Novela corta Un día de boda en San Juan de Aznalfarache de 1853

Un barco a vapor pasa por delante de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache.

Un grupo de personas tiene un festejo entre el cerro y el río, en el siglo XIX.

Un día de boda

Texto acompañado vistas del río Guadalquivir, a su paso por San Juan de Aznalfarache, en el año 2023.

I.

Era una tarde del mes de mayo, una de esas tardes de primavera, en las que el aura fresca y embalsamada, con el aroma de las flores, convida a respirar el suave aliento de su perfume; una de esas tardes, en que el alma, contemplando las verdes galas de la naturaleza, se cree, por un momento, feliz y olvida todos los sus padecimientos, para no pensar más que en el risueño espectáculo que la rodea.

Vergeles de pintadas flores, blancos caseríos de elegante y sencilla arquitectura, y naranjales cubiertos de azahar, ciñen las orillas del Guadalquivir, mientras que el sol poniente, reflejándose en sus azules ondas, ilumina tan bello panorama, que parece sonreír para dar su despedida al astro esplendente que lo vivifica.

Ni una nube oscurece el puro azul del cielo, ni una ráfaga de viento agita las claras ondas del río, y los jilgueros, saltando de rama en rama, unen sus trinos a los murmullos del céfiro, en tanto que las golondrinas, revoloteando en caprichoso giro, ya bajan hasta morar las puntas de sus alas en el Guadalquivir, o se remontan, formando dilatados círculos, hasta perderse en la inmensidad del espacio.

El Sol, pronto a ocultar su luz detrás de la lejana sierra, derrama su tibio y último rayo sobre las negruzcas torres del viejo convento, que domina a San Juan de Aznalfarache y, tiñendo de rijo color el horizonte, parece que se complace en añadir la última pincelada al más bello paisaje del mundo.

Elevado el convento sobre la cresta de la colina, a cuya falta tiene San Juan sus blancas y pequeñas casas, es imposible mirarlo sin encontrarse conmovido por un sentimiento religioso y tierno, porque parece que un pueblo sencillo, trabajador y cristiano, ha elevado, sobre sus casas de tierra y paja, el templo de su Dios, para que las defienda en los días de tormenta y vele constantemente por ellos.

II.

Al pie de la colina y, recorriendo la orilla del Guadalquivir, se ven multitud de aldeanos que, formando pequeños grupos, cantan y bailan al compás de las castañuelas y de la pandereta. La alegría más franca y cordial reina entre ellos. Mezclados, hombres y mujeres, gozan del puro ambiente de la tarde, sin que nada venga a turbar sus distracciones, tan sencillas como sus costumbres. La bota, henchida de vino de la tierra, circula de mano en mano, dando animación a sus corazones y, mientras la juventud ríe, canta o baila, sin acordarse más que del presente, los ancianos, sentados sobre el blando césped de la orilla, contemplan la felicidad de sus hijos y recuerdan con placer el tiempo que gozaron como ellos.

Es domingo, y toda aquella población trabajadora goza del único día de la semana en que les es lícito divertirse.

En uno de los grupos de la orilla se ve más animación que en todos los demás. Los semblantes de los aldeanos y pescadores que, sentados y formando un círculo, lo componen, rebosan alegría y todos los jóvenes que se cansan de bailar y correr, vienen a descansar allí y son acogidos con la más cordial franqueza, entre la bulla y algazara de los ancianos, que se burlan de sus pocos bríos, asegurándoles que, a sus edad, jamás sintieron el cansancio, cuando bailaban con las muchachas de la aldea.

En el centro del círculo, una frugal merienda, modestamente colocada sobre la verde yerba, convidaba a reparar las fuerzas perdidas, y todos comiendo y hablando al mismo tiempo, solo suspendían, de rato en rato, la conversación para escuchar la dulce voz de una joven de dieciocho años, que cantaba, al compás de una mala guitarra, canciones andaluzas en las que resaltaba la gracia peculiar de nuestro suelo.

