Novela corta Un día de boda en San Juan de Aznalfarache de 1853

Un barco a vapor pasa por delante de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache.

Un grupo de personas tiene un festejo entre el cerro y el río, en el siglo XIX.

Un día de boda

Texto acompañado vistas del río Guadalquivir, a su paso por San Juan de Aznalfarache, en el año 2023.

I.

Era una tarde del mes de mayo, una de esas tardes de primavera, en las que el aura fresca y embalsamada, con el aroma de las flores, convida a respirar el suave aliento de su perfume; una de esas tardes, en que el alma, contemplando las verdes galas de la naturaleza, se cree, por un momento, feliz y olvida todos los sus padecimientos, para no pensar más que en el risueño espectáculo que la rodea.

Vergeles de pintadas flores, blancos caseríos de elegante y sencilla arquitectura, y naranjales cubiertos de azahar, ciñen las orillas del Guadalquivir, mientras que el sol poniente, reflejándose en sus azules ondas, ilumina tan bello panorama, que parece sonreír para dar su despedida al astro esplendente que lo vivifica.

Ni una nube oscurece el puro azul del cielo, ni una ráfaga de viento agita las claras ondas del río, y los jilgueros, saltando de rama en rama, unen sus trinos a los murmullos del céfiro, en tanto que las golondrinas, revoloteando en caprichoso giro, ya bajan hasta morar las puntas de sus alas en el Guadalquivir, o se remontan, formando dilatados círculos, hasta perderse en la inmensidad del espacio.

El Sol, pronto a ocultar su luz detrás de la lejana sierra, derrama su tibio y último rayo sobre las negruzcas torres del viejo convento, que domina a San Juan de Aznalfarache y, tiñendo de rijo color el horizonte, parece que se complace en añadir la última pincelada al más bello paisaje del mundo.

Elevado el convento sobre la cresta de la colina, a cuya falta tiene San Juan sus blancas y pequeñas casas, es imposible mirarlo sin encontrarse conmovido por un sentimiento religioso y tierno, porque parece que un pueblo sencillo, trabajador y cristiano, ha elevado, sobre sus casas de tierra y paja, el templo de su Dios, para que las defienda en los días de tormenta y vele constantemente por ellos.

II.

Al pie de la colina y, recorriendo la orilla del Guadalquivir, se ven multitud de aldeanos que, formando pequeños grupos, cantan y bailan al compás de las castañuelas y de la pandereta. La alegría más franca y cordial reina entre ellos. Mezclados, hombres y mujeres, gozan del puro ambiente de la tarde, sin que nada venga a turbar sus distracciones, tan sencillas como sus costumbres. La bota, henchida de vino de la tierra, circula de mano en mano, dando animación a sus corazones y, mientras la juventud ríe, canta o baila, sin acordarse más que del presente, los ancianos, sentados sobre el blando césped de la orilla, contemplan la felicidad de sus hijos y recuerdan con placer el tiempo que gozaron como ellos.

Es domingo, y toda aquella población trabajadora goza del único día de la semana en que les es lícito divertirse.

En uno de los grupos de la orilla se ve más animación que en todos los demás. Los semblantes de los aldeanos y pescadores que, sentados y formando un círculo, lo componen, rebosan alegría y todos los jóvenes que se cansan de bailar y correr, vienen a descansar allí y son acogidos con la más cordial franqueza, entre la bulla y algazara de los ancianos, que se burlan de sus pocos bríos, asegurándoles que, a sus edad, jamás sintieron el cansancio, cuando bailaban con las muchachas de la aldea.

En el centro del círculo, una frugal merienda, modestamente colocada sobre la verde yerba, convidaba a reparar las fuerzas perdidas, y todos comiendo y hablando al mismo tiempo, solo suspendían, de rato en rato, la conversación para escuchar la dulce voz de una joven de dieciocho años, que cantaba, al compás de una mala guitarra, canciones andaluzas en las que resaltaba la gracia peculiar de nuestro suelo.

Más adornada que todas sus compañeras y hermosa como ninguna, clavaba a cada momento sus negros y rasgados ojos en un joven, como de 24 a 26 años que, sentado a su lado, la contemplaba con delicia. Llamábase este joven Antonio y era el pescador más rico de San Juan; ella se llamaba María, y ya hemos dicho que era la más hermosa de sus compañeras.

A veces, Antonio inclinaba su cabeza sobre el hombro de María y murmuraba en su oído una palabra que hacía poner encendida, como el carmín, sus hermosas mejillas. ¡Oh!, entonces formaban los dos un grupo admirable y sublime. Él, con sus negros y rizados cabellos, que se confundían con los de su compañera, con sus negros ojos brillantes de felicidad y de amor, con su frente ancha y morena, y su talle esbelto, ceñido por una chupa, cubierta de bordados y alamares; ella, con la cabeza inclinada, con sus ojos bajos y recorriendo como distraída las cuerdas de su guitarra, con su elegante corpiño de terciopelo verde, por encima del cual sobresalía una garganta más blanca que el marfil, pero tersa, brillante y sonrosada, con su boca de coral y perlas, que mostraba una sonrisa de esperanza y de placer, con sus cabellos, en fin, que le caían en anchas trenzas sobre la espalda. ¡Oh, el grupo era digno del pincel de Rafael! Hermosa pareja, llena de juventud y de vida, sobre cuyas frentes el pesar aún no había marcado la más ligera huella. Hermosa pareja sobre cuyos rostros se pintaba la esperanza y la felicidad.

Frente a ellos, una anciana de cabellos blancos, de severo rostro, en el que, a través de las arrugas se descubrían los restos de su pasada belleza, y de noble y sencillo porte, los miraba embelesada al contemplarlos, y seguía con sus ojos hasta sus más ligeros movimientos.

Parecía no existir sino para ellos, y un placer dulce y tranquilo se pintaba en su venerable semblante. Era la madre de Antonio y, aquel día, era doblemente feliz, porque, desde por la mañana, tenía otra hija.

Antonio, enamorado de María, huérfana y recogida en su casa, se había casado con ella, y su anciana madre, llorando de gozo, había bendecido su enlace. Los tres, al salir de la iglesia, se habían unido en un estrecho abrazo y feliz, cada uno, con la ventura de los otros, creían haber alcanzado cuanto podían apetecer sobre la tierra.

El baile y la fiesta continuaban, pero ellos gozaban solamente con mirarse, porque, en esa fruición íntima de dos corazones que se aman y se comprenden, no hay más alegría que la que ellos mismos se proporcionan, ni más ventura que la de palpitar el uno junto al otro.

-“María”, dijo Antonio, inclinándose al oído de su esposa, “el Sol acaba de ocultar su último rayo y, aunque estamos unidos ante Dios desde esta mañana, aún no nos han dejado ni un instante a solas, para que yo pueda expresarte toda la alegría que rebosa mi alma, y darte gracias de rodillas, porque has tenido en mí bastante confianza para entregarme tu porvenir y dejarme labrar tu felicidad. La fiesta durará todavía dos horas y serán dos horas de impaciencia para mi corazón. Mira, mi barca se mece a dos pasos de aquí, junto a la orilla; parece que, con su pausado movimiento, nos convida a pasear en ella sobre las tranquilas aguas del río. ¿Quieres acompañarme? Allí estaremos solos con nuestro amor, podré decirte cuánto te adoro, sin ver tantas miradas fijas en nuestros semblantes, veré morir sobre tu bella frente el crepúsculo de la tarde, y recordaremos los años de nuestra infancia, cuando yo, siendo niño, te paseaba en mi pequeña barca sobre las ondas de este mismo río, que ahora va a ser testigo de nuestra felicidad. ¡Oh!, ven, mi querida María, ven y sea un recuerdo de nuestra infancia el primer lazo que estreche para siempre nuestros corazones”.

