Hay un lugar muy especial en el término
municipal de San Juan de Aznalfarache, una finca o quinta, con una edificación
a la que podríamos definir como una casa palacio o mansión (casona, en ambos casos), que se
caracterizaba por sus fértiles tierras y por la abundancia de sus árboles
frutales. Sus orígenes se remontan a muy antiguo, con tantas historias (desconocidas), que aquí sólo podemos contar
las que hemos podido recopilar. Este lugar es nombrado, desde hace siglos,
Valparaíso, finca conocida popularmente como “Las Palmeras”, también tiene el
sobrenombre del mundo cultural la “Quinta de don Juan Tenorio”, y además de
estar relacionada con su autor, José Zorrilla, tiene en su historia muchos
otros referentes culturales y de la nobleza, como el conde-duque de Olivares,
los condes de Peñaflor, Lord Byron, Washington Irving, el duque de Rivas,
Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), Armando Palacios Valdés, Imperio
Argentina, Antonio Gala…
Sobre el nombre Valparaíso...
Quien se lo puso, quiso expresar que este
paraje era como un edén, por la riqueza de sus tierras, con sus árboles
frutales, rebosantes de alimentos y sus fértiles huertas, en este valle, entre
el río Guadalquivir y los comienzos de los cerros que conforman la meseta del
Aljarafe.
El prefijo “val” hace de apócope arcaico
del sustantivo “valle”, por lo que indicaría un lugar llano, en este caso
dentro del Valle del Guadalquivir, por lo que se podría definir este nombre
propio geográfico como “valle paraíso” o “valle paradisíaco”.
Ciertamente, la fertilidad de las huertas
de este espacio rural serían la explicación para compararlo con el edén de las
Sagradas Escrituras, del que formaba parte el árbol de la sabiduría. Como
veremos en el desarrollo conocido de su historia, este lugar mantiene una
relación cercana, casi continuada, con la tradición cristiana.
La
explicación de la denominación toponímica de este lugar también podría venir de
la existencia de un árbol paraíso, conocido como “Melia azedarach”, caducifolio
de rápido crecimiento, valorado por su sombra, fragantes flores lilas en
primavera y de uso ornamental, aunque estos árboles no fueron habituales en la
Provincia de Sevilla, salvo uno descrito en lo que ahora es la bocacalle de
Pagés del Corro a Febo.
El
investigador y escritor D. Juan José Antequera Luengo asocia también Valparaíso
a una aldea o alquería llamada Cantaricas, de los tiempos del Repartimiento de
Sevilla (siglo XIII), pero es algo
que carece de una prueba documental o gráfica clara, así que no comentaremos
más sobre ello en este texto.
Otros términos geográficos y
lugares nombrados Valdeparaíso o Valparaíso...
-La urbe que es sede del Congreso Nacional
de Chile (1536).
-Valparaíso de Arriba, en Cuenca. Y
también existe Valparaíso de Abajo.
-Monte sacro en Granada.
-Avilés se surtió desde tiempos
inmemoriales del manantial que mana a los pies de la parroquia de Miranda llamado
Valparaíso.
-Cantera Valparaíso, en Almagro
(Albacete).
-Valparaíso, dehesa en Toledo.
-Valparaíso, pueblo en Zamora.
-Valparaíso, aldea de Peraleda de la Mata
(Cáceres), abandonado en 1706.
-Finca en Baeza (Jaén), con olivares,
huertas y un batán, que perteneció al obispado, y también un arroyo (1794).
-Palacio de los Condes de Valdeparaíso, en
Ciudad Real (siglo XVIII).
-… Juan José Antequera Luengo cita otros
muchos más en su libro.
Situación...
Englobada actualmente dentro del barrio
Valdomina, en el límite sur del territorio municipal de San Juan de
Aznalfarache, esta finca o hacienda, hasta finales del siglo XX, estaba
delimitada por la antigua carretera comarcal SE-660 Sevilla-Coria del Río,
entre las haciendas de las Playas (fábrica de Cros y parte del
entorno), y la de Simón Verde (con terrenos en Gelves y Mairena del Aljarafe).
Hoy en día la finca ocupa mucho menos
espacio que entonces; según la web del catastro son 37.741 metros cuadrados.
Características de la
propiedad...
Dentro de la finca y con titularidad
privada para los dueños de las tierras, cuenta con un manantial que facilita
agua abundante para el abastecimiento de su campo.
Precisamente, es este surtidor natural de
agua a la finca el que muestra más claramente la antigüedad que puede tener
esta hacienda, pues aunque es un lugar muy reconstruido, se observa junto al
manantial unos “sillares de ladrillos romanos y un pórtico de pilares
cuadrangulares, sobre los que descansan pequeñas bóvedas nervadas de apariencia
gótico-mudéjar”.
Esta agua pasa por debajo de la mansión,
bajando por la ladera, pasando por una serie de estanques que, de forma descendente,
circula entre piedras, como si fuera una gruta, que se deja de ver a simple
vista; una parte de este líquido vital se aprovecha para el riego por goteo del
terreno, mientras que la mayor parte acaba en el cercano río Guadalquivir.
La captación de aguas freáticas que hay en
este espacio es muy similar al utilizado en la época árabe que facilitaba, por
su circulación entre las rocas, un agua exquisita.
Tras la Guerra Civil, el Ayuntamiento de
San Juan de Aznalfarache, mientras se terminaban las canalizaciones de las
calles, arrendó la traída de aguas desde Valparaíso para los lugares de la urbe
en que se necesitaba.
Inicios del asentamiento: siglo
I al III después de Cristo...
La abundancia de agua en el lugar explica
la ocupación del predio desde la antigüedad. El origen de este interesante
conjunto de casa de recreo y jardines se debe a la riqueza de aguas
subterráneas. Se sitúa al pie del talud de la cornisa del Aljarafe, asomado a
la vega aluvial del Guadalquivir, en un lugar de descargas de aguas desde la
plataforma de margas y calcarenitas miocenas del Aljarafe a la vega.
