El debate sobre los concursos de belleza entre Amantina Cobos y Otto Engelhardt 1929

El evento en el salón La Marina, en 1926.

El pacifista alemán D. Otto Engelhardt, como vecino de la localidad, aunque sentado en el estrado, entre las autoridades y personas notables, asistió al evento del Ateneo de Sevilla en San Juan de Aznalfarache, con fecha 27 de septiembre de 1926, en el salón teatro La Marina, en el que la escritora Dª. Amantina Cobos leyó su crónica de la historia de este pueblo, la primera que sepamos que se realizó expresamente sobre esta demarcación territorial.

Justo en ese año apareció por primera vez el título denominado “Miss Universo”, como galardón para la presuntamente mujer más bella del mundo, utilizándose en el Concurso Internacional de Belleza. En el año 1929, Dª. Amantina escribe sobre lo que le suscitaban este tipo de convocatorias, texto que sería contestado por D. Otto, desde su visión personal, escrito que realizaría desde San Juan de Aznalfarache, donde tenía su vivienda y su trabajo, en Villa Chaboya. Le respondería la escritora al alemán, texto que también transcribimos a continuación.

Tan acostumbrados como estamos a los debates en televisión, se podría decir que, a continuación, asistimos a uno a través de la prensa.

 

Comentario del concurso de belleza.

No han caído en la cuenta estos organizadores de los concursos de belleza de nombrar un jurado compuesto por señoras, para dar el dictamen definitivo, pues de esta manera, yo aseguro que la agraciada habría de ser vivo trasunto (mejorado y modernizado), de aquella Afrodita griega, deificación de la hermosura femenina.

En nada se muestra tan sutil, tan fino, tan docto, el espíritu de la mujer, como al juzgar la belleza de las otras; por lo mismo que este don del cielo es tan precioso, y la frivolidad de estos tiempos (y creemos que de todos), la antepone a otros más sólidos, pero menos brillantes, la que aspire al galardón de la belleza debe superar a las demás. Un tribunal compuesto de mujeres hubiera sido implacable juzgando a las concursantes y ni consideraciones de amistad, paisanaje o parentesco hubieran influido en su fallo. La que quiera ganar un premio de belleza, que sea guapa de veras, como el que quiera ganar unas oposiciones, que sepa más que sus contrincantes.

Además, mirando los retratos que publica estos días la Prensa de las jóvenes que han tomado parte en el concurso internacional de belleza, vemos, con un poco de desencanto, que no existe la mujer representativa de una región y, mucho menos, de una raza; parece que la dichosa civilización, uniformando indumentos, ha borrado también rasgos y características humanas, y ha querido hacer un conjunto mediocre y agradable. Hoy no sé, si por milagro del lujo o de la alquimia, es muy raro encontrar una mujer fea, pero tampoco existen aquellas bellezas como madame Recamier, Lady Hamilton o la Emperatriz Eugenia, que legaron el recuerdo de una hermosura histórica y trascendental.

Al reunirse en París las representantes de la belleza europea, puede asegurarse (¡ojalá no sea así!), que no se distinguiría a la italiana de la sueca, a la inglesa de la rusa, a la española de la alemana. Las mujeres se obstinan en ser rubias y, a despecho del carácter nacional, encubren sus lindos cabellos negros o castaños, con las drogas que los tornan dorados o cobrizos. Saben que el hombre ha de adorarlas, mientras sean jóvenes y bellas, a pesar de sus caprichos y extravagancias, y no quiere privarse de tan absurdas costumbres, mientras dura su efímero reinado.

Mujeres guapas, guapísimas, las hay a millares, desde Canadá a Patagonia, desde Noruega hasta Sicilia, pero encontrar la mujer más bella del mundo es tarea inútil e irrealizable.

Porque la belleza no consiste en tener el cutis fino, dientes blancos y ojos rasgados; es eso y mucho más. Es perfección de detalles, armonía de conjunto, gracia estática y serena, proporciones estatutarias, elegancia en los movimientos y originalidad en su misma hermosura. Una belleza perfecta no debe mostrar alegría ruidosa, ni tosca seriedad, ni insulsez anodina, sino una expresión fascinadora, que sea especie de fisonomía moral, tan maravillosa como la física. Y aun si hubiera una feliz mortal de tan preciosas condiciones, no faltaría quien dijese: “¡No me gusta!”. Tan discutible es este asunto.

Sabe Dios si la mujer más bella del mundo habitará en alguna isla perdida en el grande océano o en alguna remota aldea del Indostán o de Persia. Y ahora, pregunto: ¿Por qué mientras los pueblos tienen tantos graves problemas sociales que responder, algunos hombres se entretienen en jugar a las muñecas bonitas?

Amantina Cobos Losúa.

“El Liberal”. Sábado, 2 de febrero de 1929. Sevilla.

 

Belleza y progreso.

La señora Amantina Cobos ha dado, a los lectores de “El Liberal”, hace pocos días, unos comentarios notables sobre el concurso de belleza.

