El arte flamenco en San Juan de Aznalfarache, en el siglo XIX

Encabezamiento original del texto que se ofrece a continuación. El grabado está titulado: "Vista de Sevilla desde San Juan de Aznalfarache". 

“El carnaval en el campo”. 

Estábamos en carnaval: filósofo por esencia y potencia, aun cuando la filosofía, en este siglo, camina al nivel de la política, dudaba si quedarme en la ciudad o, si en pro de la costumbre, decidirme por la vida campestre, dejándome ir en pos de los muchos pelotones que, a guisa de caravanas, se alejan de Sevilla, para buscar el puro ambiente, allá en las plácidas campiñas que, alfombradas de vistosas florecillas, nos convidan a gozar de su verdura y a aspirar sus gratos perfumes. La elección no era dudosa, puesto que el carnaval, en el interior del morisco serrallo andaluz, pasa como otra época cualquiera, es decir, descorre su velo frío y macilento, sin mostrar su semblante marchito por los báquicos placeres o las nocturnas danzas, tan en boga en otros días y tan degeneradas en los presentes. Pero ¿qué es lo que no cambia en este mundo?

El año de gracia de 1847 permanecía en ese insomnio de costumbre. Sólo se percibía el movimiento de la clase artesana que, libre y sin recelo, buscara su solaz en el dorado templo de Baco; y cuando la noche desplegaba su gasa fúnebre, el confuso y lejano rumor de alguna cuadrilla enmascarada que, al son del pandero y la guitarra, recorría las estrechas y solitarias calles, excitando la risa de los muchachos, al mostrarles sus ridículos y extravagantes disfraces o sus lívidos rostros coloreados por la fuerte llama de los hachones.

¡El carnaval ha muerto! Desnudo de sus atavíos, sólo ostenta ahora sus harapos mamarrachescos: tal fuera el eco que resonara por todos los ámbitos de la ciudad. Cada cual buscaba un objeto de diversión y este objeto creíanlo hallar abandonando el hogar doméstico. Por lo que respecta a mí, había quedado la víspera con un amigo, para acompañarle y verle pintar la romántica vista del Guadalquivir. Así fue que no tuve mucho que pensarlo, ni quebrarme los cascos acerca de lo que pudiera sobrevenirme: apenas el sol salió de su sueño, púseme en acción y marché a la ventura, como el que fastidiado por una vida monótona y algo llena de azares, busca en el retiro olvidar, por un momento, las intrigas de la voluble sociedad y los odios de los hombres.

Pocos minutos corrieran cuando ya me hallaba a orillas del Betis. Recorriendo su margen pintoresca, sembrada por los arbustos a que dan riego sus lentas olas de plata, heridas de repente por los claros fulgores del sol de la mañana, miraba distraído aquel enjambre de personas que van y vienen, que pasan y repasan, aquel raro puente de madera que parece hundirse en el río, ínterin buscaba diligente algún barquero que, por módico precio, se decidiera a transportarme al cercano pueblecillo que, cual caprichosa canastilla, vierte sus flores sobre el pavimento de un cenador, así derrama sus blanquecinas casitas al pie de unas matizadas colinas y que el vulgo llama San Juan de Aznalfarache.

Deslizábame cual fugaz gaviota por la superficie de las aguas, a lo largo de aquella ruidosa orilla. La mañana estaba serena y deliciosa. Un vientecillo glacial y suave plegaba graciosamente los gallardetes de los buques que, anclados simétricamente confundían la vista, prestando esa ilusión que se percibe cuando se recorren aquellos sitios donde la naturaleza parece haber desplegado todo el lujo y poderío de su belleza. Cuánta animación y cuánto encanto se advertían para el que, por tantos días permaneciera limitado a esa vida regularizada, a esa existencia de café donde, clavado ante una mesa, se consumen las horas vespertinas, presa de esas ilusiones del porvenir que, más se alejan, cuanto más parece que se llega, extraviados en el resumen del éxito de tal o cual drama, de los prodigados aplausos que una pandilla tributa a la cantatriz italiana o, viniendo a parar de toda esta enciclopédica algarabía, como de motu propio, a los animados e interminables coloquios políticos, que dan al traste con la imaginación del hombre de más cachaza que haber pueda.

La frágil embarcación cortaba el agua, dejando atrás aquellos grupos de buques enjaezados.

Reclinado sobre la estrecha popa y disfrutando del consuelo vivificante de los rayos del sol, tarareaba placentero aquella conzonetta de Ricci: “sulla poppa del mío brich”, en tanto que la barquilla se alejaba de la Torre del Oro y pasaba ante los frondosos chopos que se apiñan en medio de las sombrías calles de las antiguas Delicias.

"San Juan de Aznalfarache desde el Guadalquivir", cuadro de Manuel Barrón y Carrillo, con fecha desconocida. En el mismo se puede ver la iglesia y el convento (ya desamortizado), sobre el cerro.

Tres cuartos de hora después encontrábame reclinado negligentemente bajo la copa de la vetusta encina, que dibuja su frondoso ramaje en el limpio cristal del río, y que parece desafiar al tiempo entre las grietas de la peligrosa barranca. Desde allí, me complacía en derramar la vista por aquellas vastas campiñas, donde la parda alondra juguetea en el aire, para caer ligera sobre el tallo de una madreselva. Distraído mi pensamiento con aquellas variadas escenas que se suceden con tanta rapidez, dejábame arrastrar a otra existencia más ilusoria, sin acordarme de la reiterada cita que mi amigo B…, habíame dado la noche anterior, sobre la elevada plataforma del solitario monasterio, desde cuyo punto trasladaba al lienzo el soberbio panorama que la arabesca Sevilla desarrolla y que tanta novedad ofrece a los ojos del escrupuloso observador.