Domergue (1973) y Ponsich (1974) datan la ocupación romana de la hacienda
Valparaíso hasta el siglo IV después de Cristo, pues hallaron al este del
edificio actual, en los jardines, fragmentos de ladrillos, tegulae y cerámica
sigillata clara de la clase A. Podría haber sido un asentamiento rural,
asociado a una necrópolis.
En el “Corpus Inscriptionum Latinarum” se
indica que, aproximadamente a un kilómetro al sur de San Juan de Aznalfarache,
donde se halla la hacienda Valparaíso, se encontró una cabeza de mármol y una
losa con la inscripción “L. Caesius Pollio, illvir et aedilia”.
Después de esta época, por la falta de
restos arqueológicos de otros tiempos, parece que estuvo deshabitado y es que
la cercanía al río y sus desbordamientos, hacen difícil pensar que pudiera
existir un asentamiento estable.
Por los restos arqueológicos mencionados,
también se baraja la posibilidad de que el terreno de la finca Valparaíso fuese
interpretado como una necrópolis, asociada a un asentamiento rural,
probablemente, el cercano Osset.
Siglo XV.
Dicen los que saben de estas cosas que, en
este siglo, ya existiría en las cercanías de Sevilla, en lo que es ahora
término municipal de San Juan de Aznalfarache, un caserío cortijano llamado
Valparaíso. Y aquí nació un muchacho que, andando el tiempo, habría de ser
figura eminente en la historia de América: Juan de Saavedra. Cuando este
descubrió unas hermosas tierras, con dulce clima y un hermoso panorama, este
lugar de la geografía chilena pasaría a llamarse como su amado cortijo de
origen: Valparaíso, en septiembre de 1536.
Como ya hemos visto, hay otros lugares en
España llamados también “Valparaíso”. Otros investigadores señalan que Juan de
Saavedra pudo nacer en uno de las urbes conquenses con este nombre.
Siglo XVI.
Tras las generaciones de nobles y
caballeros, en las que recayeron las tierras de Tomares y su aldea de San Juan
de Alfarache, por la Reconquista, En 1500,
los frailes de la Orden de los Predicadores (Dominicos), fray Domingo y fray Cipriano recibirían como herencia,
de Mencía de Padrilla (viuda de Juan
Rodríguez de Cisneros), esta finca Valparaíso, en las cercanías del
castillo de San Juan de Aznalfarache, con la encomienda de que las
instalaciones fueran convertidas en un convento, algo que no llegó a suceder.
En el manuscrito “Historia del antiquísimo
origen y nobilísima fundación de Sevilla” (1535-1536),
de Peraza (al que también hace referencia
Hübner, en sus “Inscriptiones Hispanae Latinae”, de 1869), “en una huerta,
delante de Valparaíso, un campo de esta ciudad, y en ella cenó el legado,
cuando con el invictísimo emperador don Carlos a esta ciudad vino, junto al
albero viejo… Y más adelante está una cabeza de mármol blanco, que pienso ser
de este, en el chorro donde viene el agua, y en medio de los ocho pilares está
la losa”.
Siglo XVII.
De este siglo, porque de este mismo estará
datada la talla en cuestión, es la famosa leyenda que alude a la finca y que
protagonizó la imagen del Cristo del Valparaíso.
El XVII conde Peñaflor y Argamasilla, Luis Manuel Halcón y de la Lastra cuenta que, según la leyenda familiar, iba en un barco para Iberoamérica y este se paró a la altura de la finca y hasta que no descargaron la imagen, no siguió su singladura. Para saber más sobre las leyendas del Cristo de Valparaíso, haga clic aquí.
El 23 de octubre de 1627, Gaspar de Guzmán,
conde-duque de Olivares y duque de Sanlúcar la Mayor, compró por 3,6
millones de maravedís el señorío jurisdiccional (percepción de derechos de
vasallaje) de Tomares con San Juan de Alfarache, incluida la finca de
Valparaíso, con el deseo de que este espacio volviera a tener el uso como
cenobio ya mencionado.
En 1628
y por encargo del conde-duque de Olivares, para conocer sus posesiones, el Alférez
Miguel de Obando, destacado geómetra y cosmógrafo, realiza un
detallado mapa de la villa de Tomares y San Juan de Aznalfarache, en el que se
ve claramente la alquería de Valdeparaíso, que coincide con el límite sur de
estas poblaciones, por entonces, unidas.
En 1642,
el testamento del conde-duque indica que desea que su uso sea como monasterio
de jerónimos, donde deseaba ser enterrado. Sin embargo, esta última voluntad no
se llegará a cumplir.
Gaspar de Guzmán tuvo la intención de
aglutinar todos los libros manuscritos que poseía, y que componían su magnífica
biblioteca, en el futuro monasterio de San Jerónimo, en San Juan de Aznalfarache,
en la finca Valparaíso. Mientras no se creara este cenobio, estarían
depositados en el Alcázar hispalense. Pero esto no se llegó a realizar, pues
los libros acabaron en poder de su sobrino y sucesor, Luis Méndez de Haro y Guzmán, marqués del Carpio, y aquellos fondos
documentales acabaron totalmente dispersos.
Alonso
de Castillo Solórzano escribe en 1648 su obra “El disfrazado”, en la que, por el contenido de sus
frases, parece hacer una clara alusión a la gran mansión de Valparaíso y su
entorno, aunque sin nombrarla:
“Así
pidió licencia a mi hermano para llevarme a una quinta que tenía, a quien
bañaban los cristales del undoso Guadalquivir, río de Sevilla, en la parte que
llaman de San Juan de Alfarache”.
“Habíanse
escondido los dos en un aposento de la casa de la quinta, que se correspondía
por una puerta secreta con el cuarto principal de ella”.