Más adornada que todas sus compañeras y hermosa como ninguna, clavaba a cada momento sus negros y rasgados ojos en un joven, como de 24 a 26 años que, sentado a su lado, la contemplaba con delicia. Llamábase este joven Antonio y era el pescador más rico de San Juan; ella se llamaba María, y ya hemos dicho que era la más hermosa de sus compañeras.

A veces, Antonio inclinaba su cabeza sobre el hombro de María y murmuraba en su oído una palabra que hacía poner encendida, como el carmín, sus hermosas mejillas. ¡Oh!, entonces formaban los dos un grupo admirable y sublime. Él, con sus negros y rizados cabellos, que se confundían con los de su compañera, con sus negros ojos brillantes de felicidad y de amor, con su frente ancha y morena, y su talle esbelto, ceñido por una chupa, cubierta de bordados y alamares; ella, con la cabeza inclinada, con sus ojos bajos y recorriendo como distraída las cuerdas de su guitarra, con su elegante corpiño de terciopelo verde, por encima del cual sobresalía una garganta más blanca que el marfil, pero tersa, brillante y sonrosada, con su boca de coral y perlas, que mostraba una sonrisa de esperanza y de placer, con sus cabellos, en fin, que le caían en anchas trenzas sobre la espalda. ¡Oh, el grupo era digno del pincel de Rafael! Hermosa pareja, llena de juventud y de vida, sobre cuyas frentes el pesar aún no había marcado la más ligera huella. Hermosa pareja sobre cuyos rostros se pintaba la esperanza y la felicidad.

Frente a ellos, una anciana de cabellos blancos, de severo rostro, en el que, a través de las arrugas se descubrían los restos de su pasada belleza, y de noble y sencillo porte, los miraba embelesada al contemplarlos, y seguía con sus ojos hasta sus más ligeros movimientos.

Parecía no existir sino para ellos, y un placer dulce y tranquilo se pintaba en su venerable semblante. Era la madre de Antonio y, aquel día, era doblemente feliz, porque, desde por la mañana, tenía otra hija.

Antonio, enamorado de María, huérfana y recogida en su casa, se había casado con ella, y su anciana madre, llorando de gozo, había bendecido su enlace. Los tres, al salir de la iglesia, se habían unido en un estrecho abrazo y feliz, cada uno, con la ventura de los otros, creían haber alcanzado cuanto podían apetecer sobre la tierra.

El baile y la fiesta continuaban, pero ellos gozaban solamente con mirarse, porque, en esa fruición íntima de dos corazones que se aman y se comprenden, no hay más alegría que la que ellos mismos se proporcionan, ni más ventura que la de palpitar el uno junto al otro.

-“María”, dijo Antonio, inclinándose al oído de su esposa, “el Sol acaba de ocultar su último rayo y, aunque estamos unidos ante Dios desde esta mañana, aún no nos han dejado ni un instante a solas, para que yo pueda expresarte toda la alegría que rebosa mi alma, y darte gracias de rodillas, porque has tenido en mí bastante confianza para entregarme tu porvenir y dejarme labrar tu felicidad. La fiesta durará todavía dos horas y serán dos horas de impaciencia para mi corazón. Mira, mi barca se mece a dos pasos de aquí, junto a la orilla; parece que, con su pausado movimiento, nos convida a pasear en ella sobre las tranquilas aguas del río. ¿Quieres acompañarme? Allí estaremos solos con nuestro amor, podré decirte cuánto te adoro, sin ver tantas miradas fijas en nuestros semblantes, veré morir sobre tu bella frente el crepúsculo de la tarde, y recordaremos los años de nuestra infancia, cuando yo, siendo niño, te paseaba en mi pequeña barca sobre las ondas de este mismo río, que ahora va a ser testigo de nuestra felicidad. ¡Oh!, ven, mi querida María, ven y sea un recuerdo de nuestra infancia el primer lazo que estreche para siempre nuestros corazones”.