María le escuchaba con los ojos bajos, y se veían, a través de su corpiño de terciopelo, las palpitaciones de su corazón. Cuando concluyó de hablar, soltó su guitarra sobre el césped y, levantándose ligera y esbelta, y colocó su blanca y torneada mano sobre el brazo de su esposo, que había seguido su movimiento, clavando en él esa mirada magnética, llena de amor y de voluptuosidad, que las mujeres hermosas saben dirigir al objeto de su cariño. Una de esas miradas que llegan hasta el corazón, que hacen estremecer todas las fibras de nuestro cuerpo y nos vuelven, por un momento, locos de deseos, de esperanza y de felicidad.

Antonio la sintió como si una chispa eléctrica hubiera crispado todos sus nervios y, ciñendo con su robusto brazo el talle de ninfa de María, la llevó corriendo y casi en brazos hasta su barquichuelo.

Su anciana madre se levantó para seguirlos, pero cuando llegó junto a la orilla, Antonio y María se encontraban ya dentro de la barca y siguiento la corriente del río.

 

III.

Los que no han amado jamás, esos corazones insensibles y egoístas, que sólo miran en el cariño de una mujer la satisfacción de un deseo; aquellos seres viles y depravados, que no encuentran en esa hermosa mitad de nuestra existencia, sino la materialidad de la belleza, esos nos comprenderán jamás el placer puro, inefable y divino que sienten dos almas que se adoran cuando, unidas ante Dios por un lazo eterno y legítimo, pueden a solas comunicarse por primera vez todos los sentimientos de sus corazones, toda la inmensidad de su amor, toda la felicidad, en fin, de aquella pasión que inspiran y que sienten. Los que, por el contrario, contemplan en la mujer la más bella creación del universo, los que llenos todavía de ilusiones, creen que, bajo sus formas angelicales, guardan un tesoro inmenso de amor y de ternura; los que no sienten gastado el corazón y abrigan nobles y generosos pensamientos, esos y solamente esos, podrán comprender todo el encanto del primer amor correspondido; esos hallarán en la mujer que adoren un manantial inmenso de felicidad; esos verán en ella la más poética de sus ilusiones, el más puro sueño de su existencia, y sentirán, en fin, conmoverse hasta la más lejana fibra del corazón, cuando a solas, con el objeto de su cariño, pueden, confundiendo con su pensamiento, unir sus almas en esa fruición íntima y misteriosa que los eleva a un cielo de ventura, realizando las más ansiadas esperanzas de su fantasía.

¡Ay!, dichoso aquel que encuentra un ángel en la mujer que adora; desgraciado el que solamente la mira como un vaso quebradizo de barro, que embaraza y estorba cuando, para saciar la sed que le devora, apura hasta la última gota del precioso licor que contenía.

Para un corazón sensible y apasionado, la mujer es una flor preciosa que, con su exquisito perfume, embriaga el alma; con su belleza exterior y sus colores, satisface y embelesa los sentidos; y si el aliento la marchita, todavía es el recuerdo vivo del placer pasado, es el emblema de una felicidad ardiente, que el tiempo ha convertido en una paz tranquila y eterna.

IV.

Antonio, con su corazón joven y lleno de entusiasmo y de ilusiones, miraba en María el ángel de su felicidad, y ella le adoraba con ese amor indefinible y puro, que es un destello del amor divino, puesto en el alma de los mortales, para que puedan comprender el amor inmenso de su Creador.

Así es que, al encontrarse por primera vez, solos en la pequeña barca que seguía la corriente del río, un sentimiento de placer puro, de felicidad inmensa, se apoderó de sus corazones, para no dejarles pensar más que en la ventura de verse unidos para siempre.

María, sentada en la estrecha popa, acariciaba con su blanca mano los negros y rizados cabellos de Antonio que, a sus pies, y reclinando la cabeza sobre las rodillas de su amada, la contemplaba con delicia y bendecía en su alma a la Providencia, que le había deparado, por compañera de su vida, una mujer que realizaba sus más ardiente ilusiones.

El débil crepúsculo, de la tarde que moría, reflejaba su tibia luz sobre la blanca frente de la tierna esposa, y bañando con sus pardas tintas las frondosas orillas del Guadalquivir, prestaba a tan interesante cuadro esa poesía dulce y melancólica de la naturaleza que, en las situaciones interesantes de nuestra vida, armoniza y se identifica con la poesía que está rebosando el corazón.

Perdidos en su mutua contemplación, olvidados de cuanto pasaba en torno suyo, María y Antonio sólo existían el uno para el otro, y aquel momento de silencio, de soledad y de amor, que realizaba todos sus deseos, era para ellos la garantía de un porvenir lleno de esperanza, que veían ante sus ojos, en pos del recuerdo de aquel pasado de amor puro y casto, que les había unido desde la infencia.

Las horas corrían entre tanto, con esa velocidad con que siempre corren para los amantes, y las sombras de la noche, extendiendo su negro manto sobre las orillas del Guadalquivir, solo dejaban percibir en el cielo un inmenso número de estrellas que, bordando su dilatada bóveda, hacían resaltar más, con su fulgor escaso, el misterio y la oscuridad. Pero ellos sólo pensaban en su dicha y dejaban que la barca siguiese, por medios del río, el débil impulso que le comunicaba la corriente. Absortos en su coloquio no habían oído siquiera un rumor sordo y lejano que, aproximándose por momentos, se hacía sentir cada vez más próximo y amenazador.

De repente, una voz que salía de la orilla, les distrajo de su arrobamiento.

-“¡Hijo mío, que el vapor se acerca!”, decía la madre de Antonio, que habiendo seguido la barca de su hijo, hasta que las sombras la ocultaron a sus ojos, veía ahora acercarse el vapor que marchaba hacia Sevilla, y temía que, de improvisto, sorprendiese a la feliz pareja en la mitad de la corriente.

Antonio oyó la voz de su madre y, alzando la cabeza, la cual aún tenía reclinada en el seno de su esposa, vio a treinta varas de distancia, y siguiendo la misma línea que ocupaba su barca, el vapor llegaba de Cádiz y, a toda máquina, se acercaba con espantosa velocidad.

No había tiempo que perder.

Rápido, como el pensamiento, se arrojó a los remos, para bogar hacia la orilla y, hundiendo uno de ellos en el agua, varió rápidamente la dirección de la barca que, obedeciendo al impulso, puso la proa hacia la ribera.

Entonces, se creyó seguro, porque confiaba en su fuerza y su destreza; dos golpes de remo podían ponerlo fuera del alcance del buque que lo amenazaba y que ya sólo se encontraba a quince varas, del pequeño esquife.

Volvió a hundir los remos en el agua, dándoles un vigoroso empuje con toda la fuerza de sus robustos brazos. El crujido de un trozo de madera que hastillaba respondió a su movimiento y Antonio cayó de espaldas en el fondo de su barca. Se había roto el espigón que sujetaba el remo derecho y, cediendo a su propio impulso, Antonio había caído, escapándosele, al caer de entre las manos, aquel remo que era su única salvación.

María lanzó un grito de temor; otro grito de angustia resonó en la orilla “¡A un lado la barca!”, clamó la bronca voz del timonel, desde lo alto del buque se acercaba.

Antonio, alzándose instantáneamente, corrió al remo que se le había escapado, pero ya era tarde: la barca, cediendo al movimiento del que había permanecido firme, giraba sobre su costado derecho, sin apartarse del sitio del peligro, mientras el remo perdido flotaba a tres o cuatro varas de distancia, siguiendo la corriente del río.

El vapor, entretanto, con toda su espantosa velocidad, se arrojaba como un torbellino sobre la barca.

-“¡Estamos perdidos!”, fritó Antonio al ver la masa negra del buque, próxima a hundirlos para siempre y, con la rabia de la desesperación en los ojos, y con la angustia de la muerte en el corazón, se arrojó a la popa de su barca, tendiendo sus brazos en el espacio, como si quisiera proteger, hasta su último instante, la vida de su esposa, para esperar el choque del buque, tal vez pensando, en su aturdimiento, que bastarían sus débiles fuerzas para separarlo de la línea que seguía o detenerlo en su rápida y espantosa carrera.