Sabíamos de antes que la señora Amantina Cobos tiene un concepto muy justo de la belleza femenina. Todavía suena en nuestra mente la poesía “Manos morenas”, de la señora Amantina, que ella nos leyó en una conferencia organizada por el Ateneo, en San Juan de Aznalfarache, hace tres años.

Así como una mano bonita gana todavía en belleza, si es una mano útil, así la cara bonita merece el premio de la belleza, si en ella, como espejo del alma, se reflejan la gracia del sentir, la inteligencia y la bondad.

Al final de sus comentarios, dice la autora: “¿Por qué mientras los pueblos tienen tantos graves problemas que resolver, algunos hombres se entretienen en jugar a las muñecas bonitas?”.

¡Señora, pida usted a Dios que no se ocupen de otra cosa! Vea usted el mundo alrededor cómo lo ha dejado la parte sesuda masculina de la humanidad: hambre, falta de viviendas, engaño, desesperación, huelgas, amenazas, mutua desconfianza en todos los países que habían tomado parte en la Gran Guerra. Y todo esto como consecuencia de que la guerra fue preparada científicamente por los más distinguidos hombres. Fíjese usted ahora también en aquellos superhombres que más hinchaban sus pómulos para avivar, con el soplo de su entusiasmo, la ascua devastadora de la guerra: tipos detestables, egoístas, crueles, cobardes. Y ahora, después de tanta desgracia, más hombres en armas, más gastos por el entretenimiento de los armamentos que antes de la Gran Guerra.

No, el jugar a la muñeca bonita es una reacción sana después de tanto descomponer el mundo por los sesudos. Figúrese usted si la energía liberada, en el juego internacional a las muñecas bonitas, se hubiera empleado en arreglar el mundo… ¡El diluvio! “Nada, nada, todo en vano”, dijo el viejo y sabio Fausto, doctor en todas las ciencias humanas. Entonces, Mefisto, una especie de doctor Voronoff medieval, le presentó a Margarita y Fausto se quedó con ella, riéndose de la seriedad inútil del mundo.

Los calvos más distinguidos del mundo se reúnen, de cuando en cuando, para hablar de la paz universal y, simulando estar haciendo algo, tomaron el acuerdo de no suprimir los grandes acorazados, el desarmar a las naciones, sino de armamento más caro. Así, el público puede creer que la pacificación del mundo está en marcha. Pero los distinguidos padres de la humanidad han tomado este acuerdo desechar los grandes acorazados, porque han comprendido que estos mastodontes no sirven para nada en una guerra moderna. Por lo demás, sigue la racha de inventar y elaborar los medios más crueles y asquerosos para matar, envenenar, extirpar, no ya a los soldados del enemigo, sino a su población entera. En la guerra pasada (la I Guerra Mundial), ya habían empezado todos los adversarios a aplicar este sistema y con éxitos tan asombrosos que se puede esperar mucho de ello en el porvenir.

Los sesudos son de la opinión, y lo manifiestan donde pueden, esperando un eco de sus denunciaciones, de que los pacifistas son unos revolucionarios, negros y peligrosos. Ellos olvidan que la idea de la paz no tiene nada que ver con algún ideal partidista de política social, lo que puede demostrar, como si el ejemplo de España en la Gran Guerra no bastase, el caso siguiente:

Después de una reunión en tiempo de la guerra, en el teatro San Fernando, en la cual el Rey de España tomó la palabra para hablar de la actitud de su Gobierno en aquellas circunstancias críticas, me dijo un señor republicano muy conocido en Sevilla: “Acabo de aplaudir, como viejo republicano, al Rey, por sus palabras en el teatro San Fernando, con tal entusiasmo, que me duelen todavía las manos. Esta es la manera de cumplir las obligaciones paternales de un Gobierno, para alejar de su nación los horrores de la guerra”. Sabemos todos que esta actitud del Rey no ha quedado en palabras; por eso, España, sin haber tomado parte en ella, ha ganado la guerra. A España la saludan, con la misma veneración, la Francia republicana, como la hoy casi enteramente republicana Alemania.

Señora Amantina, vaya usted con sus hermanas al frente contra la guerra; deje usted jugar a muchos hombres a la muñequita bonita, así no hacen daño. Es menester impedir que los hijos nacidos, con tantos dolores, de las mujeres, y educados con tanto cariño por sus madres, no acaben otra vez pudriéndose en las púas de las alambradas delante de las trincheras; que no queden ellos meros troncos sin piernas, sin brazos, como yo los he visto, o seres vivientes sin cara, sin ojos, sin nariz, sin oído, sin mandíbulas. Es una blasfemia el hecho de que las ciencias para conservar la vida adelanten todos los días que es una barbaridad, de manera que se ve aproximarse el día en que ya no morirá nadie (si no fuera por un automóvil), y que en el otro lado están preparados millones de hombres para matar, envenenar, incendiar, devastar y extirpar a sus semejantes.

La señora suiza doctora Woker, profesora notable de Química, ha visto las creaciones nuevas de la química destructora en varios países, y ahora ella está dando conferencias, en todas partes, para despertar la conciencia de las masas, antes de que estallen los instintos criminales de muchos hombres, los cuales, en vez de prostituir la ciencia, harían mejor en jugar a la muñequita bonita.

