Un día de boda
Texto acompañado vistas del río Guadalquivir, a su paso por San Juan de Aznalfarache, en el año 2023.
I.
Era una tarde del mes de mayo, una de
esas tardes de primavera, en las que el aura fresca y embalsamada, con el aroma
de las flores, convida a respirar el suave aliento de su perfume; una de esas
tardes, en que el alma, contemplando las verdes galas de la naturaleza, se
cree, por un momento, feliz y olvida todos los sus padecimientos, para no
pensar más que en el risueño espectáculo que la rodea.
Vergeles de pintadas flores, blancos
caseríos de elegante y sencilla arquitectura, y naranjales cubiertos de azahar,
ciñen las orillas del Guadalquivir, mientras que el sol poniente, reflejándose
en sus azules ondas, ilumina tan bello panorama, que parece sonreír para dar su
despedida al astro esplendente que lo vivifica.
Ni una nube oscurece el puro azul del
cielo, ni una ráfaga de viento agita las claras ondas del río, y los jilgueros,
saltando de rama en rama, unen sus trinos a los murmullos del céfiro, en tanto
que las golondrinas, revoloteando en caprichoso giro, ya bajan hasta morar las
puntas de sus alas en el Guadalquivir, o se remontan, formando dilatados
círculos, hasta perderse en la inmensidad del espacio.
El Sol, pronto a ocultar su luz detrás
de la lejana sierra, derrama su tibio y último rayo sobre las negruzcas torres
del viejo convento, que domina a San Juan de Aznalfarache y, tiñendo de rijo
color el horizonte, parece que se complace en añadir la última pincelada al más
bello paisaje del mundo.
Elevado el convento sobre la cresta de
la colina, a cuya falta tiene San Juan sus blancas y pequeñas casas, es
imposible mirarlo sin encontrarse conmovido por un sentimiento religioso y
tierno, porque parece que un pueblo sencillo, trabajador y cristiano, ha
elevado, sobre sus casas de tierra y paja, el templo de su Dios, para que las
defienda en los días de tormenta y vele constantemente por ellos.
II.
Al pie de la colina y, recorriendo la orilla del Guadalquivir, se ven
multitud de aldeanos que, formando pequeños grupos, cantan y bailan al compás
de las castañuelas y de la pandereta. La alegría más franca y cordial reina
entre ellos. Mezclados, hombres y mujeres, gozan del puro ambiente de la
tarde, sin que nada venga a turbar sus distracciones, tan sencillas como sus
costumbres. La bota, henchida de vino de la tierra, circula de mano en mano,
dando animación a sus corazones y, mientras la juventud ríe, canta o baila, sin
acordarse más que del presente, los ancianos, sentados sobre el blando césped
de la orilla, contemplan la felicidad de sus hijos y recuerdan con placer el
tiempo que gozaron como ellos.
Es domingo, y toda aquella población trabajadora goza del único día de la
semana en que les es lícito divertirse.
En uno de los grupos de la orilla se ve más animación que en todos los
demás. Los semblantes de los aldeanos y pescadores que, sentados y formando un
círculo, lo componen, rebosan alegría y todos los jóvenes que se cansan de
bailar y correr, vienen a descansar allí y son acogidos con la más cordial
franqueza, entre la bulla y algazara de los ancianos, que se burlan de sus
pocos bríos, asegurándoles que, a sus edad, jamás sintieron el cansancio,
cuando bailaban con las muchachas de la aldea.
En el centro del círculo, una frugal merienda, modestamente colocada sobre
la verde yerba, convidaba a reparar las fuerzas perdidas, y todos comiendo y
hablando al mismo tiempo, solo suspendían, de rato en rato, la conversación
para escuchar la dulce voz de una joven de dieciocho años, que cantaba, al
compás de una mala guitarra, canciones andaluzas en las que resaltaba la gracia
peculiar de nuestro suelo.
Más adornada que todas sus compañeras y hermosa como ninguna, clavaba a
cada momento sus negros y rasgados ojos en un joven, como de 24 a 26 años que,
sentado a su lado, la contemplaba con delicia. Llamábase este joven Antonio y
era el pescador más rico de San Juan; ella se llamaba María, y ya hemos dicho
que era la más hermosa de sus compañeras.