No tuvo que esperar más que un instante. La proa del vapor chocó primero con su mano; luego, con su frente y estellándose al fin contra su pecho, lo arrojó sobre María, que sólo había tenido tiempo para arrodillarse en el fondo de la barca y elevar a Dios el último pensamiento de su alma.

Nada más se vio: un torbellino de espumas, de ruido y de fuego, que pasó como huracán sobre la barca y sobre aquellos desgraciados, que sólo pudieron arrojar un grito de horror al mirar abierta la sima que los tragaba.

Otro grito de indefinible angustia, de supremo dolor, contestó desde la orilla, como si un eco lejano y compasivo, se complaciera en repetir la última plegaria de los que dejaban el mundo para siempre.

La Luna, asomando en este momento su primera lumbre sobre la cima de los lejanos montes, dejó caer su tibio rayo sobre las alteradas ondas del río que, poco a poco, fueron calmándose, a medida que el vapor se alejaba. Algunas tablas rotas flotaban a merced de la corriente y, en el centro de ello, una masa informe se agitaba, como si un ser viviente luchase todavía entre la vida y la muerte, con el último aliento de la desesperación.

Poco a poco, las olas se calmaron; el movimiento que se notaba en el centro del río era cada vez más imperceptible; y cuando la luna, descubriendo por fin su ancho disco, derramó toda su luz sobre esta escena de muerte, sólo se percibía un bulto negro flotando entre dos aguas, en la superficie de una cabellera que se hundía por momentos y, allá, a lo lejos, vapor agitando las ondas del Guadalquivir y dejando en el espacio una larga ráfaga de humo que, lentamente, se desvanecía.

V.

A la mañana siguiente, el sol que había iluminado con su último rayo, en la tarde anterior, una escena de amor y felicidad al pie de San Juan de Aznalfarache, alumbraba también, con su primera lumbre, una escena de muerte y de dolor, a media legua de la misma población.

A orillas del río y sobre un verde tapiz de césped espeso y brillante, yacían los cuerpos inanimados de Antonio y de María.

La palidez de la muerte, extendiendo su blanco velo sobre aquellas facciones llenas poco antes de juventud y de vida, no había podido despojarlas de su belleza y parecían dos hermosas estatuas acabadas de salir de las manos de un hábil escultor, que sólo esperaban que un fuego divino las animase, para alzar sus cabezas y saludar por vez primera aquel sol que las bañaba y que ni aún tenía poder para calentar sus miembros helados por la muerte.

Permanecían estrechamente abrazados: una mano de María sostenía aún entrelazados entre sus dedos los negros rizos de la cabellera de Antonio, y una ancha herida, que la quilla del vapor había abierto en la frente de este, dejaba ver sus bordes tan pálidos como el resto de su semblante. Sus ropas destrozadas manifestaban que la lucha con la muerte había sido larga y reñida, pero en sus semblantes aún se descubría la paz inalterable de una dicha suprema. Parecía que sus almas, encontrándose en un beso postrero, habían dejado sobre aquellas facciones, que antes animaban, una ráfaga de la felicidad que iban a disfrutar en el cielo.

El ángel de la muerte les había dado, por lecho nupcial, las aguas de un río, pero al verlos tan hermosos y tan estrechamente abrazados, podría creerse que el ángel del amor velaba todavía en su lecho de flores el primer sueño de los esposos.

Una anciana, arrodillada junto a aquellos cuerpos inanimados, inclinaba de cuando en cuando su cabeza sobre la frente de Antonio y estampaba un beso sobre aquellos cabellos húmedos aún, con el agua del río. Era su madre. Sus manos acariciaban aquel semblante que antes formaba su orgullo y su felicidad, sus trémulos labios querían dar otra vez vida con su aliento a aquella boca muda y fría que, tantas veces, habían acariciado sus mejillas. Sus ojos buscaban en vano la amorosa mirada de su hijo, y estrechaba contra su pecho aquellas cabezas queridas, que el día antes había bendecido en el colmo de la felicidad.

Ni un “ay” exhalaba su pecho, porque los grandes dolores son mudos y sombríos, pero gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, cayendo sobre aquellas frentes pálidas, sin vida, parecían esas perlas que el rocío deja sobre el cáliz de la azucena silvestre, como si el aura de la noche dejase también una lágrima de sentimiento sobre la corola blanca y perfumada que pierde ante el albor de la mañana.

Más allá, un grupo de aldeanos y de pescadores, tristes y silenciosos, contemplaban esta escena con las cabezas descubiertas, y recaban por el alma de los que ya no volverían a ver la luz.

Entretanto, el sol tan puro y radiante, como el día anterior, esparcía su luz sobre las orillas del Guadalquivir y daba vida, color y movimiento a aquella naturaleza fecunda donde todo sonreía, donde parecía imposible que se representasen escenas de dolor y de muerte.

Y sin embargo, era verdad: Antonio y María ya no existían. Aquellos dos corazones llenos de amor y de esperanza no volverían a palpitar el uno junto al otro; la muerte rápida, instantánea y cruel les había sorprendido en el momento mismo en que se creían dichosos para siempre, cuando se entregaban al fuego de su mutuo amor, cuando formaban brillantes sueños para el porvenir. El amor los había unido en la tierra y sus almas, al subir en alas del amor hasta el empíreo, habían bendecido sin duda el golpe que, hiriendo a los dos al mismo tiempo, les había unido en la muerte, con lazos más estrechos y más puros que los que unían sus corazones en la vida.

VI. Conclusión.

Algunos años después de las escenas que acabamos de bosquejar, podían ver todos los que surcaban el Guadalquivir a una anciana flaca como un espectro y cubierta de andrajos, que recorría constantemente sus orillas. Desde que el sol salía, ocupaba su puesto y ya, inmóvil, con los ojos fijos en el agua del río, ya corriendo sin tino de uno a otro punto, pasaba las horas sin que nada fuera bastante para separarla de aquellos lugares. Los pescadores y los aldeanos, con ese piadoso respeto que sólo conocen las almas sencillas, cuidaban de traerle el sustento necesario y ella lo recibía impasible y distraída, como si nada de aquello fuera necesario a su existencia.

Si los vapores que llegaban diariamente de Cádiz a Sevilla, cruzaban por San Juan de Aznalfarache, después de puesto el sol, la pobre vieja se deshacía en maldiciones desde la orilla y, con sus brazos extendidos sobre el río, parecía el genio del mal que quería sumergir el buque con sus imprecaciones.

Luego que ya era bien entrada la noche, se retiraba al cementerio y allí, entre dos cruces colocadas sobre una pequeña eminencia de tierra, reclinaba su cabeza y dormía profundamente hasta que los rayos del sol la despertaban.

Entonces, recogía cuantas flores podía llevar en su falda y tejía coronas que colocaba sobre las cruces y alrededor del montecillo. Luego, iba a tomar su puesto a la orilla del río.

Los muchachos del pueblo la llamaban la Loca, pero lejos de molestarla jamás, recogían flores y tejían guirnaldas, que luego le entregaban para que adornase su extraño y solitario lecho. Aquel lecho era la tumba de Antonio y de María; la Loca era su madre.

Pronto, otra cruz de madera vino a unirse en el mismo montecillo a las dos anteriores, porque el alma de la Loca voló al cielo, a encontrarse también con la de sus hijos.

Fin.

Sin nombre de autor.

Fuente:

“El Guadalete, periódico literario y de interés general”. 17 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.

“El Guadalete, periódico literario y de interés general”. 20 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.

“El Guadalete, periódico literario y de interés general”. 22 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.


Soldados y civiles heridos en San Juan de Aznalfarache 1898

Escena en una venta de la carretera entre San Juan de Aznalfarache y Sevilla, a principios del siglo XX.