“Habíamos
paseado el jardín de la quinta y un pedazo de la huerta que en ella había, no
perdonando aun a la fruta que no había llegado a sazón: golosina de mujeres;
después de esto nos retiramos a una espaciosa sala”.
“Con
haber el sol templado la fuerza de sus rayos, dilatando la tierra sombras, nos
salimos otra vez al jardín”.
“Dejando
a las demás amigas a la orilla de un estanque entreteniéndose en varios juegos”.
En 1657, Luis Méndez de Haro y Guzmán, Marqués del Carpio, Duque Conde Olivares y Caballero Mayor de Su Majestad, pleitea con el Consejo de la ciudad de Sevilla por la posesión de las tierras de su familia en San Juan de Aznalfarache, incluida la finca de Valparaíso.
Siglo XVIII:
La actual casa palacio data de este siglo,
aunque como ya hemos señalado aquí, ya existía alguna estructura edificada en
siglos anteriores.
Según la investigación de Calvo, un grupo
del hospicio sevillano de la Compañía de Jesús pasa las vacaciones en San Juan
de Alfarache (aunque no se indica, lo más
probable es que fuera en la hacienda Valparaíso), en el año 1706. Les sucedió una tragedia fatal,
al ahogarse en el Guadalquivir un filósofo de su misión de Filipinas, llamado
padre Egidio quien, saliendo con los demás una tarde a refrescarse en el río,
se apartó de los otros estudiantes; le vieron arrojarse al agua, pero no
pudieron llegar a tiempo a rescatarle, cuando observaron que se ahogaba. Sus
compañeros intentaron sacarle de las aguas aquella tarde, pero no se consiguió
hasta la mañana siguiente, por medio de unos pescadores, a quienes se lo
encargaron. Fue enterrado en la iglesia de los religiosos de la tercera regla
de San Francisco y consta que fue el primer cadáver que la ocupó. Como iremos
viendo más adelante, la vinculación de la institución jesuítica con esta
hacienda ha existido durante varios siglos.
El 6 de octubre de 1711, el visitador episcopal hace constar en su informe de visitas
que hay un oratorio en la casa de campo o hacienda de Juan Maduis (probable interpretación fonética del
apellido franco “Mauduit”, ya que, según la tradición familiar, llegaron a
estas tierras a principios de este siglo).
Cuatro años después, hay un nuevo texto
eclesiástico, sobre otra visita, concretamente del 7 de mayo de 1715, en la que se indica:
Notable
el oratorio de la Hacienda de Valparaíso, propiedad del Doctor don Juan Maduis;
tiene todos los ornamentos y gran decencia para celebrar el santo sacrificio de
la misa. Es uno de los cuatros que entonces existían en esta villa.
Se sobreentiende que este oratorio era privado, es decir, no erigido para una
utilidad de los habitantes de la villa.
Nuevamente, hay una mención a estas
tierras, por parte de un miembro de la Compañía de Jesús y es que, a mediados
del siglo, el jesuita José del Hierro escribió: “Aquel cerro (en cuya ladera se encontraba Valparaíso), está por lo bajo socavado por una
profundísima gruta. Yo creo que eran las oficinas de la moneda que allí se
labraba, de la que se halla mucha por aquel paraje” (en referencia a la
moneda ossetana).
De la segunda mitad del siglo XVIII, pues
se le adjudica al gran escultor Cristóbal
Ramos (1725-1799), es la talla de la dolorosa, genuflexa, arrodillada ante
la cruz, con las manos entrelazadas y gesto de dolor implorante al cielo, que
se encuentra en la capilla de la hacienda Valparaíso. La inspiración para su
creación puede estar en la talla sevillana del siglo XVII, bajo la advocación
de Nuestra Señora de la Antigua, Siete Dolores y Compasión. Técnicamente,
estaría modelada con telas encoladas, en torno a un armazón de madera, hasta
alcanzar el volumen de la pieza, siendo el rostro y las manos de terracota y
los ojos de vidrio.
En el último tercio de este siglo (quizá incluso antes), ya podía estar
Valparaíso en manos de los condes de Peñaflor
de Argamasilla, de apellido Villasís. Durante sus estancias en esta finca,
se seguía oficiando la misa en su oratorio, aunque ya convertido en capilla
semipública, con el coro reservado para la familia de propietarios, en cuya
pared de la escalera había un cuadro de la Inmaculada. Un azulejo en la que fue
la entrada de este templo indicaba que aquella capilla se bendijo en el año 1771. Otro azulejo recordaba al
Cardenal Arzobispo Francisco I de Solís, que ejerció esta labor pastoral entre
1755 y 1775.
Valparaíso era la propiedad más apreciada
por los condes de Peñaflor de
Argamasilla, por su condición de quinta de recreo.
Resaltamos, desde esta primera alusión a
esta familia noble, que debió estar muy profundamente vinculada a la Compañía
de Jesús, pues el Colegio jesuita del Inmaculado Corazón de María, en la plaza
de Villasís, fue fundado en la casa principal de los condes de Peñaflor de
Argamasilla. Además, un descendiente de esta estirpe, el III marqués de Montana, Rafael Halcón y Halcón, sería quien donaría
el Cristo de Valparaíso a los jesuitas, primero para el colegio del Inmaculado
Corazón de María y, posteriormente, pasaría a la capilla del colegio Portaceli.
Para el final de este siglo, concretamente
en referencia al año 1799,
encontramos el dato curioso en el Registro de la Propiedad, documentado en
“Gaceta de Madrid” (antigua denominación
del “Boletín Oficial del Estado) que, dentro de la finca de Valparaíso, hay
un espacio denominado “huerta de Clalvonrt”. Este nombre sería una escritura
incorrecta del apellido Clarebout, fuertemente relacionado condes de Peñaflor
de Argamasilla, como el de Manuel de Villasís y Clarebout, que fue duodécimo
durante su vida entre 1779 y 1831. ¿Qué llevó a llamar a una parte del terreno
de la finca así? De momento, lo desconocemos.