A veces, Antonio inclinaba su cabeza sobre el hombro de María y murmuraba
en su oído una palabra que hacía poner encendida, como el carmín, sus hermosas mejillas.
¡Oh!, entonces formaban los dos un grupo admirable y sublime. Él, con sus
negros y rizados cabellos, que se confundían con los de su compañera, con sus
negros ojos brillantes de felicidad y de amor, con su frente ancha y morena, y
su talle esbelto, ceñido por una chupa, cubierta de bordados y alamares; ella,
con la cabeza inclinada, con sus ojos bajos y recorriendo como distraída las
cuerdas de su guitarra, con su elegante corpiño de terciopelo verde, por encima
del cual sobresalía una garganta más blanca que el marfil, pero tersa,
brillante y sonrosada, con su boca de coral y perlas, que mostraba una sonrisa
de esperanza y de placer, con sus cabellos, en fin, que le caían en anchas
trenzas sobre la espalda. ¡Oh, el grupo era digno del pincel de Rafael! Hermosa
pareja, llena de juventud y de vida, sobre cuyas frentes el pesar aún no había
marcado la más ligera huella. Hermosa pareja sobre cuyos rostros se pintaba la
esperanza y la felicidad.
Frente a ellos, una anciana de cabellos blancos, de severo rostro, en el
que, a través de las arrugas se descubrían los restos de su pasada belleza, y
de noble y sencillo porte, los miraba embelesada al contemplarlos, y seguía con
sus ojos hasta sus más ligeros movimientos.
Parecía no existir sino para ellos, y un placer dulce y tranquilo se
pintaba en su venerable semblante. Era la madre de Antonio y, aquel día, era
doblemente feliz, porque, desde por la mañana, tenía otra hija.
Antonio, enamorado de María, huérfana
y recogida en su casa, se había casado con ella, y su anciana madre, llorando
de gozo, había bendecido su enlace. Los tres, al salir de la iglesia, se habían unido en un
estrecho abrazo y feliz, cada uno, con la ventura de los otros, creían haber
alcanzado cuanto podían apetecer sobre la tierra.
El baile y la fiesta continuaban, pero ellos gozaban solamente con
mirarse, porque, en esa fruición íntima de dos corazones que se aman y se
comprenden, no hay más alegría que la que ellos mismos se proporcionan, ni más
ventura que la de palpitar el uno junto al otro.
-“María”, dijo Antonio, inclinándose al oído de su esposa, “el Sol acaba
de ocultar su último rayo y, aunque estamos unidos ante Dios desde esta mañana,
aún no nos han dejado ni un instante a solas, para que yo pueda expresarte toda
la alegría que rebosa mi alma, y darte gracias de rodillas, porque has tenido
en mí bastante confianza para entregarme tu porvenir y dejarme labrar tu
felicidad. La fiesta durará todavía dos horas y serán dos horas de impaciencia
para mi corazón. Mira, mi barca se mece a dos pasos de aquí, junto a la orilla;
parece que, con su pausado movimiento, nos convida a pasear en ella sobre las
tranquilas aguas del río. ¿Quieres acompañarme? Allí estaremos solos con
nuestro amor, podré decirte cuánto te adoro, sin ver tantas miradas fijas en
nuestros semblantes, veré morir sobre tu bella frente el crepúsculo de la
tarde, y recordaremos los años de nuestra infancia, cuando yo, siendo niño, te
paseaba en mi pequeña barca sobre las ondas de este mismo río, que ahora va a
ser testigo de nuestra felicidad. ¡Oh!, ven, mi querida María, ven y sea un
recuerdo de nuestra infancia el primer lazo que estreche para siempre nuestros
corazones”.