A finales del mes de febrero de 1898, varios militares del batallón de cazadores de Segorbe (Castellón de la Plana), se hallan, en su tiempo de descanso, aunque uniformados, visitando la venta de Cortés, en San Juan de Aznalfarache.

Por investigación de los periodistas, saben que los hechos ocurrieron entre las cuatro y las cinco de la tarde del sábado 26 de febrero. En el establecimiento, próximo a nuestra villa, había mucho público, consumiendo vino, con gran animación en el local.

Entre los civiles, se hallaban los sargentos José Barran Castillo y Eduardo Baseras; el cabo Antonio Cabral Varea; y los soldados José González Becerra y José Mejías Toro.

De pronto, quizá dejándose llevar por el ambiente distendido o quizá por los efectos del alcohol, uno de los sargentos decidió gastar una broma al cabo que les acompañaba, dándole un papirotazo en el ros (prenda del uniforme militar para cubrir la cabeza), lo cual provocó que cayera al suelo y fuese maltratado, surgiendo una pendencia entre los militares.

Salieron a relucir sus respectivas armas, pues a pesar de que encontrarse bebiendo en una venta, estaban uniformados y resultaron heridos los soldados, José González y José Mejías, además de dos civiles, José Cortés Romero y José Domínguez Mínguez.

La confusión, en aquellos momentos de pelea, fue muy grande en el público que animaba el ambiente del local.

Cuando se pudo atender al socorro de los heridos, uno de ellos, el soldado José González, fue llevado a la casa cuartel de la guardia civil en la localidad, donde fue curado. Posteriormente, se presentaría el señor oficial de vigilancia del batallón de cazadores, a quien se hizo entrega del soldado.

El otro herido, el soldado José Mejías, fue llevado a las siete y media de aquella noche de sábado, hasta la casa de socorro de Triana, donde fue atendido. Este se hallaba lacerado por siete heridas de arma blanca, de navaja y cuchillo, tanto en la cabeza, como en otras partes del cuerpo: dos en la oreja derecha, con pérdida del pabellón; otra, en la región temporal; otra, en el lado derecho del cuello; otra, en la barba; otra, en el labio superior; y la última, en el dorso de la mano derecha, demostrando que se habían ensañado con él. Además, sufría varias erosiones.

Fue asistido por el médico don Manuel Vázquez y, después de ser curado en la casa de socorro, fue llevado en camilla, por una pareja de artilleros de vigilancia, hasta el hospital militar, donde dio cuenta de lo ocurrido; el soldado, se defendió con su machete, pero lo perdió en la pelea.

Se hizo cargo de la investigación del suceso, el oficial de guardia, señor Corral, dando conocimiento al señor gobernador militar de la plaza de lo que ocurría. Después, llegó al cuartel el otro soldado herido.

Se dispuso la formación de la correspondiente sumaria, nombrándose juez instructor al comandante señor Rivera.

En el cuartel continuó el juzgado militar, recogiendo las declaraciones de algunos soldados que presenciaron el hecho y es que la pendencia se suscitó, en la venta de Cortés, entre varios paisanos y soldados. En la pelea entre el sargento y el cabo, acudieron los individuos de tropa a defender a sus respectivos compañeros de armas. En San Juan de Aznalfarache, quedaron los dos civiles heridos. Uno de estos era el hijo del dueño de la indicada venta, herido en el cuello. El digno comandante desplegó gran actividad en la instrucción de las diligencias, no descansando en toda la noche.

El soldado José Mejías dijo que perdió el machete en la refriega.

El día 1 de marzo se encontró, por la benemérita, el ros y el machete que perdió el soldado llevado a Sevilla. El alcalde de San Juan de Aznlfarache y la guardia civil prestaron valiosísimos servicios, según se reconoció en la prensa.

Fuentes:

-“El Noticiero Sevillano”. Domingo, 27 de febrero de 1898. Sevilla.

-“El Noticiero Sevillano”. Lunes, 28 de febrero de 1898. Sevilla.

-“La Unión Católica, diario religioso, político y literario”. Lunes, 28 de febrero de 1898. Madrid.

-“La Correspondencia Militar”. Martes, 1 de marzo de 1898. Madrid.

-“El Imparcial”. Martes, 1 de marzo de 1898. Madrid.

-“El Noticiero Sevillano”. Martes, 1 de marzo de 1898. Sevilla.

Asalto en la carretera de San Juan de Aznalfarache 1898

Carretera de acceso a San Juan de Aznalfarache, a principios de siglo.

Entre las siete y las ocho de la noche, del sábado, día 13 de febrero de 1898, llegó el guarda particular jurado de San Juan de Aznalfarache, Francisco Burguillos Murillo, a la venta llamada Charco de la Pava, donde se encontraban, desde las tres de aquella tarde, dos gitanos y una mujer, en unión del peón caminero Manuel Padilla, marchándose este embriagado y quedándose los gitanos hasta la hora citada.

El guarda Burguillos llegó a la venta, sin que nadie se apercibiera, oyendo decir a uno de los gitanos, dirigiéndose a su compañero que, a dos señores, que venían a caballo por la carretera, con dirección a Sevilla, debían robarles.

El guarda se dirigió, sin ser visto, al encuentro de los citados señores, que eran don José Moreno Larrazábal y don Luis González y González Nandín, apercibiéndolos de los propósitos de los gitanos.

El guarda se unión a dichos señores para defenderlos, en el caso de que los gitanos tratasen de cometer el delito que fraguaban.

El guarda logró detener a los gitanos, conduciéndolos por la carretera, en dirección a la villa de San Juan, pero al llegar al sitio conocido por Alfaro, uno de los detenidos se hizo el borracho, tirándose al suelo. Al tratar el guardia de levantarlo, el otro gitano lo acometió, causándole graves heridas en la cara, manos y pecho, dejándolo por muerto y llevándose la escopeta y un revólver del referido guarda.

La Benemérita, al tener noticias del suceso, practica exhaustivas diligencias para conseguir la captura de los criminales. El herido fue curado en la casa de socorro de Triana.

Unos días después, en el mismo mes de febrero, el guarda jurado del olivar que, en el término de San Juan de Aznalfarache, posee don Antonio Olmedo, ha encontrado en aquella finca una arquita pequeña con llaves, cerraduras y varias herramientas de cerrajería, y un alambre formando argollas y conteniendo infinidad de llaves, cuyos efectos, se cree, sean de la propiedad de los gitanos que hirieron noches pasadas al guarda Francisco Burguillos Murillo.

FUENTES:

“El Noticiero Sevillano”. Miércoles, 16 de febrero de 1898. Sevilla.

“El Noticiero Sevillano”. Martes, 22 de febrero de 1898. Sevilla. 

Sobre el comunismo en Alemania, por Otto Engelhard, desde San Juan de Aznalfarache 1928

Continuamos hablando en este blog, sobre la historia de San Juan de Aznalfarache, del pacifista republicano, ingeniero y diplomático Otto Engelhardt, que vivió en nuestro pueblo, en Villa Chaboya, entre los años 1913 (incluso quizá desde antes), y 1936, hasta que fue detenido y ejecutado. Varias decenas de artículos escribió para ser publicados por periódicos, en las fechas en las que vivió en nuestra localidad.

A continuación, compartimos completo el artículo publicado el día 10 de marzo de 1928, en la primera página del tabloide “El Liberal” (de edición sevillana), titulado: “Sobre el comunismo en Alemania”.

Sevilla, 6 de marzo de 1928.

Señor don José Laguillo (director de “El Liberal” desde 1909).

Mi distinguido amigo: Leo en el número del domingo 4 de marzo, el artículo “El movimiento anticomunista en Alemania”. Los citados señores von Gerlach, propietario del conocido periódico democrático “El Mundo del Lunes”, el general doctor conde de Schoenaich, doctor Gumbel, Otto Lehmann-Russbueldt y Gerhard Seger, de la Liga del Derecho del Hombre, no tienen nada que ver con el bolcheviquismo, como quiere hacer entender el artículo.