Siglo XIX:
El 27 de enero de 1801, siendo teniente de Cura de la Iglesia Parroquial de San Juan
Bautista (el templo aún en el cerro de
esta localidad), el fraile Francisco de la Concepción, de la Tercera Orden
de San Francisco, oficia la boda de Gerónimo Casares Beltrán y María Josefa
Delgado García, en la Capilla de “Vardeparaíso” (escrito tal cual). Hay que suponer que uno de los novios estaría
emparentado con los nobles propietarios o serían alguien de gran consideración
para estos. Igualmente, el fraile, por el motivo que fuese, tuvo la deferencia
de oficiar la boda en la capilla de la finca y no en el templo parroquial.
En 1804,
hay documentación de la existencia de Valparaíso, como hacienda y molino, a un
cuarto de legua de la ciudad de Sevilla, capital de su propio reino (el cual seguirá existiendo hasta 1833),
comprendido dentro del término territorial de Tomares (hasta 1890, San Juan de Alfarache es considerada una aldea de la
anterior).
A la visita del poeta británico Lord Byron a Sevilla, en el año 1809, se atribuye la leyenda de la
escena del Tenorio junto al Guadalquivir, en la finca del Valparaíso, porque él
la adjudicó a su antecesor, el Tenorio de Tirso de Molina: “El burlador de
Sevilla”.
Con el objeto de hablar en una ficción
dialogada, la publicación “El Tío Tremenda o los Críticos del Malecón”,
mostrando las luchas políticas entre absolutistas o “serviles” y los liberales,
durante el reinado de Fernando VII, el número 24 de este periódico, escribe
sobre una visita a Valparaíso, que se identifica como parte de San Juan de
Alfarache, y que esta “jacenda”, porque se emplea un lenguaje andaluz o un español
vulgarizado, estaría llena de patriotas, en referencia a personas que van cada
una a lo suyo (un pobre en su capa, oliendo donde hay comida; quienes
trapichean haciendo beneficio a la patria; quienes son pasivos y no hacen algo
en el mundo…).
Washington
Irving, el escritor, biógrafo, historiador y
diplomático estadounidense, en su estancia en Sevilla, en el año 1828, destacó que Alcalá de Guadaíra y
San Juan de Aznalfarache eran sus lugares favoritos de la zona. De hecho, cenó
el Valparaíso, con alimentos traídos de Sevilla, con la siguiente explicación
de su biografía:
“El
15 de mayo lo empleó con unos amigos en una excursión muy amena a San Juan de
Aznalfarache. Fueron en barco y, al desembarcar en el muelle de San Juan,
compraron vino en una venta. De allí se encaminaron al cortijo de Valparaíso,
rodeado de olivos y con una hermosa vista de Sevilla y el valle del
Guadalquivir. Le impresiona la casa, que describe en detalle”.
De forma anecdótica, queremos señalar que la
Alhambra de Granada es un lugar tan conocido, que está entre los monumentos más
importantes de Europa, en gran parte, se debe a este romántico americano, al
que también pareció encantarle Valparaíso, en San Juan de Aznalfarache, aunque
hasta el momento, no hayamos encontrado la descripción de este lugar que
visitó.
Ángel
de Saavedra y Ramírez de Baquedano, III duque de Rivas
y Grande de España, fue dramaturgo, poeta, historiador, pintor y estadista
español, que goza de notoriedad por su drama romántico “Don Álvaro o la fuerza
del sino”, estrenada en el Teatro del Príncipe de Madrid el 22 de marzo de 1835, y en la misma, en el desarrollo
de la primera jornada de la obra, hay directas alusiones a nuestra localidad,
San Juan de Aznalfarache, en la que se incluyen odas a los olivares y a una quinta
(finca), que sería Valparaíso.
A partir de las indicaciones previas de
Lord Byron y las proposiciones de otros escritores y artistas, mencionadas al
poeta y dramaturgo José Zorrilla,
convirtieron a la quinta de Valparaíso en el presunto escenario de la famosa
escena del sofá, la mayor declaración de amor en lengua castellana, en la que
el galán, en la versión de Zorrilla (año 1844),
pregunta a doña Inés, y donde el propio Tenorio acometió de muerte a don
Gonzalo de Ulloa y a don Luis Mejía.
Las frases iniciales de esta mítica escena
del sofá…
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando el día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento,
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?...
También en una crónica literaria del
periódico sevillano “El Liberal”, con fecha 2 de noviembre de 1932, se afirma:
“Escritores y artistas dijéronle a
Zorrilla que el conde Peñaflor, amigo de todos y contertulio de café, poseía
cerca de San Juan de Aznalfarache, la Quinta en que el Duque de Rivas
había situado gran parte de la primera jornada de su obra ‘Don Álvaro o la
fuerza del sino’, estrenado hacía unos años en el Teatro del Príncipe, en
Madrid. Zorrilla visitó la quinta, alabó el buen gusto del duque para elegir
escenarios y concibió para su Don Juan una escena.
Zorrilla no llegó a especificar jamás dónde
se desarrollaron estas escenas, si bien la tradición las sitúa en la hacienda
Valparaíso de San Juan de Aznalfarache. Como ya hemos indicado, fue construida
en el siglo XVIII, como casa palacio en estilo barroco sevillano y era
utilizada por el Conde de Peñaflor como residencia de verano.
En esta idílica residencia campestre fijan
los más atinados historiadores, como Gregorio
Marañón, la famosa “Quinta de don Juan”, donde se desarrolla esta famosa
escena del sofá (en “Verdad y mentira de don Juan Tenorio”). El escritor,
político y jurista José María Pemán,
en 1975, también emplea este apodo para referirse a Valparaíso, como la “Quinta
de don Juan”. El poeta, periodista, político y diplomático Gabriel García Tassara indicó este mismo origen para la
conocidísima escena del sofá.
