara a la corte de Rusia. Aquí montó el inventor su aeronave y empezó con gran éxito las pruebas. Dos veces había ya subido la nave con él, cumpliendo todas las condiciones del contrato, cuando Schwarz se enteró de que estaba acusado de espionaje militar y que su arresto estaba ya dictado. Como hebreo, no podía esperar consideración alguna del “papaíto zar” y de sus alguaciles, y antes de efectuar la prevista tercera y definitiva prueba, él destrozó con sus propias manos la obra de ellas y huyó de noche de aquel paraíso.

Schwarz encontró después, en Berlín, buena acogida por parte del Departamento de Aviación Militar, el cual hizo un informe brillante su proyecto. Ahora, pudo montar otra aeronave; en el campo de Tempelhof debía tener lugar la primera ascensión, en presencia del káiser. Pero a última hora, se fue este a encontrarse con su querido hermano y compañero el zar; las pruebas quedaron aplazadas. En enero de 1897, Schwarz recibe en Viena el telegrama tan deseado por el cual todo estaba preparado para las pruebas.

Pero en el momento de emprender el viaje a Berlín, el corazón del inventor falla y aquella vida terminó sin haber encontrado la satisfacción merecida.

La viuda, Melania Schwarz, se ocupó de la iniciación de las pruebas, pero la pobre, sola, con tres pequeñitos, se encontró con un problema demasiado grande para una mujer. A los oficiales de la aviación se les había prohibido oficialmente intervenir en la ascensión. Por su desgracia, la señora encontró a un piloto que se ofreció a guiar la aeronave. El aparato ascendió bien, dio varias vueltas sobre el gran campo de Tempelhof y, súbitamente, vino abajo con precipitación. ¿Qué había ocurrido? Casi nada, la correa que movía las hélices se había deslizado de la polea del motor. El hombre perdió la cabeza, abrió las válvulas y el aparato descendió rápidamente. Se acabó el interés en el Berlín oficial por el problema de los dirigibles.

Pero entre los espectadores se encontraba el general conde de Zeppelin, quien también se había ocupado ya, desde hace algún tiempo, del problema de la aviación.

La señora Schwarz recibió una invitación a Stuttgart, residencia del general, donde se estipularon, entre este y la dama, contratos sobre el aprovechamiento de los inventos del difunto. Ahora empieza el calvario del segundo inventor.

Con una fe sin ejemplo en la importancia de los dirigibles para el porvenir, Zeppelin había aumentado y ampliado, con trabajo incesante, los inventos para su aeronave. Se encontró sólo con sus propias fuerzas; al principio, hasta las Sociedades le negaban ayuda moral y el padre de la patria le llamó loco. Zeppelin construyó naves comprometiendo toda su fortuna y aquellas naves tenían éxito, pero se presentaron también catástrofes, en las cuales sucumbieron, aunque sin víctimas de seres humanos, su obra y su fortuna, no su esperanza. ¡Qué cuadro! El anciano inventor, en un campo, delante de los restos triturados de su obra, devastada por los elementos, dando órdenes con una calma heroica, para recoger los escombros y oye una voz: “No desespere, señor general, detrás de usted está todo el pueblo alemán”.

Efectivamente, en pocas semanas, el pueblo, desde el trabajador hasta el ministro, habían reunido copiosos millones, que puso a disposición del conde de Zeppelin. Fue un gesto sin par de un patriotismo pacífico: todo el mundo quiso dar su óbolo para una obra de paz. Porque entonces nadie pensaba en el uso del dirigible en una guerra. Todo el mundo sabía, además, que el que se llamaba el “Supremo Señor de la Guerra” despreciaba los dirigibles.

Cuando el conde de Zeppelin ya había obtenido éxitos tan grandes y el mundo entero se fijaba en sus excelentes construcciones, empezó a brillar para él también el sol de la gracia del Supremo Señor de la Guerra, que se había dado cuenta de que estos artefactos también se podían utilizar para el conflicto. Dicen que los dirigibles no sirven en la guerra (¡mejor para ellos!). Algunos generales alemanes afirman en sus memorias de la guerra que lo dirigibles no habían servido en la Gran Guerra, porque el supremo mando no los empleó equitativamente y que se equivocó en esta como en otras cosas. Sin entrar en estas discusiones, basta con confirmar la seguridad de que el dirigible, para “objetivos pacíficos”, es un artefacto de importancia imponderable.

Aunque hayan salido algunas críticas sobre el último recorrido Friedrichshafen – Nueva York, no se debe olvidar lo que el dirigible ha realizado. Precisamente, en este último viaje, el dirigible quedó amenazado por una fuerte tempestad. Un vapor inglés, que se encontraba a la par, en los mismos parajes, sufrió daños importantes por ella y treinta personas resultaron lesionadas. El dirigible Conde Zeppelin pudo esquivar el centro de la tempestad y no ocurrió desgracia alguna en él, salvo algunos pasajeros que se marearon.

Los viajes más notables de dirigibles Zeppelin son los siguientes:

-El EZ-104 salió durante la guerra de Bulgaria, cruzó el Mediterráneo y voló, siguiendo la ruta del Nilo, hasta Chartum, donde, sin tomar tierra, volvió a su estación en Bulgaria, recorriendo un total de 6750 kilómetros, en 95 horas.

-El R-34 inglés, copiado del LZ-96, que cayó en manos de los franceses, se levantó el 2 de julio de 1919 en Edimburgo y alcanzó, dos días después, la costa de New Foundland, siguiendo este hasta Nueva York. El día 10 de julio comenzó el viaje de retorno, que duró 65 horas.

-Todo el mundo recuerda el brillante viaje del zeppelin, hoy americano, con el nombre Los Ángeles.

La herencia de las ideas del conde de Zeppelin está en las buenas manos de los señores que hoy construyen los dirigibles en Friedrichshafen, como quedó la herencia intelectual de David Schwarz en las manos fieles y hábiles del general. La viuda de Schwarz estaba entre los invitados a la fiesta de inauguración del dirigible Conde Zeppelin. En el arte de la ingeniería no puede haber pausas; siempre habrá progresos en la construcción de los dirigibles y en su eficacia.

Pronto podremos admirar con nuestros ojos esta obra del genio humano y, pensando en la fe, en los sacrificios y en las energías de sus creadores, hemos de exclamar: “¡Dios mío, qué grandes son los corazones de algunos de tus hijos!”.

Hemeroteca:

-“Diario de la Marina, diario independiente”. Jueves, 25 de abril de 1929. Madrid.

-“Ejército y Armada, órgano de opinión militar”. Jueves, 25 de abril de 1929. Madrid.

-“El Liberal”. Domingo, 4 de noviembre de 1928. Sevilla.

-“El Liberal”. Viernes, 9 de noviembre de 1928. Sevilla.

-“El Liberal”. Viernes, 26 de abril de 1929. Sevilla.

También en este blog, sobre el paso del zepelín por San Juan de Aznalfarache:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2025/06/zepelin-junto-san-juan-de-aznalfarache.html 

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