Al contrario, todos estos señores están luchando valientemente contra toda clase de dictadura, sea la de arriba o la de abajo, o sea la dictadura de la justicia… la inquisición. No están luchando “contra” la justicia; no quieren más que la justicia sea justa, republicana en una República.

Gracias a la propaganda de estos señores y de otros, las masas se alejan del comunismo, cuya intervención en el Reichstag ha sido siempre negativa, y se unen a los partidos democráticos, los que prefieren a la violencia un desenvolvimiento pacífico y legal de la política alemana.

Estos señores trabajan con la mayor fe y con grandes éxitos, para que la palabra alemana merezca el crédito más alto en el extranjero. Ellos son los que ayudan la política pacífica del doctor Stressemann, la que tantos aplausos ha encontrado en el mundo, y se oponen a las maniobras de tantos irresponsables que dificultan la obra de Stressemann.

El bolcheviquismo en Rusia es la natural consecuencia del zarismo; sin este y sin la guerra desoladora no hubiera sido posible el bolcheviquismo. En Alemania no hay suelo para este movimiento: los trabajadores alemanes son mucho más adelantados que lo fueron los campesinos y trabajadores rusos bajo el zarismo. Todos saben que el bolcheviquismo, para ellos, no es digno de imitar, pero sí digno de estudiar.

A las fiestas rusas fueron muchos invitados (hasta altos dignatarios de otras potencias), también fueron algunos de los señores antes mencionados, porque el no aceptar una invitación puede ser una ofensa y, además, el verdadero estudio consiste en ir personalmente y ver con los propios ojos. Ninguno de estos señores ha recomendado jamás el bolcheviquismo, pero sí todos ellos están bregando para que la injusticia, la explotación sin límite, la brutalidad de un poder violento que no haga crear el suelo para el bolcheviquismo. Así cumplen su deber humano para la patria alemana, como para toda Europa.

El bolcheviquismo es, para ciertos políticos, un pelele, con el cual quieren impresionar a los indolentes, cuando sus asuntos necesitan el apoyo por el miedo. En Alemania, sobra este pelele, porque las masas están retirándose espontáneamente del comunismo, como lo demuestran las elecciones parciales pasadas. Lo más importante es que la reacción no prepare otra vez, como durante la guerra, los sillones para sus colegas en la violencia… los señores comunistas.

Me haría usted, don José, un gran favor si publicara usted mi carta, porque, por justicia, no debe ser que unos señores de mucho mérito, para la pacificación del mundo, queden tachados de agentes del bolcheviquismo, por haber prestado su apoyo a unos pobres indefensos, atropellados por la injusticia.

Suyo afectísimo amigo, Otto Engelhardt, ex cónsul alemán.

NOTA: Como se puede entender, D. José Laguillo le hizo caso publicando la carta de D. Otto Engelhardt y, además, la ubicó en la primera página.

Caminos de Sevilla a San Juan de Aznalfarache 1628-1933

Un texto de 1880, en una imagen de 1929. En la parte inferior se puede contemplar la rivera como un lodazal, tras una riada que, como en muchos otros casos, destruiría los caminos de acceso a nuestra localidad desde Sevilla, a través de la vega de Triana.

Para aquellos lectores que no lo sepan, este texto debe comenzar con la aclaración de que hasta 1933, Sevilla (concretamente, el barrio de Triana) y San Juan de Aznalfarache estaban unidos por tierra, pues el recorrido clásico del río Guadalquivir venía desde el actual muelle de Sevilla, para hacer un recodo en el que giraba por nuestro término municipal, hasta el recorrido ya conocido hasta Sanlúcar de Barrameda.

A continuación, hacemos una recopilación de los grabados, dibujos, fotografías, mapas y noticias encontradas sobre cómo era este acceso que se duplicó (ambos fácilmente inundables, pues existía un torrente, que venía desde Santiponce hasta el Guadalquivir, llamado Madre Vieja, que los atravesaba), y las dificultades que presentaba para los viandantes, entre la capital y nuestra localidad para su seguridad, con delincuencia incluida.

Ya como Oset u Osset, San Juan de Aznalfarache fue un importante punto de paso y comercial, entre la vega de Sevilla y las ricamente sembradas tierras de nuestra propia localidad y el Aljarafe. Esta comunicación seguiría siendo con la naturaleza defensiva de la fortaleza de Hisn al-Faray, el último bastión en el camino entre la importante ciudad almohade Niebla y la urbe de Isbylia (Sevilla), cuyos pobladores llenaron estas tierras de fincas de recreo, labraron las tierras y cultivaron con alquerías, pero en este artículo nos referimos a la vía (o quizá, mejor en plural, vías), que unía a Sevilla (o más concretamente, Triana) y San Juan de Alfarache (o Aznalfarache), desde que los habitantes se asentaron en la parte baja del término municipal hasta el año 1933.

Ya en las épocas anteriormente mencionadas y con el recurso del río para el transporte, debieron existir caminos para facilitar el comercio de las personas que se asentaron en estas tierras, con sus cercanías y con el exterior. En el siglo XIII, con la Reconquista de Sevilla, San Juan era una zona eminentemente rural y agrícola; el olivar era el más rentable de sus cultivos, produciéndose abundante y riquísimo aceite, como en la época romana.

El rey Alfonso X ordenó la reconstrucción del alcázar Hisn al-Farach (o Faray), cediéndolo al concejo de Sevilla en 1284. Desde entonces, comenzó a surgir una población conocida con el nombre de San Juan de Alfarache, por referencia a la orden a que había pertenecido y al castillo bajo cuyo amparo estaba.

Año 1628.

En esta sección del mapa pintando por el alférez y cartógrafo Miguel de Obando en 1628, descubrimos que el único camino de Sevilla a San Juan de Alfarache (por entonces), señalado en rojo, proviene del camino que va a Aznalcázar, del que también salen ramificaciones hacia Tomares y Mairenilla (Mairena del Aljarafe), señalado en verde.

Año 1811.

Saltamos casi dos siglos, para encontrar esta sección del único mapa terminado de un territorio interior de Andalucía, dibujado por Charles Bentabole, en 1811, del encargo que se hizo a los geógrafos franceses “Bureau Topographique de l’Armée d’Espagne”, que se encuentra en el Service Historique de la Défense.

En este se puede observar la existencia del camino hacia varios pueblos del Aljarafe (flechas amarillas), y que tiene un ramal hacia nuestra localidad, mientras que también hay otro directo (flecha azul), casi recto y que pasa junto al río Guadalquivir, desde la calle San Jacinto hasta la curva de la Punta de Tablada, el fin del tramo de Los Gordales.

Año 1812 (publicación de libro).

A principios del siglo XIX, el pintor francés Jean Lubin Vauzelle nos muestra otra perspectiva de este camino y de sus maravillosas vistas del cauce del río por entonces, con la ciudad de Sevilla al fondo.

Ya en este grabado se pueden apreciar otros caminos que, no es paralelo al cerro de San Juan de Aznalfarache, como lo es del Obando, sino que son paralelos al cauce del río e incluso uno parece seguir la propia ribera del río, además del que, como se muestra en primer plano, sube hasta el propio cerro.

Años entre 1833 y 1834.

El pintor Nicolas Marie Joseph Chapuy nos permite ver, en este cuadro de principios del siglo XIX cómo era aquel camino por el que se accedía a Osset y a la puerta principal de la fortaleza Hisn al-Faray, en esa hondonada que existió entre los cerros de Chaboya (parte norte), y sobre el que se asentaba el convento franciscano (parte sur). Este camino, más bien turístico, provendría del que ya conocemos por Obando, para conocer la vista panorámica y para seguir hacia otros pueblos del Aljarafe.

Año 1846.