El político Pascual Madoz, en 1849,
describe Valparaíso como un cortijo, dentro del término municipal de San Juan
de Aznalfarache (que aún no estaba
segregado de Tomares, ni tenía oficialmente este nombre):
Valparaíso,
situado al sur de la población, en el declive de un cerro: el edificio de
bastante altura está magníficamente adornado; sus jardines cuentan con
saltadores, un estanque de peces de colores, formando una gradería con macetas
de flores, las más exquisitas; tiene limoneros en su huerta, naranjos y otros
frutales. Desde las habitaciones altas se divisa el Guadalquivir, Tablada,
Sevilla y huertos contiguos al río, que hacen una hermosa perspectiva. En
esta hacienda se halla la única fuente del término de este pueblo, cuyas
finas y abundantes aguas sirven para los usos del vecindario, y un oratorio
público con una efigie de Cristo Crucificado, muy venerada de los pueblos
inmediatos.
Cecilia
Böhl de Faber, con el seudónimo de Fernán Caballero,
residió algún tiempo en la vecina heredad de Simón Verde y, en su novela “Una
en otra”, sitúa una de las escenas en esta quinta de placer y por sus
descripciones, deja claro que visitó ella misma Valparaíso, en el año 1856, al situar a sus personajes en San
Juan de Aznalfarache:
Llegamos
a la preciosa hacienda de Valparaíso, en la que hasta el nombre es poético. La
habitación está sentada en la loma del monte; a su espalda, el jardín se eleva
como una gran escalera de flores. Varias sendas llevan a una gruta; en el fondo
de la cual, una fuente parece haber buscado la sombra y el silencio… Cuando
llegué de vuelta a Valparaíso, estaba todo el mundo reunido sobre el terraplén
al frente de la casa.
Junto a la inmensa riqueza cultural de
Valparaíso, también sucedían hechos del día a día de una finca de labor, como
este anuncio que aparece en 1858:
De
la hacienda de Valparaíso, término de San Juan de Aznalfarache, han
desaparecido en la madrugada del 16 del corriente mes, dos mulos cuyas señas
son:
Uno
burrero, pelo pardo, alzada casi la marca, de siete a ocho años, está rozado en
la pata izquierda de las cuerdas del trillo, y tiene otra rozadura de un clavo,
en la nalga del propio lado izquierdo.
La
marca es H y L enlazadas.
Otro
mediano, pelo negro acastañado, con varias manchas de pelo blanco en el lomo,
como cicatrices de mataduras, cerrado; la barriguera, por el lado de la cincha,
blanca; y curado recientemente de sobrecaña en la mano derecha.
La
persona que sepa su paradero y lo avise en dicha hacienda, o en esta ciudad, en
la calle de San Vicente, núm. 84, o en la de los Menores núm. 6, se le gratificará
si fuere exacto el aviso.
Continuamos con la historia cultural de
esta finca y su casa palacio, durante el siglo XIX, para ahora referirnos a un
dato oculto, que no sabemos dónde está (probablemente, en alguna colección
privada), ni cómo es: En 1868, María Dolores Halcón y Mendoza, de Villasís
y Aguado, la XIII Condesa de Peñaflor, pintora de afición, presentó su
cuadro titulado “Vista de la hacienda de Valparaíso”, en la exposición
provincial de Bellas Artes, celebrada en Sevilla.
Recordamos que Valparaíso ocupa gran parte
del valle, en la zona norte del término municipal entre San Juan de
Aznalfarache y Gelves y que, a su vez, también está delimitado por el comienzo
de la meseta del Aljarafe y la cercanía del río Guadalquivir, lo cual lo hacía
ser un espacio de tránsito natural entre las mencionadas localidades. En 1876, se registran problemas de
comunicación, al proceder el conde de Peñaflor al cierre de la hacienda,
impidiendo que los vecinos puedan moverse de una a otra urbe. El propietario
tendrá que acabar cediendo a que el paso transcurra con normalidad por el
camino de la época.
Ya mencionamos que no hemos encontrado la
descripción que hizo Washington Irving sobre la casa palacio de Valparaíso y su
finca, pero sí tenemos la que hizo Armando
Palacio Valdés, en su obra “La hermana San Sulpicio” (1889):
“Atravesamos
de nuevo el pueblo (San Juan de Aznalfarache, nombrado anteriormente), y salimos por la parte del sur a las
huertas y jardines que lo circundan… Próxima ya a la falda de la colina estaba
la Palmera (así llamada la finca en esta obra, muy pronto se aclara el
porqué). Era la más amplia en territorio
y la que poseía la casa más grande y suntuosa. Desde la puerta de salida, hasta
el edificio, había una ancha avenida orlada de palmeras (de ahí el nombre
asignado a la finca), en suave declive. A entrambos lados, se extendía un
bosque inmenso de naranjos.
El
jardín de la casa estaba ya tallado en la colina. Para subir a aquella, había
tres escalinatas adornadas con macetas. En los tres descansos había jardinillos
bastante descuidados, pero que tenían ese encanto misterioso y poético que la
naturaleza presta a los lugares que el hombre la abandona. Los arbustos habían
crecido desmesuradamente y tejían sus ramas formando bosquecillos
impenetrables. Las flores eran escasas y crecían donde los arbustos no les
quitaban la luz.
A
la puerta nos recibieron los criados, que habían ido por la mañana con los
víveres. El que estaba al frente de la finca nos acompañaba desde la puerta de
hierro. Era una casa del siglo pasado, espaciosa, fresca y un poco
desmantelada. Hacía tiempo que los dueños no iban allí, sino por un día o dos.
