Doña Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea
(Morges, Suiza 1796- Sevilla, 1877), fue la escritora que firmaba su obra bajo
el pseudónimo “Fernán Caballero”; era la hija primogénita del hispanófilo
alemán don Juan Nicolás Böhl de Faber y de la gaditana doña Francisca Ruiz de
Larrea.
La ocultación del nombre de Cecilia bajo
el seudónimo de Fernán Caballero, según la propia autora, se debe a la defensa
de la propia intimidad, la supuesta reticencia de los lectores ante la obra de
una “literata” y el temor de ser tachada de extranjera por su apellido alemán,
lo que podría provocar dudas sobre su capacidad para comprender y describir
adecuadamente la vida popular española. De hecho, hay muchas imágenes que le están
atribuidas equivocadamente y publicó sus textos cuando lo necesitó, por motivos
económicos.
Viviendo con su segundo marido en Sevilla,
el Marqués del Arco Hermoso, doña Cecilia siguió el ejemplo de su estudioso
padre, recogiendo canciones, relatos populares, cuentos, refranes y breves
textos orales de folclore andaluz, que escucha de viva voz a los empleados de
la finca en Dos Hermanas, textos que transcribe y que trasladará más tarde a
sus novelas y cuentos.
Con doña Cecilia Böhl de Faber se puede
decir que nace la novela española moderna, el primer eslabón de la novela
realista que engarzaría con obras de trascendental relevancia. Fernán Caballero
inicia con decoro la novela realista española.
El papel de doña Cecilia en la narrativa
hispánica es clave. Ha sido considerada como la impulsora de la renovación de
la novela española, que durante los siglos XVIII y primera mitad del XIX había
perdido el brillo que tuvo en la Edad de Oro.
Aparte de vivir en la ciudad hispalense y
en la localidad de Dos Hermanas, los textos que, a continuación, reproducimos
muestran que subió el río una o varias veces desde Sanlúcar de Barrameda,
conociendo la posición de los pueblos ribereños (La Puebla del Río, Coria del
Río, Gelves y San Juan de Aznalfarache). Además, por una carta de 1865, consta
que vivió en Gelves, concretamente, en la hacienda Simón Verde, aunque por su
conocimiento de la zona, como de la sanjuanera finca de Valparaíso, de la que
ya aparecen escritos de 1861, parece ser que ya hubiera estado antes por aquí.
“Una en otra”, escrita en 1861.
Varias escenas de esta obra las identifica
con la quinta de placer y con la localidad a la que pertenece, dentro de su
término municipal: San Juan de Alfarache.
Se
decidió que iríamos un domingo, embarcados, a San Juan de Alfarache, un lugar pequeñito al borde del río, cerca
de aquí…
¡Qué
magnífica vista!, -le dije-, ¡qué
delicioso es San Juan! ¿No os parece, Casta, que tiene sus flores para
perfumar, sus ruiseñores para cantar, y su cielo para sonreír a un amor mutuo?...
Llegamos
a la preciosa hacienda de Valparaíso, en la que hasta el nombre es poético. La
habitación está sentada en la loma del monte; a su espalda, el jardín se eleva
como una gran escalera de flores. Varias sendas llevan a una gruta, en el fondo
de la cual, una fuente parece haber buscado la sombra y el silencio…
Cuando llegué de vuelta a Valparaíso, estaba todo el mundo reunido sobre el terraplén, al frente de la casa…
“Vulgaridad y nobleza, cuadro de
costumbres populares”, escrita en 1861.
En la siguiente descripción de la marcha
río abajo por el Guadalquivir, encontramos una pequeña descripción de nuestra
localidad.
A
la izquierda y, como prólogo de su historia, que cuenta Sevilla con sus
monumentos, encuentra el río al magnífico convento de San Jerónimo que,
abandonado y falto del cuidado que le prestaban sus monjes, se desmorona como
un cuerpo en que ya no late el corazón; y más abajo, a la derecha, halla a La
Cartuja metida entre sus naranjos, como si no habiéndole bastado la soledad y
el silencio, hubiese buscado la sombra. Baña después los robustos pies del
hermoso puente de piedra y hierro que lo vadea, se acerca a Las Delicias, cuyos
frondosos árboles reflejan, en sus aguas, como una dulce impresión que recibe
e, inclinándose a la derecha, camina entre mimbrales hacia San Juan de Alfarache, sentado al pie de la vertiente de un monte
que, unido a otros, forma un grandioso vallado al llano de Triana.
Vestidos las vertientes de aquellos, de apiñados olivares, como los merinos de su crespo y espeso vellón, ostentan sus cimas blancos pueblecitos, como si intentasen estos pigmeos imitar a las nevadas cumbres de los Alpes.
“Simón Verde, cuadro de costumbres
populares”, escrita en 1861.
Subiendo por el río, tras describir las
localidades de La Puebla del Río, Coria del Río y Gelves, toda la última antes
de la ciudad hispalense.