José Herrera Dávila elabora un mapa de la provincia de Sevilla, en el que ya podemos ir concretando cómo son los caminos entre la capital y nuestra localidad: el color verdoso se emplea para los caminos de carruajes que, como es el caso, uno va directamente a San Juan de Aznalfarache para seguir hacia Gelves, mientras el que se introduce en los pueblos del color amarillo se emplea para los de herradura (caballos y demás monturas), y personas, obviamente.

Año 1846, publicación.

En un anuncio por el que el Gobierno de la nación se va a hacer cargo del coste del nuevo camino, que además va a obtener la consideración de carretera general entre Sevilla y Huelva, también se indica, en referencia a la ciudad hispalense:

En toda la circunferencia de la población se necesita hacer reparos: las salidas de la capital se hallan en tan lastimoso estado, que el antecesor del Sr. Ordoñez, empleó todos los medios que están a su alcance para componer los caminos de San Juan de Aznalfarache y el de la Mascareta (venta y hospedería de Tomares, que ya existía en el siglo XVII).

Estos puntos de recreo para los vecinos de Sevilla, así como los de casi todo el radio de la capital, estaban incomunicados con la ciudad, y eran un título incontestable de atraso en el país, de abandono en sus autoridades.

Año 1850.

En esta pintura se resalta el camino que subía desde la vega de Triana hasta el cerro, en esta ocasión, elaborada por el pintor español Joaquín Díez.

Año 1861, noticia de enero.

Otra vez tenemos que ocuparnos del camino de San Juan de Aznalfarache, que continúa en el mismo ser y estado, causando infinitas molestias a las muchas personas que por allí transitan; es tanto el deterioro que ha sufrido en los últimos temporales, son tan grandes y multiplicados los baches y abunda de tal manera el lodo, que es sumamente peligroso el tránsito por aquel sitio. Esperamos que, por quien corresponda, se disponga una recomposición, cuya necesidad creemos suficientemente demostrada.

Año 1861, noticia de marzo.

Tanto se ha hablado del camino de San Juan de Aznalfarache, y tantas reclamaciones llegan a nuestros oídos, que creímos llegado el caso de averiguar las causas que impedían que se compusiese. Estas son de tal género, que hacen imposible el mantenerlo en buen estado y, por consiguiente, inútiles completamente las cantidades económicas que en él se inviertan. Consiste el mal, pues, en que, saliendo el río de madre con mucha frecuencia por aquel sitio, destruye las obras y pone intransitable el camino: deseando, sin embargo, la autoridad hacer cuanto sea posible en bien del público, ha proyectado dirigir la carretera por detrás de los cerros, atravesando tierras del conde de Villapineda, cuyo señor, con un patriotismo que le honra sobremanera, ha manifestado no tener inconveniente en ello. Del celo de las autoridades es de esperar se emprenda la obra cuanto antes, llevada a cabo con la urgencia que los intereses del público reclaman.

Año 1861, noticia de agosto.

Volvemos a recibir quejas del mal estado en que se encuentra el camino que va desde Sevilla a San Juan de Aznalfarache, no compuesto aun, a pesar de las continuas reclamaciones del público y de la prensa. Esperamos de la celosa autoridad civil de la provincia que disponga se ejecuten, cuanto antes, las obras necesarias para hacerlo transitable, pues si tenemos la desgracia de que se presenten las aguas, sin haberse verificado aquellas, serán indudablemente más costosas y mayores las incomodidades que sufran los transeúntes.

Año 1862, aviso de enero.

El 20 de enero de 1862, la diputación provincial saca a subasta los tramos para adjudicar los trozos a construir del camino hasta San Juan de Aznalfarache.

Año 1862, noticia del 9 de agosto.

Se está construyendo una carretera a San Juan da Aznalfarache, en la cual se ocupa o, mejor dicho, se ocupaba cierto número de trabajadores, a los cuales, por un jornal de ocho reales, se les exigía construyeran siete metros longitudinales de cuneta y de vía diariamente. Hoy les han bajado la retribución a siete reales. Y por ellos se les piden treinta metros de trabajo; como se comprende, esta tarea no puede terminarse, ni mucho menos en la estación presente; pero lo más admirable es que a los hombres que, por necesidad, sucumben a manejar la azada y la espiocha con aquellas condiciones, no se les paga si no terminan el trabajo.

Así se explica que se hayan retirado los jornaleros. ¿De quién dimanan estas disposiciones que tienen mucha de inhumanitarias? ¿Será de algún ventajista?

Creemos que los señores ingenieros no tendrán noticia de ellas, y esto es lo que nos mueve a consignar, en estas líneas, los rumores que han llegado a nuestro conocimiento y que, de ser exactos, bien exigen alguna medida en pro de los jornaleros.

Año 1862, noticia del 10 de agosto.

Hemos recibido nuevos informes acerca de las circunstancias con que se estaban efectuando las obras de la carretera de San Juan de Aznalfarache, y de ellos resulta que, si bien, en el fondo, eran exactos los rumores de que ayer nos hicimos cargo, se presentaban sin embargo con exageración.

Los treinta metros de trabajo que debían hacer los jornaleros, no eran de caja, sino de recebado y esto hace variar mucho la cuestión. A pesar de todo, sabemos que aquellas condiciones se han suprimido y han vuelto a regularizarse los trabajos como corresponde, de lo cual nos alegramos mucho.

Año 1865.

Dentro de la situación de los caminos vecinales, indispensables para el fomento del comercio y la economía de cada población, la Diputación provincial se estaba ya ocupando de la conservación de la vía desde el barrio sevillano El Tardón hasta San Juan de Aznalfarache.

Año 1867, noticia de agosto.

Se han sacado a subasta los caminos de Villanueva del Ariscal a la carretera de Huelva, el de Sevilla a San Juan de Aznalfarache, Gelves, Coria y La Puebla.

Año 1869.

En el mapa de la provincia de 1869, observamos cómo el camino con el trazado más ancho (y en rojo), va desde Sevilla, hacia Tomares, dirección Aznalcázar, para enlazar con Huelva. Tiene el mismo inicio uno pintado más fino y de negro, el cual, pasando cerca del recodo de la punta de Tablada, viene hasta San Juan de Aznalfarache (flecha amarilla con contorno azul). También se mantiene el ramal de la vía (flechas azules con contorno amarillo) que, seguramente, ya tuviese la consideración de carretera, que antes de la subida hacia los cerros, tiene como destino nuestra localidad. También se ve que este pueblo (con flechas verdes), estaba más comunicado con los pueblos vecinos, incluido un camino con su urbe de referencia que hasta 1890, seguirá siendo Tomares.

Año 1879.

Aún más grave situación de este acceso expresa un texto en la publicación "El Alabardero", en marzo de 1879, que transmite la siguiente terrorífica situación:

"La carretera que parte de esta capital al cercano pueblecito de San Juan de Aznalfarache, y la trocha que conduce al mismo, están en estado tan lastimoso, que no pueden pasar ni los pájaros".

"Ni los fangales de légamo de Egipto después de una bajada del Nilo, ni los pantanos donde se encontró el Capitán Grant la manda de cocodrilos, ni los alvéolos del Mississippi y el Mar Muerto pueden compararse con el menor de sus baches, donde, según se nos asegura, se han sepultado carros y carretas, por lo que puede decir se de ellos con propiedad aquello de...

Dejólos y cayó en despeñadero,

el carro, y el caballo y caballero".

"El día menos pensado tocan a rebato las campanas del antiguo convento, anunciando que han muerto sus moradores de hambre, por falta de comunicaciones".

"Según nos dice un vecino

de San Juan de Aznalfarache,

se le ahogó ayer un pollino,

sepultándose en un bache".

Año 1880.

En este mapa de la ciudad hispalense y sus alrededores, la flecha azul indica el camino directo entre Sevilla y San Juan de Aznalfarache, pasando junto al recodo del río.

La línea amarilla sigue el camino más antiguo que, dirigiéndose desde la urbe hispalense, va adentrándose en el Aljarafe, pero con un ramal que se dirige hacia nuestra localidad. Además, con el color rojo, otro ramal, que parece provenir de Camas, se une al anterior. En verde, se acentúa el camino de unión entre San Juan de Aznalfarache y su núcleo administrativo de referencia: Tomares.