Excitada
la curiosidad de todos, quisimos recorrerla luego que hubimos descansado unos
minutos y lo hicimos en grupo, entrando y saliendo por las vastas habitaciones
solitarias, turbándolas con nuestros gritos y risas. En la planta baja, había
un gran salón, de techo elevadísimo, con pavimento de azulejos colocados en
caprichoso mosaico. Los muebles eran severos: el damasco encarnado de las
sillas y cortinas había empalidecido extremadamente. Los muros tenían pintado
al fresco un gran zócalo que llegaba hasta la mitad; de allí arriba,
enjalbegados como la casa de un menestral, pendían de ellos varios retratos al
óleo de caballeros y damas del siglo XVIII. Estos retratos, que eran los de los
antepasados de Isabel, llamaron poderosamente la atención de los convidados…
Había además un comedor espacioso, con grandes armarios de caoba, bien
provistos de vajilla.
En
el piso alto nos llamó la atención un gabinete muy lindo, en cuyos balcones
habían puesto, por capricho, cristales de todos los colores. Nos detuvimos bastante
rato, contemplando la campiña, a través de cada uno. Aquellos paisajes azules,
rojos, amarillos, que alguna vez se ven en los sueños, hacían prorrumpir en
exclamaciones de alegría o disgusto a mis compañeros…
Bajamos,
guiados por ella (Isabel), a la planta baja, atravesamos un patio, abrió un
criado una puertecita verde y entramos en un recinto semejante a una gruta. La
atmósfera estaba impregnada de humedad. Escuchábase el rumor del agua, pero no
la veíamos, porque estaba oscuro. Cuando los ojos se fueron acostumbrando,
observamos allá en el fondo, brotando de la peña, un raudal enorme, verdadero
río que caía en un estanque cerrado toscamente por piedras.
El
sitio era el más grato que pudiera hallarse en tal instante. La frescura
singular que se sentía, dilató nuestros pechos, harto oprimidos, y nos hizo
prorrumpir en exclamaciones de bienestar. Nadie quería salir de allí”.
A finales del siglo XIX, Daniel Pineda Novo establece que se realizó una procesión con la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, desde el templo parroquial en el cerro, hasta la finca de Valparaíso, para hacer rogativas por la lluvia, entrando hasta la misma capilla del Cristo de esta hacienda. Según nuestras investigaciones, en 1892 hubo una sequía que enlazó con una riada de importantes consecuencias negativas. Para saber más sobre esta leyenda, haga clic aquí.
Para los condes de Peñaflor, Valparaíso
era una hacienda de verano, recreativa y de esparcimiento, pero también y como
indica una noticia de 1898, fue un lugar paliativo, pues marcharon en
noviembre, con su hijo Carlos, desde Sevilla hasta San Juan de Aznalfarache,
porque este se hallaba convaleciente y se fueron al campo para tratar de
restablecer su quebrantada salud. Y aunque el artículo no lo indica, quién sabe
si también para encomendarlo al Cristo de Valparaíso. El chico se restablecería
del padecimiento que tuviera, porque Carlos Halcón Espinosa de los Monteros,
nacido en 1883, vivió hasta 1949, según los datos genealógicos de la familia.
Siglo XX.
Ya en el siglo anterior hablamos de la
importancia del agua en este lugar y comenzamos el nuevo tiempo de igual forma,
pues el escritor José Muñoz San Román,
en su novela “Sequía” (1908), narra cómo los manantiales de Sevilla, en 1905, estaban secos, excepto el de
Valparaíso. Pese a la sequedad, arrastrada durante años, estas tierras
sanjuaneras mantenían las tonalidades del verde durante la canícula, con
estanques de lotos y las plantaciones de los naranjos, en los que la
chiquillería del entorno, tradicionalmente, hurtaba la fruta. También seguían
medrando adelfas, cañamales, magnolios y arbustos y flores que necesitaban agua
abundante.
En 1909, en la “Guía Oficial de Sevilla y
su Provincia”, aparece escrito que, en San Juan de Aznalfarache, “existe
también, en este término, la magnífica casa de recreo conocida como Valparaíso,
propiedad del Excmo. Sr. Conde de Peñaflor”.
Manuel
Serrano Ortega, en su libro “Monumentos de los pueblos
de Sevilla” (1911), indica:
“Palacios tan suntuosos como Valparaíso”, como “los referidos por Juan de
Mañara en el siglo XVI, es todo lo que tiende a convertirse en lugar apacible y
estimado, como lo fuera en otras épocas”.
Además de las fértiles huertas, del
espléndido manantial, de las leyendas y de las obras culturales que envuelven a
Valparaíso, a principios de este siglo XX, surge un nuevo espacio que hace más
conocido a este lugar. Desde 1914,
según las crónicas, comienza a establecerse un cementerio para perros, con
azulejos indicando su nombre, sus trofeos conseguidos o sus piezas logradas. Se
interpreta que construirlo fue un gesto de reconocimiento de los Condes de
Peñaflor para con sus canes más queridos.
En 1921,
la productora Royal Films realiza una película con el título “Don Juan
Tenorio”, rodándose algunas de las escenas en esta quinta de Valparaíso, por lo
cual, durante unos años, cerca de la entrada de la misma, quedó una galería con
el título de aquella producción como recuerdo.
Nuevamente, en 1927, este lugar también sirvió para rodar algunas escenas de la
película muda “La hermana San Sulpicio” (existe una posterior de 1934, ya
sonora pero que no tuvo escenas en nuestra localidad), basada en la novela de
Palacio Valdés, que sí indica claramente que algunos de los paisajes para el
desarrollo de la trama tuvieron lugar en San Juan de Aznalfarache. Los dos
filmes citados en este párrafo tuvieron como protagonista a la gran cantante y bailarina
Imperio Argentina, que debutó como
protagonista en la primera de ellas.
Fallece la marquesa viuda de Montana en su
hacienda de Valparaíso, en San Juan de Aznalfarache (Sevilla), el 16 de febrero
de 1933, la respetable señora María Halcón y Espinosa de los Monteros.