María le escuchaba con los ojos bajos, y se veían, a través de su corpiño
de terciopelo, las palpitaciones de su corazón. Cuando concluyó de hablar,
soltó su guitarra sobre el césped y, levantándose ligera y esbelta, y colocó su
blanca y torneada mano sobre el brazo de su esposo, que había seguido su
movimiento, clavando en él esa mirada magnética, llena de amor y de
voluptuosidad, que las mujeres hermosas saben dirigir al objeto de su cariño.
Una de esas miradas que llegan hasta el corazón, que hacen estremecer todas las
fibras de nuestro cuerpo y nos vuelven, por un momento, locos de deseos, de
esperanza y de felicidad.
Antonio la sintió como si una chispa eléctrica hubiera crispado todos sus
nervios y, ciñendo con su robusto brazo el talle de ninfa de María, la llevó
corriendo y casi en brazos hasta su barquichuelo.
Su anciana madre se levantó para seguirlos, pero cuando llegó junto a la
orilla, Antonio y María se encontraban ya dentro de la barca y siguiento la
corriente del río.
III.
Los que no han amado jamás, esos
corazones insensibles y egoístas, que sólo miran en el cariño de una mujer la
satisfacción de un deseo; aquellos seres viles y depravados, que no encuentran
en esa hermosa mitad de nuestra existencia, sino la materialidad de la belleza,
esos nos comprenderán jamás el placer puro, inefable y divino que sienten dos
almas que se adoran cuando, unidas ante Dios por un lazo eterno y legítimo,
pueden a solas comunicarse por primera vez todos los sentimientos de sus
corazones, toda la inmensidad de su amor, toda la felicidad, en fin, de aquella
pasión que inspiran y que sienten. Los que, por el contrario, contemplan en la
mujer la más bella creación del universo, los que llenos todavía de ilusiones,
creen que, bajo sus formas angelicales, guardan un tesoro inmenso de amor y de
ternura; los que no sienten gastado el corazón y abrigan nobles y generosos
pensamientos, esos y solamente esos, podrán comprender todo el encanto del
primer amor correspondido; esos hallarán en la mujer que adoren un manantial
inmenso de felicidad; esos verán en ella la más poética de sus ilusiones, el
más puro sueño de su existencia, y sentirán, en fin, conmoverse hasta la más
lejana fibra del corazón, cuando a solas, con el objeto de su cariño, pueden,
confundiendo con su pensamiento, unir sus almas en esa fruición íntima y
misteriosa que los eleva a un cielo de ventura, realizando las más ansiadas
esperanzas de su fantasía.
¡Ay!, dichoso aquel que encuentra un
ángel en la mujer que adora; desgraciado el que solamente la mira como un vaso
quebradizo de barro, que embaraza y estorba cuando, para saciar la sed que le
devora, apura hasta la última gota del precioso licor que contenía.
Para un corazón sensible y apasionado,
la mujer es una flor preciosa que, con su exquisito perfume, embriaga el alma;
con su belleza exterior y sus colores, satisface y embelesa los sentidos; y si
el aliento la marchita, todavía es el recuerdo vivo del placer pasado, es el
emblema de una felicidad ardiente, que el tiempo ha convertido en una paz
tranquila y eterna.
IV.
Antonio, con su corazón joven y lleno de
entusiasmo y de ilusiones, miraba en María el ángel de su felicidad, y ella le
adoraba con ese amor indefinible y puro, que es un destello del amor divino,
puesto en el alma de los mortales, para que puedan comprender el amor inmenso
de su Creador.
Así es que, al encontrarse por primera
vez, solos en la pequeña barca que seguía la corriente del río, un sentimiento
de placer puro, de felicidad inmensa, se apoderó de sus corazones, para no
dejarles pensar más que en la ventura de verse unidos para siempre.
María, sentada en la estrecha popa, acariciaba con su blanca mano los
negros y rizados cabellos de Antonio que, a sus pies, y reclinando la cabeza
sobre las rodillas de su amada, la contemplaba con delicia y bendecía en su
alma a la Providencia, que le había deparado, por compañera de su vida, una mujer
que realizaba sus más ardiente ilusiones.