En octubre de 1880, el "Diario de Córdoba", señala que está terminado el estudio para el nuevo camino vecinal que una Sevilla y San Juan de Aznalfarache. Dos meses después, sin embargo, en el periódico "La Unión", se puede leer lo siguiente:

"Los caminos vecinales que comunican a los pueblos con la capital (en referencia a Sevilla), están intransitables y sólo sirven para los pájaros. Menos San Juan de Aznalfarache, que parece que lleva al infierno". A continuación, se añade que la tramitación de expedientes es tan farragosa que difícilmente se llevan a cabo proyectos para el beneficio de la provincia.

Año 1884.

Los dos caminos, que parten desde la calle San Jacinto de Sevilla, vuelven a observarse con claridad, haciendo alusión a San Juan de Aznalfarache, en esta sección del plano de la ciudad hispalense de 1884. El que se adentraba en el Aljarafe (flecha amarilla), era más ancho, para carruajes (como ya se indicaba en el del año 1846), y el otro más estrecho, pero más directo y corto (flecha azul), el que pasaba junto al codo del río.

Año 1890.

El plano topográfico de Sevilla y sus alrededores, realizado por el Ejército español, nos vuelve a dar las claves de esos caminos que comunicaban Sevilla con San Juan de Aznalfarache: con flecha azul, el directo, que pasa junto al río; con flecha amarilla, que parte igual que el anterior, de la calle San Jacinto, de Sevilla, para dirigirse al Aljarafe, pero que tiene el ramal primitivo hacia nuestra localidad; y con flecha verde, un tercer camino, que se une con el segundo y que pone a nuestra villa en contacto con la población de Camas. En este plano también están trazados los caminos hacia Tomares, Mairenilla y Gelves, desde nuestra urbe.

Año 1897.

En septiembre, además de la indicación de que los caminos de acceso a Sevilla se encuentran en mal estado, se hace referencia a los robos que se cometían en estas vías, por las que diariamente caminaban personas de unos a otros lugares, por motivos de trabajo o familiares. Especialmente afectado se encontraba el camino de San Juan de Aznalfarache, temiendo que, en invierno, fuera aun peor la situación, por lo cual se exigía la actuación del gobernador.

Año 1900.

Plano del proyecto del arquitecto D. Juan Talavera, para los cambios en el cauce del río Guadalquivir.

En el plano del proyecto del ingeniero D. Javier Sanz, para la defensa contra las inundaciones en Sevilla, en el cual cambia el cauce del arroyo Madre Vieja (línea celeste curvada inferior), indica que el camino viejo a San Juan de Aznalfarache es el directo (flecha azul), mientras que el que conduce hacia el interior del Aljarafe, es inicialmente denominado “Carretera provincial a San Juan de Aznalfarache” (flechas amarillas), pasando a denominarse “Camino a Tomares”, cuando se adentra entre los cerros.

Y aproximadamente de este año, son las dos siguientes fotos del camino principal, por delante del cerro, con la iglesia parroquial en la cima.


Año 1902.

Vista desde el cerro del camino viejo de Sevilla a San Juan de Aznalfarache, en su último tramo antes de llegar a nuestro pueblo, paralelo junto al río Guadalquivir.

Año 1903, anuncio.

En “Gaceta de Madrid”, se publica la Real Orden del 6 de septiembre de 1903, por la cual, el Ministerio de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas hace públicas sus ayudas para la creación de caminos vecinales con la colaboración de las administraciones locales. Así, el 20 octubre, se anuncia la inauguración de las obras de los caminos vecinales de la provincia y los alrededores de la ciudad de Sevilla. El acto, además, tiene lugar en el término municipal de San Juan de Aznalfarache, el cual, una vez más, es calificado como “pintoresco”, con asistencia de varias autoridades civiles y militares, presididas por el gobernador civil, en representación del gobierno.

Terminada la ceremonia se celebró un banquete en que hubo calurosos brindis aclamando al rey y al Sr. Gasset. Los vivas eran repetidos por el pueblo que se agrupaba en torno de la mesa.

Al banquete asistieron las autoridades, representantes de diversas clases sociales, los directores de la prensa sevillana y los corresponsales de los periódicos de Madrid. Al mismo tiempo que la solemnidad de aquí, se celebraba la inauguración de 14 caminos vecinales en esta provincia, con el inicio de estas obras se esperaba el engrandecimiento y prosperidad de los pueblos.

Año 1905.

La carretera principal entre Sevilla y San Juan de Aznalfarache, ante el cerro con la iglesia parroquial.

Años 1905 y 1906.

Dos postales nos describen parte de aquel camino viejo entre Sevilla y San Juan de Aznalfarache. En la primera, de 1905, con una de sus ventas entre la ciudad y nuestra población; al fondo, la iglesia parroquial con el claustro del antiguo convento sobre el cerro. En la segunda, el paso de este camino junto al río, con la perspectiva contraria, que permite ver al fondo la Giralda y la Catedral, desde esta zona del término municipal de San Juan de Aznalfarache, junto a la curva del río, llamada también Punta de Tablada.

Año 1908, noticia.

Varios periódicos, a finales de enero y principios de febrero de 1908, narran que la reina Victoria Eugenia, "con la duquesa de San Carlos, fue a Triana y, desde allí, quiso dirigirse a San Juan de Aznalfarache, pero el estado de la carretera no le permitió continuar y, entonces, anduvo a pie; mas como ni aun yendo vacío, podía continuar el carruaje, desistió S.M. de la expedición, regresando al Alcázar" (texto extraído de "El Defensor").

Así de detallado se cuenta en el periódico "Guadalete":

Penetró (el carruaje de la Reina) en Triana por la calle Castilla, hasta llegar al Patrocinio y, luego, regresó por la calle San Jacinto y la Cava, hasta bien entrada la carretera que conduce a San Juan de Aznalfarache, no siguiendo adelante por el mal estado de la carretera.

Al llegar el carruaje cerca de la venta La Cerilla, tuvieron la Reina y la duquesa de San Carlos que descender del carro, en vista del mal estado en que se encuentra la expresada carretea en aquel sitio, a causa de los últimos temporales de agua.

A pie continuaron la augusta dama y la duquesa de San Carlos, en dirección a la inmediata villa.

En el camino encontraron un coche de los que hacen el servicio público entre San Juan y Sevilla, en el que venían a esta capital los secretarios de los Ayuntamientos de San Juan y Tomares, D. Antonio Caro y D. Juan de Dios Sánchez, los cuales, al reconocer a la Reina, se apearon, así como dos señoras que también venían en el coche, continuando a pie tras de S.M.

Doña Victoria, conversando con la duquesa de San Carlos, llegó hasta la Huerta de la Concepción, distante de La Cerilla más de un kilómetro y, como viera que era imposible el paso por la carretera sin grandes molestias y peligros, dijo a la duquesa: "Ni a pie podemos llegar".

Entonces, volvieron a pie hasta pasar La Cerrilla, en donde ambas damas subieron al carruaje, regresando a Triana y recorriendo varias de sus calles, siendo vitoreada de nuevo por el inmenso gentío que, al saber que la Reina se dirigía a San Juan, esperaban su regreso en la calle San Jacinto.

La Reina no llegaría a entrar en la urbe de nuestra localidad.

Año 1918.

Un nuevo mapa topográfico del Ejército español, nos muestra que ya no es una la dificultad en la travesía de los caminos de Sevilla a San Juan de Aznalfarache, el cauce de Madre Vieja (línea discontinua celeste), sino que se añade otro, que es la línea férrea proveniente de Aznalcóllar que, desde Camas, llega hasta su embarcadero en el río Guadalquivir (línea discontinua verde).

Además, la que en 1900 era considerada la “carretera provincial a San Juan de Aznalfarache” (flechas amarillas), ya ha pasado a tener la denominación de “Carretera de Sevilla a La Puebla del Río”.