Estuvo casada con don Rafael Halcón y Gutiérrez de Acuña, poseedor del título,
fallecido hace algunos años, hermano del anterior marqués de Monsalud, de cuyo
matrimonio son hijos: don Rafael, actual marqués, que casó en octubre de 1930
con doña Pilar García del Cid; don Carlos, oficial de Artillería; doña María
del Rosario; y doña María de los Ángeles, que acaba de tomar en Turín el hábito
de religiosa del Sagrado Corazón. Único hermano de la finada es don Carlos
Halcón y Espinosa de los Monteros. La señora condesa de Peñaflor colaboraba con
las actividades benéficas de la localidad, como con regalos para la tómbola de
la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario (en 1929, lo hizo aportando un
florero artístico).
El 23 de diciembre, en la finca
Valparaíso, nace una niña del Marqués de Montana y de Pilar García del Cid y
León. Días después, fue bautizada en la propia localidad de San Juan de
Aznalfarache, con el nombre de María del Pilar.
El 19 de mayo de 1936, Rafael Halcón y Halcón, marqués de Montana, presenta una
querella, una denuncia contra el alcalde de San Juan de Aznalfarache, a quien
acusa de haber penetrado en el caserío de su hacienda de Valparaíso,
allanándola junto a varios números de la Guardia Municipal, fracturando
candados y cerraduras, causando diversos destrozos, muy en particular en la
capilla de la finca.
Los marqueses de Montana venden la finca
de Valparaíso al abogado Alfonso
Palomino Blázquez, en el año 1948.
Contaba por entonces con 21,5 hectáreas de terreno, con todo su esplendor en
árboles frutales. Este nuevo propietario respetó la magnificencia
arquitectónica, barroca y romántica de esta parcela, fraguada durante los
siglos XVIII y XIX.
Con la venta, los marqueses de Montana (anteriormente, condes de Peñaflor),
se llevaron la talla original del Cristo de Valparaíso, ya fuese a la casa de
los Villasís, o a las dependencias de los jesuitas, en cualquier caso, a la
ciudad hispalense.
En la novela “Las buenas intenciones” (1954), de Max Aub, se narra el paso del agua a través de la finca, lo
exquisitas que son y lo esplendorosa que es la naturaleza entorno a este cauce,
a través del protagonista llamado Agustín Alfaro, en su excursión a San Juan de
Aznalfarache.
En octubre de 1959, ante el devoto altar del Cristo de Valparaíso, en la capilla
de esta hacienda, se celebró el día 7 la boda de la señorita María Mónica
Iraola Díaz, con el ingeniero naval Ciriaco Muñoz Moreno, con la asistencia del
P. García Alonso, superior de los jesuitas, y bendijo la unión el padre Carlos
Rodríguez Baena, tío de la novia. El oficiante indica que los nuevos
propietarios también eran cercanos a esta congregación.
Los invitados, los cuales eran muchos
venidos de Cádiz, fueron obsequiados con un almuerzo, servido en los jardines
de la finca.
Entre los años 1963 y 1974, que nos conste, tuvo lugar el viacrucis con la réplica del Cristo de Valparaíso, en el interior de la finca, abierta a quienes quisieran asistir libremente. Para saber más sobre los viacrucis, haga clic aquí.
El sábado 26 de septiembre de 1964, se celebró la boda de Mercedes
Fernández de Castro Díaz, con Francisco Nuche Benito, también en la capilla de
la finca.
Nuevamente, en la capilla de Valparaíso
tiene lugar la celebración del sacramento del matrimonio entre Elena Fernández
de Castro Díaz y Fernando González-Vallarino Pérez de Córdoba, en mayo de 1966. Ofició la santa misa y les dio la
bendición el Rvdo. Sr. D. Federico Fernández, asistido por el Rvdo. Sr. D.
Francisco Carballo, ambos de la Congregación
de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, o Misioneros
Claretianos, fundada por San Antonio María Claret (CMF). Entre los testigos,
firmaron el propietario de la hacienda, Alfonso
Palomino Blázquez. Finalizada la ceremonia religiosa, los invitados pasaron
a los jardines, donde fueron obsequiados con un aperitivo, seguido de un
almuerzo.
En octubre de 1972, en la hacienda Valparaíso, residencia de la familia de
Alfonso Palomino Blázquez, tío de la desposada, se celebró la boda de la
señorita Magdalena Díaz Recasens con Rodrigo Jiménez Canivell.
La capilla se hallaba artísticamente decorada con flores y celebró la misa, bendiciendo al matrimonio, el reverendo don José María Gil Pachón; durante la ceremonia, la Escolanía de la Virgen de los Reyes interpretó unas composiciones escogidas para la ocasión. El propietario, Alfonso Palomino, volvió a firmar como testigo, además de otros familiares. Finalizada la celebración religiosa, los invitados participaron del almuerzo en los bonitos jardines de la hacienda.
En el año 1980, contamos con la descripción que elabora el investigador y
escritor Daniel Pineda Novo de la
finca de Valparaíso en su libro “Historia de San Juan de Aznalfarache”:
La entrada de la finca, en plena carretera
de Sevilla a Coria del Río (la autovía se inauguraría en 1982), se abre por un
estrecho camino (o largo paseo, que calculamos como de unos 530 metros),
bordeado de palmeras, naranjos y rosales lunarios. Atravesada la huerta,
penetramos en una segunda portada de robustos pilares y artístico herraje, de
marcado estilo romántico, en donde las buganvilias y los rosales multicolores
juegan a trepar con gracia y artificio.
Una vez atravesada, y por otro camino
alegrado de múltiples y coloristas flores, llegamos a una rotonda muy
italianizante, de cuyo centro surge un macizo arriate con un fuerte tronco de
palmeras, naranjos y adelfares. A la derecha, un vasto edificio que sirvió de
cuadras, guadarnés y cochera. A la izquierda, matizando la falda del montículo
y bajo una densa cubierta de acacias, una cuesta que conduce a las dependencias
de la finca.