El débil crepúsculo, de la tarde que moría, reflejaba su tibia luz sobre la blanca frente de la tierna esposa, y bañando con sus pardas tintas las frondosas orillas del Guadalquivir, prestaba a tan interesante cuadro esa poesía dulce y melancólica de la naturaleza que, en las situaciones interesantes de nuestra vida, armoniza y se identifica con la poesía que está rebosando el corazón.
Perdidos en su mutua contemplación, olvidados de cuanto pasaba en torno
suyo, María y Antonio sólo existían el uno para el otro, y aquel momento de
silencio, de soledad y de amor, que realizaba todos sus deseos, era para ellos
la garantía de un porvenir lleno de esperanza, que veían ante sus ojos, en pos
del recuerdo de aquel pasado de amor puro y casto, que les había unido desde la
infencia.
Las horas corrían entre tanto, con esa velocidad con que siempre corren
para los amantes, y las sombras de la noche, extendiendo su negro manto sobre
las orillas del Guadalquivir, solo dejaban percibir en el cielo un inmenso
número de estrellas que, bordando su dilatada bóveda, hacían resaltar más, con
su fulgor escaso, el misterio y la oscuridad. Pero ellos sólo pensaban en su
dicha y dejaban que la barca siguiese, por medios del río, el débil impulso que
le comunicaba la corriente. Absortos en su coloquio no habían oído siquiera un
rumor sordo y lejano que, aproximándose por momentos, se hacía sentir cada vez
más próximo y amenazador.
De repente, una voz que salía de la orilla, les distrajo de su
arrobamiento.
-“¡Hijo mío, que el vapor se acerca!”, decía la madre de Antonio, que
habiendo seguido la barca de su hijo, hasta que las sombras la ocultaron a sus
ojos, veía ahora acercarse el vapor que marchaba hacia Sevilla, y temía que, de
improvisto, sorprendiese a la feliz pareja en la mitad de la corriente.
Antonio oyó la voz de su madre y, alzando la cabeza, la cual aún tenía
reclinada en el seno de su esposa, vio a treinta varas de distancia, y
siguiendo la misma línea que ocupaba su barca, el vapor llegaba de Cádiz y, a
toda máquina, se acercaba con espantosa velocidad.
No había tiempo que perder.
Rápido, como el pensamiento, se arrojó a los remos, para bogar hacia la
orilla y, hundiendo uno de ellos en el agua, varió rápidamente la dirección de
la barca que, obedeciendo al impulso, puso la proa hacia la ribera.
Entonces, se creyó seguro, porque confiaba en su fuerza y su destreza; dos
golpes de remo podían ponerlo fuera del alcance del buque que lo amenazaba y
que ya sólo se encontraba a quince varas, del pequeño esquife.
Volvió a hundir los remos en el agua, dándoles un vigoroso empuje con toda
la fuerza de sus robustos brazos. El crujido de un trozo de madera que
hastillaba respondió a su movimiento y Antonio cayó de espaldas en el fondo de
su barca. Se había roto el espigón que sujetaba el remo derecho y, cediendo a
su propio impulso, Antonio había caído, escapándosele, al caer de entre las
manos, aquel remo que era su única salvación.
María lanzó un grito de temor; otro grito de angustia resonó en la orilla
“¡A un lado la barca!”, clamó la bronca voz del timonel, desde lo alto del
buque se acercaba.
Antonio, alzándose instantáneamente, corrió al remo que se le había
escapado, pero ya era tarde: la barca, cediendo al movimiento del que había
permanecido firme, giraba sobre su costado derecho, sin apartarse del sitio del
peligro, mientras el remo perdido flotaba a tres o cuatro varas de distancia,
siguiendo la corriente del río.
El vapor, entretanto, con toda su espantosa velocidad, se arrojaba como un
torbellino sobre la barca.
-“¡Estamos perdidos!”, fritó Antonio al ver la masa negra del buque,
próxima a hundirlos para siempre y, con la rabia de la desesperación en los
ojos, y con la angustia de la muerte en el corazón, se arrojó a la popa de su
barca, tendiendo sus brazos en el espacio, como si quisiera proteger, hasta su
último instante, la vida de su esposa, para esperar el choque del buque, tal
vez pensando, en su aturdimiento, que bastarían sus débiles fuerzas para
separarlo de la línea que seguía o detenerlo en su rápida y espantosa carrera.