María le escuchaba con los ojos bajos, y se veían, a través de su corpiño de terciopelo, las palpitaciones de su corazón. Cuando concluyó de hablar, soltó su guitarra sobre el césped y, levantándose ligera y esbelta, y colocó su blanca y torneada mano sobre el brazo de su esposo, que había seguido su movimiento, clavando en él esa mirada magnética, llena de amor y de voluptuosidad, que las mujeres hermosas saben dirigir al objeto de su cariño. Una de esas miradas que llegan hasta el corazón, que hacen estremecer todas las fibras de nuestro cuerpo y nos vuelven, por un momento, locos de deseos, de esperanza y de felicidad.

Antonio la sintió como si una chispa eléctrica hubiera crispado todos sus nervios y, ciñendo con su robusto brazo el talle de ninfa de María, la llevó corriendo y casi en brazos hasta su barquichuelo.

Su anciana madre se levantó para seguirlos, pero cuando llegó junto a la orilla, Antonio y María se encontraban ya dentro de la barca y siguiento la corriente del río.

 

III.

Los que no han amado jamás, esos corazones insensibles y egoístas, que sólo miran en el cariño de una mujer la satisfacción de un deseo; aquellos seres viles y depravados, que no encuentran en esa hermosa mitad de nuestra existencia, sino la materialidad de la belleza, esos nos comprenderán jamás el placer puro, inefable y divino que sienten dos almas que se adoran cuando, unidas ante Dios por un lazo eterno y legítimo, pueden a solas comunicarse por primera vez todos los sentimientos de sus corazones, toda la inmensidad de su amor, toda la felicidad, en fin, de aquella pasión que inspiran y que sienten. Los que, por el contrario, contemplan en la mujer la más bella creación del universo, los que llenos todavía de ilusiones, creen que, bajo sus formas angelicales, guardan un tesoro inmenso de amor y de ternura; los que no sienten gastado el corazón y abrigan nobles y generosos pensamientos, esos y solamente esos, podrán comprender todo el encanto del primer amor correspondido; esos hallarán en la mujer que adoren un manantial inmenso de felicidad; esos verán en ella la más poética de sus ilusiones, el más puro sueño de su existencia, y sentirán, en fin, conmoverse hasta la más lejana fibra del corazón, cuando a solas, con el objeto de su cariño, pueden, confundiendo con su pensamiento, unir sus almas en esa fruición íntima y misteriosa que los eleva a un cielo de ventura, realizando las más ansiadas esperanzas de su fantasía.

¡Ay!, dichoso aquel que encuentra un ángel en la mujer que adora; desgraciado el que solamente la mira como un vaso quebradizo de barro, que embaraza y estorba cuando, para saciar la sed que le devora, apura hasta la última gota del precioso licor que contenía.

Para un corazón sensible y apasionado, la mujer es una flor preciosa que, con su exquisito perfume, embriaga el alma; con su belleza exterior y sus colores, satisface y embelesa los sentidos; y si el aliento la marchita, todavía es el recuerdo vivo del placer pasado, es el emblema de una felicidad ardiente, que el tiempo ha convertido en una paz tranquila y eterna.

IV.

Antonio, con su corazón joven y lleno de entusiasmo y de ilusiones, miraba en María el ángel de su felicidad, y ella le adoraba con ese amor indefinible y puro, que es un destello del amor divino, puesto en el alma de los mortales, para que puedan comprender el amor inmenso de su Creador.

Así es que, al encontrarse por primera vez, solos en la pequeña barca que seguía la corriente del río, un sentimiento de placer puro, de felicidad inmensa, se apoderó de sus corazones, para no dejarles pensar más que en la ventura de verse unidos para siempre.

María, sentada en la estrecha popa, acariciaba con su blanca mano los negros y rizados cabellos de Antonio que, a sus pies, y reclinando la cabeza sobre las rodillas de su amada, la contemplaba con delicia y bendecía en su alma a la Providencia, que le había deparado, por compañera de su vida, una mujer que realizaba sus más ardiente ilusiones.