Al frente, una pequeña fontana de piedra,
flanqueada por sendas escalinatas, vierte sus dulces aguas en una artística
taza, empotrada a la pared. Subimos hasta la explanada, donde contemplamos un
bellísimo estanque cubierto de lotes y nenúfares. Y a ambos lados, bancos de
mampostería y, al frente, la fachada principal de la finca, que se abre con un
soportal en el que campean arcos de medio punto, sobre columnas de mármol, cubriéndose
de artesonado, en el centro de esta galería, una fuente semicircular de pared,
coronada con un gran escudo heráldico, con su yelmo, en donde leemos:
“Preclare”.
A la derecha, la puerta principal y, entre
ambos lados, sobre antiguos pedestales trianeros, dos leones de piedra que dan
prestancia a la mansión.
Al fondo, otro hermoso y florido patio, el
central, adornado de artística fuente en forma de rombo, en donde podemos
contemplar también un reloj de sol; a la izquierda, sobre una alta galería con
columnas de mármol y arcos de medio punto, la vivienda propiamente dicha y, en
la pared de la izquierda, otro escudo heráldico antiguo y un azulejo barroco,
perteneciente a los Montana, sus propietarios de principios del siglo XX. En la
parte de enfrente hay una maravillosa cancela del siglo XIX, que da a otro
patio que nos lleva a la famosa fuente de agua subterránea, labrada en
grutescos, donde surge el riquísimo manantial que surte de fina y abundante
agua a las 20 hectáreas que componen la finca. Esta galería de 100 metros
proviene de otra más profunda que tendrá unos 200, surgiendo ya el agua
completamente filtrada y potable.
La casa consta de dos plantas: en la baja,
admiramos un hermoso salón comedor, con artístico artesonado, en el que luce un
cuadro que representa a las santas sevillanas Justa y Rufina; en la planta
superior, un salón amplio, con espejo ovalado, una cómoda de tipo isabelino y
una chimenea con azulejos sevillanos, con paredes blancas decoradas con cuadros
de la escuela castellana y cortinales del siglo XIX, con un hermoso piano de
cola.
Después hay un salón regio con rinconeras
del XIX. Desde estos balcones, se contempla una hermosa visión, con el
Guadalquivir al fondo.
La capilla está presidida por la copia del
milagroso Cristo de Valparaíso, que fue donado al colegio jesuita de Villasis y
después a la capilla del Portaceli.
En la puerta de esta capilla oratorio
encontramos dos azulejos: “Esta capilla se bendijo en 1771” y otro con la
leyenda “El Emmo. Sr. Cardenal de Solís conceda cien días de indulgencias a
quien rezara un padrenuestro o credo ante el Santísimo Cristo de Valparaíso;
avemaría o salve ante Nuestra Señora de los Dolores, que se venera en esta
capilla y rogaran a Dios por la paz, etc.”.
Esta capilla, de una sola nave, se cubre
de un interesante artesonado. La imagen de la Virgen de los Dolores es una
excelente talla de vestir del siglo XVIII.
Hay un San Juan, adornado con flores, y
una pintura de la “Oración en el huerto”, en el coro, con un lienzo de la
Inmaculada en la escalera del mismo.
El poeta y dramaturgo español Antonio Gala recuerda el cementerio
para perros en su obra “Charlas con Troylo” (1982):
“Y
si no te alarmaras, me gustaría contarte que, cerca de Sevilla, existe un lugar
que se llama San Juan de Aznalfarache, al filo de un hermoso jardín
interminable (el Aljarafe), donde transcurrió lo más tembloroso y grave de mi
adolescencia. Pues bien, en ese lugar había (no sé si hay) un romántico
cementerio para perros, dentro de una hacienda que, con razón, se llama
Valparaíso”.
De acuerdo a la descripción que da Daniel
Pineda Novo, el cementerio de perros está instalado en un bellísimo rincón
bucólico o silvestre, con un fondo de chumberas, cañaverales y zarzas,
salpicado de esbeltos cipreses. Aroman el ambiente, en primavera, los lirios y
las violetas, y ponen sus colores multitud de geranios de vivas y alegres
flores, y la blancura perfumada de los jazmines que, ansiando las alturas,
trepan entre los elegantes cipreses. Y entre esta pujante floresta, están diseminadas
las sencillas tumbas de los perros, algunas de las cuales muestran los nombres
con artísticos azulejos de Triana, haciendo mención a trofeos que consiguieron
o a piezas que se cobraron en las cacerías.
Una meditación nos avisa antes de acceder al
recinto:
“Felices
los que aquí estamos,
en
torno a este pedestal
que,
viviendo bien o mal,
al
morir aquí quedamos.
Más
los hombres, nuestros amos,
con
incierto porvenir,
en
su segundo existir,
viven
con la muerte atenta.
Pues
les ajustan la cuenta
al
momento de morir”.
En 1997,
el historiador e investigador Francisco
Morales Padrón, en “Sevilla insólita”, narra:
“Un
poco más allá, casi lo olvidaba, en una finca llamada Valparaíso, hay un
cementerio de perros con los que, tal vez, a veces, practiquemos un amor y
caridad que no prodigamos a los humanos, sin que neguemos el cariño a los que
fueron ‘hermanos’ de Francisco de Asís. Creo que es el único cementerio de
canes y, por tanto, insólito en Sevilla”.
Actualidad.
La parcela de Valparaíso, a efectos catastrales,
cuenta con inmuebles de distinta clase (urbano y rústico), con un total de
terreno equivalente a 83.330 metros cuadrados.
Funciona como casa de ejercicios espirituales y retiros para la congregación de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, una institución de la Iglesia Católica, fundada por San Josemaría Escrivá de Balaguer. Desde 1982, se usa la mansión y su entorno para estos retiros, con la administración de la Asociación Catalpa.
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