No tuvo que esperar más que un instante. La proa del vapor chocó primero
con su mano; luego, con su frente y estellándose al fin contra su pecho, lo
arrojó sobre María, que sólo había tenido tiempo para arrodillarse en el fondo
de la barca y elevar a Dios el último pensamiento de su alma.
Nada más se vio: un torbellino de espumas, de ruido y de fuego, que pasó como huracán sobre la barca y sobre aquellos desgraciados, que sólo pudieron arrojar un grito de horror al mirar abierta la sima que los tragaba.
Otro grito de indefinible angustia, de
supremo dolor, contestó desde la orilla, como si un eco lejano y compasivo, se
complaciera en repetir la última plegaria de los que dejaban el mundo para siempre.
La Luna, asomando en este momento su
primera lumbre sobre la cima de los lejanos montes, dejó caer su tibio rayo sobre
las alteradas ondas del río que, poco a poco, fueron calmándose, a medida que
el vapor se alejaba. Algunas tablas rotas flotaban a merced de la corriente y,
en el centro de ello, una masa informe se agitaba, como si un ser viviente
luchase todavía entre la vida y la muerte, con el último aliento de la
desesperación.
Poco a poco, las olas se calmaron; el
movimiento que se notaba en el centro del río era cada vez más imperceptible; y
cuando la luna, descubriendo por fin su ancho disco, derramó toda su luz sobre
esta escena de muerte, sólo se percibía un bulto negro flotando entre dos
aguas, en la superficie de una cabellera que se hundía por momentos y, allá, a
lo lejos, vapor agitando las ondas del Guadalquivir y dejando en el espacio una
larga ráfaga de humo que, lentamente, se desvanecía.
V.
A la mañana siguiente, el sol que había
iluminado con su último rayo, en la tarde anterior, una escena de amor y
felicidad al pie de San Juan de Aznalfarache, alumbraba también, con su primera
lumbre, una escena de muerte y de dolor, a media legua de la misma población.
A orillas del río y sobre un verde tapiz
de césped espeso y brillante, yacían los cuerpos inanimados de Antonio y de
María.
La palidez de la muerte, extendiendo su
blanco velo sobre aquellas facciones llenas poco antes de juventud y de vida,
no había podido despojarlas de su belleza y parecían dos hermosas estatuas
acabadas de salir de las manos de un hábil escultor, que sólo esperaban que un
fuego divino las animase, para alzar sus cabezas y saludar por vez primera
aquel sol que las bañaba y que ni aún tenía poder para calentar sus miembros
helados por la muerte.
Permanecían estrechamente abrazados: una
mano de María sostenía aún entrelazados entre sus dedos los negros rizos de la
cabellera de Antonio, y una ancha herida, que la quilla del vapor había abierto
en la frente de este, dejaba ver sus bordes tan pálidos como el resto de su
semblante. Sus ropas destrozadas manifestaban que la lucha con la muerte había
sido larga y reñida, pero en sus semblantes aún se descubría la paz inalterable
de una dicha suprema. Parecía que sus almas, encontrándose en un beso postrero,
habían dejado sobre aquellas facciones, que antes animaban, una ráfaga de la
felicidad que iban a disfrutar en el cielo.
El ángel de la muerte les había dado,
por lecho nupcial, las aguas de un río, pero al verlos tan hermosos y tan
estrechamente abrazados, podría creerse que el ángel del amor velaba todavía en
su lecho de flores el primer sueño de los esposos.
Una anciana, arrodillada junto a
aquellos cuerpos inanimados, inclinaba de cuando en cuando su cabeza sobre la
frente de Antonio y estampaba un beso sobre aquellos cabellos húmedos aún, con
el agua del río. Era su madre. Sus manos acariciaban aquel semblante que antes
formaba su orgullo y su felicidad, sus trémulos labios querían dar otra vez
vida con su aliento a aquella boca muda y fría que, tantas veces, habían
acariciado sus mejillas. Sus ojos buscaban en vano la amorosa mirada de su
hijo, y estrechaba contra su pecho aquellas cabezas queridas, que el día antes
había bendecido en el colmo de la felicidad.