El patriotismo verdadero no es el furor de quitar la vida a otros seres humanos, aun exponiendo la propia, sino lo es el anhelo de ser querida y respetada en el mundo, como nación, por la templanza, la honorabilidad y la filantropía de la política de la patria. Con este patriotismo ha quedado España vencedora en el conflicto europeo. Las señoras deben ahora, para completar esta victoria, auxiliar a sus hermanas, en los otros países, en la lucha contra los hombres negros, bajo la bandera: ¡Nunca más guerra!

La ciencia humana ha hecho desaparecer las epidemias de la peste, que en siglos pasados devastaron a tantos países. ¿No sería todavía más fácil, con el cristianismo verdadero, con fe y con buena voluntad, desalojar la guerra de esta tierra? Pero muchos hombres contestan a esto: “Siempre ha habido guerras; por eso habrá también guerras en el porvenir”. Lo mismo hubieran podido decir sus abuelos de la peste.

Estos hombres, señora, que piensan con una lógica tan sencilla y barata, no debieran ocuparse en arreglar los asuntos públicos; mejor es que jueguen a la muñequita bonita. ¿No es un progreso en la cultura que las naciones se presenten hoy, mutuamente, las flores más preciosas de sus jardines, en vez de vanagloriarse del cañón más gordo o de la bomba más venenosa?

Otto Engelhardt.

“El Liberal”. Martes, 26 de febrero de 1929. Sevilla.

 

Amable discusión.

Aludida por el señor don Otto Engelhardt, en un artículo primorosamente escrito y publicado ha pocos días en este popular periódico, no puedo menos de contestar a algunas de sus observaciones, sobre todo a aquellas en que pudiera haber discrepancia entre el señor Engelhardt y yo.

Estamos conformes con que la guerra es abominable y monstruosa; sólo se comprende como castigo de Dios por las soberbias y las ambiciones de los hombres, causas únicas de esas matanzas que destruyen lozanas juventudes, arrasan magníficas ciudades o campos feracísimos, y acaban, en fin, con cuanto hermoso y fecundo hay en la naturaleza. No se concibe que, siendo tan breve la vida y habiendo en ella múltiples dolores, ponga la Humanidad tal empeño en acortar lo que tan presto acaba, y en inventar nuevos suplicios. Parece imposible que, entre pueblos cristianos, exista esa espantosa calamidad.

“Paz a los hombres de buena voluntad”, cantaron los espíritus celestes la Noche luminosa cuando el Inmortal vino a nuestro planeta bajo la forma de un Niño (que es paz y alegría), “saliendo del vientre de la Virgen, como el rayo del sol por un cristal, sin romperlo ni mancharlo”, según la metáfora sublime del Catecismo.

Bajo el amable reinado de la paz, ¡cómo podrían fructificar las actividades de la multiforme inteligencia del hombre! La Industria, que todo lo transforma en utilidad, provecho y bienestar, que llena de abundancia el hogar de los pobres, dándoles lo necesario y, a veces, lo superfluo, que también es necesario. El Comercio, que enriquece pacíficamente a los pueblos. La Agricultura, con todos sus bíblicos encantos, su trabajo rudo y noble, su ritmo solemne, acompasado a las cuatro estaciones del año. La Ciencia, intermediaria entre Dios y el hombre, entre el mundo visible y lo sobrenatural, que cambia el curso de la vida, con sus prodigiosos descubrimientos arrancados al misterio infinito de la Creación. Y el Arte, en fin, que expresa todas las formas de la belleza, dando vida a la piedra, al barro, armonía a la palabra. ¡Cuán útil y agradable la vida, en medio de sus inevitables sinsabores, trabajando por la perfección y embellecimiento de todo lo existente, desde el espíritu humano, hasta la florecilla! ¿No es cierto, señor Engelhardt, que quisiera usted ver un panorama social semejante, después de haber sentido los horrores de la pasada guerra?

Por eso decía, en mis modestos comentarios, que usted tan cortésmente rebate, que los hombres tienen más importantes asuntos que organizar concursos de belleza, que no son más que ferias de vanidades. La belleza no necesita ponerse en mercados a pregonar su mérito; que, si es verdadera por sí sola, causa admiración y, quien la posee, se hace por ella digna de todo elogio. Entre la desolación de la guerra y la inútil frivolidad está, en un punto equidistante entre ambas cosas, el trabajo honrado y fecundo del cuerpo y del espíritu.

Amantina Cobos.

“El Liberal”. Viernes, 22 de marzo de 1929. Sevilla.

 

Referencias en este blog:

-Amantina Cobos, en San Juan de Aznalfarache, 1926:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2024/06/amantina-cobos-y-san-juan-de.html

-“Manos morenas”, poesía de Amantina Cobos, dedicada a las mujeres de San Juan de Aznalfarache:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2024/06/poesia-de-amantina-cobos-las-mujeres.html

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