El débil crepúsculo, de la tarde que moría, reflejaba su tibia luz sobre la blanca frente de la tierna esposa, y bañando con sus pardas tintas las frondosas orillas del Guadalquivir, prestaba a tan interesante cuadro esa poesía dulce y melancólica de la naturaleza que, en las situaciones interesantes de nuestra vida, armoniza y se identifica con la poesía que está rebosando el corazón.

Perdidos en su mutua contemplación, olvidados de cuanto pasaba en torno suyo, María y Antonio sólo existían el uno para el otro, y aquel momento de silencio, de soledad y de amor, que realizaba todos sus deseos, era para ellos la garantía de un porvenir lleno de esperanza, que veían ante sus ojos, en pos del recuerdo de aquel pasado de amor puro y casto, que les había unido desde la infencia.

Las horas corrían entre tanto, con esa velocidad con que siempre corren para los amantes, y las sombras de la noche, extendiendo su negro manto sobre las orillas del Guadalquivir, solo dejaban percibir en el cielo un inmenso número de estrellas que, bordando su dilatada bóveda, hacían resaltar más, con su fulgor escaso, el misterio y la oscuridad. Pero ellos sólo pensaban en su dicha y dejaban que la barca siguiese, por medios del río, el débil impulso que le comunicaba la corriente. Absortos en su coloquio no habían oído siquiera un rumor sordo y lejano que, aproximándose por momentos, se hacía sentir cada vez más próximo y amenazador.

De repente, una voz que salía de la orilla, les distrajo de su arrobamiento.

-“¡Hijo mío, que el vapor se acerca!”, decía la madre de Antonio, que habiendo seguido la barca de su hijo, hasta que las sombras la ocultaron a sus ojos, veía ahora acercarse el vapor que marchaba hacia Sevilla, y temía que, de improvisto, sorprendiese a la feliz pareja en la mitad de la corriente.

Antonio oyó la voz de su madre y, alzando la cabeza, la cual aún tenía reclinada en el seno de su esposa, vio a treinta varas de distancia, y siguiendo la misma línea que ocupaba su barca, el vapor llegaba de Cádiz y, a toda máquina, se acercaba con espantosa velocidad.

No había tiempo que perder.

Rápido, como el pensamiento, se arrojó a los remos, para bogar hacia la orilla y, hundiendo uno de ellos en el agua, varió rápidamente la dirección de la barca que, obedeciendo al impulso, puso la proa hacia la ribera.

Entonces, se creyó seguro, porque confiaba en su fuerza y su destreza; dos golpes de remo podían ponerlo fuera del alcance del buque que lo amenazaba y que ya sólo se encontraba a quince varas, del pequeño esquife.

Volvió a hundir los remos en el agua, dándoles un vigoroso empuje con toda la fuerza de sus robustos brazos. El crujido de un trozo de madera que hastillaba respondió a su movimiento y Antonio cayó de espaldas en el fondo de su barca. Se había roto el espigón que sujetaba el remo derecho y, cediendo a su propio impulso, Antonio había caído, escapándosele, al caer de entre las manos, aquel remo que era su única salvación.

María lanzó un grito de temor; otro grito de angustia resonó en la orilla “¡A un lado la barca!”, clamó la bronca voz del timonel, desde lo alto del buque se acercaba.

Antonio, alzándose instantáneamente, corrió al remo que se le había escapado, pero ya era tarde: la barca, cediendo al movimiento del que había permanecido firme, giraba sobre su costado derecho, sin apartarse del sitio del peligro, mientras el remo perdido flotaba a tres o cuatro varas de distancia, siguiendo la corriente del río.

El vapor, entretanto, con toda su espantosa velocidad, se arrojaba como un torbellino sobre la barca.