Ni un “ay” exhalaba su pecho, porque los
grandes dolores son mudos y sombríos, pero gruesas lágrimas rodaban por sus
mejillas, cayendo sobre aquellas frentes pálidas, sin vida, parecían esas
perlas que el rocío deja sobre el cáliz de la azucena silvestre, como si el
aura de la noche dejase también una lágrima de sentimiento sobre la corola
blanca y perfumada que pierde ante el albor de la mañana.
Más allá, un grupo de aldeanos y de
pescadores, tristes y silenciosos, contemplaban esta escena con las cabezas
descubiertas, y recaban por el alma de los que ya no volverían a ver la luz.
Entretanto, el sol tan puro y radiante,
como el día anterior, esparcía su luz sobre las orillas del Guadalquivir y daba
vida, color y movimiento a aquella naturaleza fecunda donde todo sonreía, donde
parecía imposible que se representasen escenas de dolor y de muerte.
Y sin embargo, era verdad: Antonio y
María ya no existían. Aquellos dos corazones llenos de amor y de esperanza no
volverían a palpitar el uno junto al otro; la muerte rápida, instantánea y
cruel les había sorprendido en el momento mismo en que se creían dichosos para
siempre, cuando se entregaban al fuego de su mutuo amor, cuando formaban
brillantes sueños para el porvenir. El amor los había unido en la tierra y sus
almas, al subir en alas del amor hasta el empíreo, habían bendecido sin duda el
golpe que, hiriendo a los dos al mismo tiempo, les había unido en la muerte,
con lazos más estrechos y más puros que los que unían sus corazones en la vida.
VI.
Conclusión.
Algunos años después de las escenas que
acabamos de bosquejar, podían ver todos los que surcaban el Guadalquivir a una
anciana flaca como un espectro y cubierta de andrajos, que recorría constantemente
sus orillas. Desde que el sol salía, ocupaba su puesto y ya, inmóvil, con los
ojos fijos en el agua del río, ya corriendo sin tino de uno a otro punto,
pasaba las horas sin que nada fuera bastante para separarla de aquellos
lugares. Los pescadores y los aldeanos, con ese piadoso respeto que sólo
conocen las almas sencillas, cuidaban de traerle el sustento necesario y ella
lo recibía impasible y distraída, como si nada de aquello fuera necesario a su
existencia.
Si los vapores que llegaban diariamente
de Cádiz a Sevilla, cruzaban por San Juan de Aznalfarache, después de puesto el
sol, la pobre vieja se deshacía en maldiciones desde la orilla y, con sus
brazos extendidos sobre el río, parecía el genio del mal que quería sumergir el
buque con sus imprecaciones.
Luego que ya era bien entrada la noche,
se retiraba al cementerio y allí, entre dos cruces colocadas sobre una pequeña
eminencia de tierra, reclinaba su cabeza y dormía profundamente hasta que los
rayos del sol la despertaban.
Entonces, recogía cuantas flores podía
llevar en su falda y tejía coronas que colocaba sobre las cruces y alrededor
del montecillo. Luego, iba a tomar su puesto a la orilla del río.
Los muchachos del pueblo la llamaban la Loca, pero lejos de molestarla jamás,
recogían flores y tejían guirnaldas, que luego le entregaban para que adornase
su extraño y solitario lecho. Aquel lecho era la tumba de Antonio y de María;
la Loca era su madre.
Pronto, otra cruz de madera vino a unirse en el mismo montecillo a las dos anteriores, porque el alma de la Loca voló al cielo, a encontrarse también con la de sus hijos.
Fin.
Sin nombre de autor.
Fuente:
“El Guadalete, periódico literario y de
interés general”. 17 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.
“El Guadalete, periódico literario y de
interés general”. 20 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.
“El Guadalete, periódico literario y de interés general”. 22 de septiembre de 1853. Jerez de la Frontera.








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