El último, que es San Juan de Alfarache, debe ciertamente la preferencia de que goza a su buen caserío y a la cercanía de la ciudad señora; pues, en punto a vistas, aguas y posición, le aventaja el campestre Gelves. Entre este pueblo y el río se extiende una verde pradera, que pertenece al común o propios. Entre la pradera y el terraplén, formado ante la iglesia y el palacio, están en declive huertas con más árboles que hortaliza; el pueblo se encarama como puede, ambos lados de estas huertas, sobre todo, al izquierdo. El pomposo nombre de palacio conviene a aquella casa -que no lo es-, moralmente, por las armas de Grande que ostenta y, materialmente, porque entre las sencillas y humildes casas que le rodean, puede pasar por tal. Parte de la pradera que besa el río, una vereda, por la que se comunican La Puebla y Coria con la capital, la que después de atravesar aquella, pasa rozando por un aislado y pequeño ventucho, tan rústico que gasta sombrero de paja, y tiene melones y naranjas en las alforjas.
“Cuentos de encantamiento”, escrito en
1861.
Hablando sobre la historia de la Virgen de
Valme, hay una referencia previa al río Guadalquivir y a su recorrido por las
zonas cercanas de la Provincia de Sevilla.
El
río prosigue, resignado y tranquilo, el sendero marcado, reflejando en sus
aguas al cielo, ese cielo andaluz que sólo el pueblo ha sabido enaltecer en
estos versos tan llenos de religiosa poesía:
La Virgen se subió al cielo
y dejó su manto azul,
que cambió por uno negro,
para el luto de Jesús.
En
la orilla opuesta del río se acerca, para cortarle el paso, un alto cerro, pero
se detiene abruptamente, como obedeciendo a un gesto de su Creador; a sus pies se agrupa San Juan de
Aznalfarache, modesto jardín de flores que se crían entre olivos, como
brotan las alegrías a la sombra de la paz.
Sobre su cresta le pusieron los moros un castillo como un yelmo y los cristianos, que hicieron de este una iglesia, le pusieron una cruz como una diadema.
“Deudas pagadas”, escrita en 1863.
Obra escrita en tercera persona sobre
experiencias en Sevilla y sus alrededores.
Pero a la hora en que el sol dora, con sus últimos rayos, los desiguales techos de aquellos monumentos, si Fernán sube a su torre (la Giralda), y alza y lleva más lejos sus miradas, desaparece de su presencia la obra del hombre, para ceder el puesto a la del Creador; o mejor dicho, se le presentan las dos, mezcladas y confundidas, porque los grandes paisajes despiertan grandes recuerdos. Allí se extienden las inmensas cuestas del Aljarafe, coronadas de olivos y las que, todavía, la tradición da el nombre de Jardines de Hércules; aquí se encuentra el poético convento de San Juan de Alfarache, ciudadela romana un tiempo, después castillo morisco y hoy, santa ruina, al lado de sus dos cipreses, que parecen velar por ella y consolarla. Al pie de la roca, que sirve de pedestal al convento, hay una aldea encantadora, cuna del héroe de Mateo Alemán y de Lesage, tan poco parecido, por cierto, a los de Fernán Caballero; más lejos, subiendo la cuesta, se perciben las blancas casas de Castilleja, donde murió Hernán Cortés, olvidado de su rey y de la España, bajo un techo que, a lo menos, está seguro de no perecer. Al pie de aquellas ricas colinas, pasea el Guadalquivir sus hermosas y pacíficas aguas. Allí, el observador mira, el novelista escucha, y el escritor no tiene que hacer más que recordar.
Hay una obra más, denominada “Epistolario”,
en el que se recogen cartas de doña Cecilia Böhl de Faber en la que hay una
puntual mención a las vistas, desde Sevilla, de convento de San Juan de
Alfarache.
Bibliografía:
-CABALLERO, F. (1861): “Una en otra,
novela de costumbres”, en “Obras completas de Fernán Caballero”. Madrid,
establecimiento tipográfico de Mellado.
-CABALLERO, F. (1862): “Buena Vista”, en
“Colección de artículos religiosos y morales”. Cádiz, Eduardo Gautier.
-CABALLERO, F. (1863): “Deudas pagadas.
Cuadro de costumbres populares de actualidad”. Madrid, imprenta del
establecimiento de Mellado.
-CABALLERO, F. (1865): “Vulgaridad y
nobleza” y “Simón Verde”, en “Colección de Autores Españoles: Cuadros de
costumbres” (tomo XVII). Leipzig, Brockhaus.
-CABALLERO, F. (1878): “Simón Verde”, en
“Cuadros de costumbres”. Valencia, Librería de Pascual Aguilar.
-CABALLERO, F. (1902): “Buena Vista”, en
“Cuentos de encantamiento, infantiles. Cuentos infantiles religiosos.
Oraciones, relaciones y coplas infantiles. Colección de artículos religiosos y
morales”, en “Colección de Escritores Castellanos: Novelistas. Obras completas
de Fernán Caballero”. Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos.
-CABALLERO, F. (1902): “Obras completas
de Fernán Caballero: Una en otra, novela de costumbres”, en “Cuadros de
costumbres”. Madrid, Hijos de M. Guijarro.
-CABALLERO, F. (1912): “Epistolario”, en “Obras completas de Fernán Caballero: Epistolario” (tomo XIV). Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos.
Otras
fuentes:
cervantesvirtual.com/portales/fernan_caballero/autora_biografia/
cervantesvirtual.com/portales/fernan_caballero/presentacion/
historia-hispanica.rah.es/biografias/6569-cecilia-bohl-de-faber-ruiz-de-larrea
elpais.com/cultura/2022-05-13/todos-los-retratos-falsos-de-fernan-caballero.html





























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