-“¡Estamos perdidos!”, fritó Antonio al ver la masa negra del buque, próxima a hundirlos para siempre y, con la rabia de la desesperación en los ojos, y con la angustia de la muerte en el corazón, se arrojó a la popa de su barca, tendiendo sus brazos en el espacio, como si quisiera proteger, hasta su último instante, la vida de su esposa, para esperar el choque del buque, tal vez pensando, en su aturdimiento, que bastarían sus débiles fuerzas para separarlo de la línea que seguía o detenerlo en su rápida y espantosa carrera.

No tuvo que esperar más que un instante. La proa del vapor chocó primero con su mano; luego, con su frente y estellándose al fin contra su pecho, lo arrojó sobre María, que sólo había tenido tiempo para arrodillarse en el fondo de la barca y elevar a Dios el último pensamiento de su alma.

Nada más se vio: un torbellino de espumas, de ruido y de fuego, que pasó como huracán sobre la barca y sobre aquellos desgraciados, que sólo pudieron arrojar un grito de horror al mirar abierta la sima que los tragaba.

Otro grito de indefinible angustia, de supremo dolor, contestó desde la orilla, como si un eco lejano y compasivo, se complaciera en repetir la última plegaria de los que dejaban el mundo para siempre.

La Luna, asomando en este momento su primera lumbre sobre la cima de los lejanos montes, dejó caer su tibio rayo sobre las alteradas ondas del río que, poco a poco, fueron calmándose, a medida que el vapor se alejaba. Algunas tablas rotas flotaban a merced de la corriente y, en el centro de ello, una masa informe se agitaba, como si un ser viviente luchase todavía entre la vida y la muerte, con el último aliento de la desesperación.

Poco a poco, las olas se calmaron; el movimiento que se notaba en el centro del río era cada vez más imperceptible; y cuando la luna, descubriendo por fin su ancho disco, derramó toda su luz sobre esta escena de muerte, sólo se percibía un bulto negro flotando entre dos aguas, en la superficie de una cabellera que se hundía por momentos y, allá, a lo lejos, vapor agitando las ondas del Guadalquivir y dejando en el espacio una larga ráfaga de humo que, lentamente, se desvanecía.

V.

A la mañana siguiente, el sol que había iluminado con su último rayo, en la tarde anterior, una escena de amor y felicidad al pie de San Juan de Aznalfarache, alumbraba también, con su primera lumbre, una escena de muerte y de dolor, a media legua de la misma población.

A orillas del río y sobre un verde tapiz de césped espeso y brillante, yacían los cuerpos inanimados de Antonio y de María.

La palidez de la muerte, extendiendo su blanco velo sobre aquellas facciones llenas poco antes de juventud y de vida, no había podido despojarlas de su belleza y parecían dos hermosas estatuas acabadas de salir de las manos de un hábil escultor, que sólo esperaban que un fuego divino las animase, para alzar sus cabezas y saludar por vez primera aquel sol que las bañaba y que ni aún tenía poder para calentar sus miembros helados por la muerte.

Permanecían estrechamente abrazados: una mano de María sostenía aún entrelazados entre sus dedos los negros rizos de la cabellera de Antonio, y una ancha herida, que la quilla del vapor había abierto en la frente de este, dejaba ver sus bordes tan pálidos como el resto de su semblante. Sus ropas destrozadas manifestaban que la lucha con la muerte había sido larga y reñida, pero en sus semblantes aún se descubría la paz inalterable de una dicha suprema. Parecía que sus almas, encontrándose en un beso postrero, habían dejado sobre aquellas facciones, que antes animaban, una ráfaga de la felicidad que iban a disfrutar en el cielo.

El ángel de la muerte les había dado, por lecho nupcial, las aguas de un río, pero al verlos tan hermosos y tan estrechamente abrazados, podría creerse que el ángel del amor velaba todavía en su lecho de flores el primer sueño de los esposos.

Una anciana, arrodillada junto a aquellos cuerpos inanimados, inclinaba de cuando en cuando su cabeza sobre la frente de Antonio y estampaba un beso sobre aquellos cabellos húmedos aún, con el agua del río. Era su madre. Sus manos acariciaban aquel semblante que antes formaba su orgullo y su felicidad, sus trémulos labios querían dar otra vez vida con su aliento a aquella boca muda y fría que, tantas veces, habían acariciado sus mejillas. Sus ojos buscaban en vano la amorosa mirada de su hijo, y estrechaba contra su pecho aquellas cabezas queridas, que el día antes había bendecido en el colmo de la felicidad.

