Continuamos hablando en este
blog, sobre la historia de San Juan de Aznalfarache, del pacifista republicano, ingeniero y
diplomático Otto Engelhardt, que vivió en nuestro pueblo, en Villa
Chaboya, entre los años 1913 (incluso quizá desde antes) y 1936, hasta que fue
detenido y ejecutado. Varias decenas de artículos escribió para ser
publicados por periódicos, en las fechas en las que vivió en nuestra localidad.
A continuación, compartimos
completo el artículo publicado el 12 de enero de 1928, en “El Liberal”
(periódico de edición sevillana), titulado: “La revolución de arriba; el puñal de abajo”.
“La
revolución de arriba; el puñal de abajo” es el título de una obra escrita por
un militar alemán, al objeto de salvar la buena reputación del régimen imperial
pasado (lo que buenamente pueda salvarse todavía). En ella figura el texto de
una carta del que fue emperador a su hijo.
<<Mi
querido hijo: Como el mariscal no puede garantizarme más tiempo mi seguridad
personal, y tampoco la fidelidad de las tropas, he decidido, en grave lucha de
conciencia, alejarme del ejército desorganizado.
Berlín
está totalmente perdido en manos de los socialistas; allí existen ya dos
Gobiernos: uno, con Ebert de canciller; y otro de los independientes.
Te
recomiendo quedarte en tu puesto, hasta la marcha de las tropas, para mantener
la unión de ellas.
¡Si
Dios quiere, hasta la vista!
Tu
desgraciado padre, Guillermo.>>
Este
documento histórico, referido “en defensa” de su autor, explica por sí mismo
toda la desgracia que ha sufrido el pueblo alemán, cuya suerte se ha
encontrado, durante 30 años, en manos del autor de la carta, con su final: la
derrota y la paz de Versalles.
El
hijo siguió bien pronto a su padre, a la salvadora y hospitalaria Holanda.
¡Qué
dirán de esta carta las madres, cuyos hijos perecieron en el fango de las
trincheras! ¡Las mujeres que perdieron al padre de sus hijos, malheridos y
podridos, entre las alambradas de las posiciones! Dos millones de muertos,
cuatro millones de inválidos y mutilados, desolada la hacienda del país, el
pueblo empobrecido con malas artes por los empréstitos y el jefe, huyendo;
luego, su hijo, también, porque “el mariscal no puede garantizar su seguridad
personal”. El jefe, el supremo “señor de la guerra”, como se titulaba, el que
había recomendado con tanto anhelo “la muerte de héroe” a sus súbditos y había
aceptado, de diez millones de hombres, el juramento a la bandera.
La
lectura de esta carta hace llorar a cualquier buen hijo de su nación.
Lo
triste, en esta revelación, no es el espíritu de la carta, puesto que el mundo
entero hace tiempo que se ha formado un concepto justo sobre el Gobierno
imperial; lo triste es que, nueve años después de su bancarrota, salgan hombres
alemanes que quieran justificar un proceder que es único en la historia de la
humanidad, sacando a la luz del día, para eso, esta desdichada carta, nueve
años después de la vergüenza, cuando el mundo ya había apreciado que, hombres
como Ebert e Hindenburg, elegidos por la nación, sabían representar a la
Alemania trabajadora, pensadora y pacífica, con más dignidad y menos ruido que
el antecesor de ellos.
El
gran Bismarck, que no tenía absolutamente nada de republicano, dijo una vez:
“El monarca debe dar en todo buen ejemplo a sus súbditos; en caso necesario,
morir peleando con la espada en el puño. Si no fuese capaz de esto, entonces
fuera con él”.
El
bravo pueblo alemán está resucitando moralmente, poco a poco, del marasmo al
que le ha llevado un gobierno caracterizado por aquella carta ominosa, y está
resucitando, contra viento y marea, dentro y fuera de su país. Las democracias
fuera de Alemania no han amparado a los alemanes en el desenvolvimiento de su
democracia joven; al contrario, muchos hechos, como el sostenimiento del
bloqueo y el cruel retenimiento de los prisioneros alemanes, después de la
terminación de la guerra, han amenazado seriamente la vida de la joven
democracia.
Pero
en el curso de los años, el ejército de la libertad ha engrosado
considerablemente en el mundo; muchos que antes pertenecían en Alemania a la fuerza
sustentadora de un gobierno autocrático, se han convertido a la democracia; así
juraron la Constitución republicana hombres como Hindenburg y Stressemann. La
democracia es la única fuerza que puede traer, a este mundo martirizado, la paz
e impedir que se repitan crímenes internacionales, como los que hemos conocido
todos en la Gran Guerra.
A
un fiel y viejo soldado de la libertad en Alemania, el profesor Luis Anidde,
está concedido este año el premio Nobel de la Paz, junto al venerable francés
Buisson. Toda su vida, Anidde ha luchado por una Alemania libre y unida, y por
el entendimiento pacífico entre las naciones, lucha que le ha costado durante
la guerra, e incluso antes, muchas persecuciones y hasta su libertad personal.
En Oslo, estos dos hombres valientes podían estrecharse las manos ante un
público internacional de las más selectas inteligencias. Anidde ha sido el
adversario más inflexible de la autocracia y del gobierno personal en Alemania.
Hace más de 20 años que él, con vista profética, auguró la triste suerte de
Alemania bajo el gobierno autocrático y militarista.
En
la fiesta para celebrar la memoria de Víctor Hugo en París, tomó también la
palabra el poeta alemán Heinrich Mann y lo que dijo sobre la paz y el
entendimiento entre Francia y Alemania, encontró un eco de entusiasmo. La
ovación atronadora brindada a este alemán republicano duró varios minutos.
El
sol de la humanidad está subiendo, como se ve… ¡Vivan la Alemania libre y la
fraternidad de las naciones!
Otto Engelhardt, ex cónsul alemán.


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