1924... Y llegó el tranvía.

Durante nueve años, también influiría en estos caminos la instalación del viario del tranvía, que se ubicaría junto a la ya denominada como “Carretera de Sevilla a La Puebla del Río”, llegando hasta 1932 sólo hasta San Juan de Aznalfarache, para ser ampliada.

Desde el 1 de marzo, los coches atravesaban la vega de Triana hasta nuestra localidad, con la facilidad de que, al existir aún el cauce de Los Gordales, no tenían aún que pasar sobre el río.

A este transporte le afectaba las ventas existentes en el camino entre Sevilla y San Juan de Aznalfarache, pues era fácil que el tranvía se encontrara con “las innumerables curdas que, en caravana, regresan” desde estos lugares a la ciudad y a las otras localidades próximas. Pero si no ocurrían desgracias con el enorme tráfico de automóviles que ya tenían aquellos caminos, menos ocurriría con los tranvías. La compañía había tenido en cuenta, para el servicio de esta línea, el detalle de escoger el personal que está reconocido por sus años de profesión, por su formalidad y por ser abstemios, para evitar incidentes.


Tranvías sobre los pilares que estarían en el límite del término municipal de San Juan de Aznalfarache.

Antes del cambio del cauce del río Guadalquivir, suprimiendo el cauce de Los Gordales y aumentando el de Madre Vieja, poniéndolo en contacto con el que entra a la ciudad de Sevilla por el norte, desde Alcalá del Río, el tranvía, en su camino a San Juan de Aznalfarache, tuvo que cambiar su camino y se estableció un pontón para que la ciudad y los pueblos a los que servía no quedaran incomunicados. 

Año 1925, artículo.

El Alcalde de Sevilla, Sr. Vázquez Armero, entre otros asuntos, informa a los periodistas que había recibido una carta del subsecretario de Fomento, general Vives, notificándole que se ha incluido en e1 plan del quinquenio, en lugar preferente, formando parte de las que muy en breve han de subastarse, dentro del presente ejercicio, el tramo de carretera denominado del paso a nivel de las Erillas a La Pañoleta, que pone en comunicación la carretera de San Juan de Aznalfarache con las de Extremadura y Huelva.

Año 1931.

Carta al periódico “El Liberal”, titulada: ¡Viva la República!

Hace ya varios días que se puede observar una sana modificación en el tráfico de los automóviles en la carretera de la Muerte, que es la de Sevilla a San Juan de Aznalfarache.

Una vez puesta en condiciones esta carretera, la que, durante muchos años, por su estado crónico de abandono, fue un baldón para toda Andalucía, creían los automovilistas que aquella era una pista para ellos ensayar la velocidad máxima de sus coches.

Desaparecieron familias enteras en las cunetas, impulsadas por el afán de valientes automovilistas. La casa de socorro de Triana no bastaba para curar las costillas, piernas y brazos rotos en esta pista automovilista.

Todos los clamores de los vecinos, amenazados por una muerte de «torpedeamiento sin aviso» entre Sevilla y San Juan, se perdieron en el vado.

Y ahora pasan los autos con una tranquilidad digna, como si quisieran expresar: «También tú, ciudadano, que en la vida no cuentas con otros medios de locomoción que tus pies o, a lo sumo, tu bicicleta, eres un ser respetable para la conservación».

¡Gracias a las autoridades republicanas, que han hecho ley de tal pensamiento humano! Por eso, ¡Viva la República!

Varios vecinos de San Juan de Aznalfarache.

Toda la historia del camino desde Sevilla a San Juan de Aznalfarache se acabó con la inauguración, el sábado 15 de abril de 1933, del puente y de los viaductos para unir ambas urbes por el cambio del cauce del río, para mayor protección de la ciudad de Sevilla frente a las inundaciones. A partir de aquí comenzó una historia nueva de la comunicación entre la capital hispalense y nuestra localidad.

Terminamos con una anécdota y es que, en abril de 2024, en consulta a la web del catastro, aún se podía encontrar el camino viejo de San Juan de Aznalfarache, entre las vías de la populosa SE-30, indicando su paso por la Huerta de Santa Ana, término municipal de nuestra localidad al otro lado del río.

Bibliografía:

-DE LABORDE (1812): “Voyage Pittoresque et Historique de l’Espagne” (tome II). París, Pierre Didot L’Aine.

-PINEDA NOVO, D. (1980): “Historia de San Juan de Aznalfarache”. San Juan de Aznalfarache, Ayuntamiento de San Juan de Aznalfarache.

En este blog:

Como continuación de este texto, puede leer la historia de la calle Real, en el siguiente enlace:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2026/02/sobre-la-calle-real-de-san-juan-de.html

Sobre la Oset turdetana y la Osset romana:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2025/05/oset-turdetana-osset-romana-san-juan-de.html

Sobre el tranvía:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2025/11/cronologia-del-tranvia-san-juan-de.html

Hemeroteca:

-“El Alabardero”. 8 de marzo de 1879. Sevilla.

-“La Andalucía, órgano de unión bético-extremeña”. Jueves, 24 de enero de 1861. Sevilla.

-“La Andalucía, órgano de unión bético-extremeña”. Jueves, 1 de marzo de 1861. Sevilla.

-“La Andalucía, órgano de unión bético-extremeña”. Sábado, 17 de agosto de 1861. Sevilla.

-“La Andalucía, órgano de unión bético-extremeña”. Domingo, 12 de enero de 1862. Sevilla.

-“La Andalucía, órgano de unión bético-extremeña”. Sábado, 9 de agosto de 1862. Sevilla.

-“La Andalucía, órgano de unión bético-extremeña”. Domingo, 10 de agosto de 1862. Sevilla.

-“La Andalucía, órgano de unión bético-extremeña”. Sábado, 13 de mayo de 1865. Sevilla.

-“La Andalucía, órgano de unión bético-extremeña”. Jueves, 1 de agosto de 1867. Sevilla.

-“La Andalucía, política económica y literaria”. Sábado, 18 de septiembre de 1897. Sevilla.

-“El Clamor Público”. Martes, 20 de agosto de 1861. Madrid

-“El Defensor de Córdoba, últimos telegramas y noticias de la tarde”. Viernes, 31 de enero de 1908. Córdoba.

-“Diario de Córdoba, de comercio, industria, administración, noticias y avisos”. Jueves, 7 de octubre de 1880. Córdoba.

-“Diario de Córdoba, científico, literario, de administración, noticias y avisos”. Sábado, 1 de febrero de 1908. Córdoba.

-“Gaceta de Madrid”. 25 de marzo de 1846. Página 2. Madrid.

-“Gaceta de Madrid”. Domingo, 6 de septiembre de 1903. Número 249, páginas 2241 y 2242. Madrid.

-“El Guadalete, periódico político y literario”. Sábado, 1 de febrero de 1908. Jerez de la Frontera.

-“El Imparcial”. Miércoles, 21 de octubre de 1903. Madrid.

-“El Liberal”. Miércoles, 4 de febrero de 1925. Sevilla.

-“El Liberal”. Sábado, 27 de junio de 1931. Sevilla.

-“El Noticiero Sevillano, diario independiente de noticias, avisos y anuncios”. Sábado, 18 de septiembre de 1897. Sevilla.

-“La Unión”. 16 de diciembre de 1880. Madrid.

Otras fuentes:

-grupo.us.es/encrucijada/las-plantas-de-las-villas-de-penaflor-1628-y-san-juan-de-aznalfarache-y-tomares-1628-de-miguel-de-obando/

-Fondos del Instituto Cartográfico de Andalucía.

-Fondos del Instituto Geográfico Español.

-sedecatastro.gob.es 

Novela corta Un día de boda en San Juan de Aznalfarache de 1853

Un barco a vapor pasa por delante de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache. Un grupo de personas tiene un festejo entre el cerro y ...