Ni un “ay” exhalaba su pecho, porque los grandes dolores son mudos y sombríos, pero gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, cayendo sobre aquellas frentes pálidas, sin vida, parecían esas perlas que el rocío deja sobre el cáliz de la azucena silvestre, como si el aura de la noche dejase también una lágrima de sentimiento sobre la corola blanca y perfumada que pierde ante el albor de la mañana.

Más allá, un grupo de aldeanos y de pescadores, tristes y silenciosos, contemplaban esta escena con las cabezas descubiertas, y recaban por el alma de los que ya no volverían a ver la luz.

Entretanto, el sol tan puro y radiante, como el día anterior, esparcía su luz sobre las orillas del Guadalquivir y daba vida, color y movimiento a aquella naturaleza fecunda donde todo sonreía, donde parecía imposible que se representasen escenas de dolor y de muerte.

Y sin embargo, era verdad: Antonio y María ya no existían. Aquellos dos corazones llenos de amor y de esperanza no volverían a palpitar el uno junto al otro; la muerte rápida, instantánea y cruel les había sorprendido en el momento mismo en que se creían dichosos para siempre, cuando se entregaban al fuego de su mutuo amor, cuando formaban brillantes sueños para el porvenir. El amor los había unido en la tierra y sus almas, al subir en alas del amor hasta el empíreo, habían bendecido sin duda el golpe que, hiriendo a los dos al mismo tiempo, les había unido en la muerte, con lazos más estrechos y más puros que los que unían sus corazones en la vida.

VI. Conclusión.

Algunos años después de las escenas que acabamos de bosquejar, podían ver todos los que surcaban el Guadalquivir a una anciana flaca como un espectro y cubierta de andrajos, que recorría constantemente sus orillas. Desde que el sol salía, ocupaba su puesto y ya, inmóvil, con los ojos fijos en el agua del río, ya corriendo sin tino de uno a otro punto, pasaba las horas sin que nada fuera bastante para separarla de aquellos lugares. Los pescadores y los aldeanos, con ese piadoso respeto que sólo conocen las almas sencillas, cuidaban de traerle el sustento necesario y ella lo recibía impasible y distraída, como si nada de aquello fuera necesario a su existencia.

Si los vapores que llegaban diariamente de Cádiz a Sevilla, cruzaban por San Juan de Aznalfarache, después de puesto el sol, la pobre vieja se deshacía en maldiciones desde la orilla y, con sus brazos extendidos sobre el río, parecía el genio del mal que quería sumergir el buque con sus imprecaciones.

Luego que ya era bien entrada la noche, se retiraba al cementerio y allí, entre dos cruces colocadas sobre una pequeña eminencia de tierra, reclinaba su cabeza y dormía profundamente hasta que los rayos del sol la despertaban.

Entonces, recogía cuantas flores podía llevar en su falda y tejía coronas que colocaba sobre las cruces y alrededor del montecillo. Luego, iba a tomar su puesto a la orilla del río.

Los muchachos del pueblo la llamaban la Loca, pero lejos de molestarla jamás, recogían flores y tejían guirnaldas, que luego le entregaban para que adornase su extraño y solitario lecho. Aquel lecho era la tumba de Antonio y de María; la Loca era su madre.

Pronto, otra cruz de madera vino a unirse en el mismo montecillo a las dos anteriores, porque el alma de la Loca voló al cielo, a encontrarse también con la de sus hijos.

Fin.

Sin nombre de autor.

Fuente:

“El Guadalete, periódico literario y de interés general”. 17 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.

“El Guadalete, periódico literario y de interés general”. 20 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.

“El Guadalete, periódico literario y de interés general”. 22 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.


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