El reloj de la derruida y fea torre del convento vino a sacarme, con su eco ronquecino, del marasmo en que me encontrara. Era la décima hora. Di mis preventivas órdenes al servicial barquero que, amarrando su esquife a una de las estacas que allí se encuentran, pareció entregarse tranquilo al blando sueño.

Dibujos de Huertas, publicados en "La Ilustración Ibérica, en 1894", mostrando esta posibilidad de venir desde Sevilla por el río Guadalquivir, a través del desaparecido meandro de Los Gordales. 

Dirígeme hacia el punto indicado, salvando las pendientes que presentan los tortuosos senderos, abiertos a través de los extensos olivares que circundan aquel edificio posado en la cumbre de aquella montañita, como el arca salvadora en el elevado Sinaí. Llegué sobre el terraplén, no sin sentirme algo fatigado. Di mis disculpas al artista que, dejando la paleta y los pinceles, vino a sentarse sobre la balaustrada, ínterin me entretenía en el prolijo examen de su obra. Ante la naturaleza, comparaba la belleza de la copia, en la que el pintor había expresado, con toda la fuerza de su colorido, aquel mágico conjunto, aquella singular perspectiva imposible de expresar con toda su fuerza, con toda su majestad, con todo su sorprendente efecto.

Ante nosotros se despliega un espectáculo asaz interesante y rico en recuerdos de un orden más elevado. Aquí, verdes colinas, bordadas de olivos y viñedos, bajan a bañar sus plantas al borde de un río que, serpenteando a lo largo de fértiles praderas, las riega y vivifica; allí, una ciudad de árabes y esbeltas formas, coqueta y seductora, cual la esquiva bella del harén, en cuyo centro se destaca la atrevida Giralda que, lanzándose a las nubes, parece desafiarlas, se extiende hasta tocar, con sus ennegrecidos muros, a la pesada Torre del Oro, rica atalaya musulmana y palpitante página de los días del cruel D. Pedro; acullá los verdes limoneras que sombrean las alegres huertas y derraman su embriagador aroma; más allá, en lontananza, sonrosadas montañas sembradas de pueblecitos, y coloreadas por un horizonte claro y, en ese más allá, hay tanta idealidad, tanta sublimidad, que enajena al corazón y logra que la mente descarriada se lance por los espacios imaginarios, a buscar ese poder grande y prepotente que todo lo crea, que todo lo anima y embellece. Y además, ¿cuál es el que visite la ciudad de Julio César, que no recorra sus vegas, sus jardines, sus cómodos caseríos, que no estudie lo pasado, sentado sobre las quebradas hojas del corintio capitel, que se oculta entre el musgo que crece en las ruinas de la opulenta Itálica, que no dirija sus pasos hacia los pueblecitos que se asientan en lo alto de aquellas cumbres, que se perciben desde la orilla del Betis en uno de esos días de fugaz primavera? ¿Cuál es el que, por extraño sea a la vida campestre, no haya disfrutado por un momento de la agradable vista de Sevilla, desde la colina que se alza en medio de los jardines de olivos de Aznalfarache? ¿Cuál es, finalmente, el que no ha respirado la aromática fragancia de los dobles lirios, evaporada por la fresca brisa de la tarde, reclinado sobre la verdosa alfombra, al pie de los muros de aquel religioso apartamiento? Escoged pues un día en que el sol derrama su viva lumbre en medio de un celaje sin nubes; escoged ese momento y llevad vuestras miradas a lo lejos; ved esas casas, las unas ennegrecidas por el tiempo, las otras resplandecientes en blancura y que parecen aproximarse al estanque profundo, en el cual el río está encerrado, para mirarse en las aguas. El río presta al cuadro no sé qué misterio, que aumenta aun el encanto de la contemplación.

Óleo de Manuel Barrón y Carrillo en la colección Ybarra. Datado aproximadamente en 1850, aunque existen otros cuadros de este mismo pintor, con esta misma temática, parece destacar entre los demás conocidos por su colorido. ¿Sería este el que pintó aquel día?

Era domingo. Como convidaba el día con su hermosa temperatura, multitud de familias habían emigrado a aquellos lugares. Algunas cuadrillas veíanse venir diseminadas, acá y acullá; unas, bajo el ramaje de los olivos, conversaban tranquilas; otras, más entusiasmadas y revoltosas, compuestas de gente del pueblo, agitábanse bailando y cantando, al compás de una guitarra, ínterin las barquillas, cual aves acuáticas al abrir sus blancas alas, desplegaban al viento sus pequeñas velas y huían veloces, por la plateada superficie del agua, en busca de nuevos pasajeros.

Al cabo de algunas idas y venidas, vióse a aquella pradera sembrada de caprichosos grupos, cuyo contraste excitaba el ánimo, hasta impeler a uno a querer tomar parte en aquellas fiestas tan prodigadas en esta hermosa tierra, pero cada vez más seductoras, más sencillas y naturales.

Las horas pasaban, sin que el pintor ni mi humilde persona pensásemos en el deterioro de nuestros estómagos, cansados por lo largo del paseo y el placer del campo. Nuestro parasismo tuvo el fin que era de esperar. Pusímonos en marcha, no sin que primero guardara sus pinceles en la caja de colores. Descendimos por la senda que muere al pie del grotesco arco de la callejuela que sale al frente del convento y nos dirigimos a la antigua fonda de Lebron, cuyo nombre ha pasado a nuestros días como el de una notabilidad, la cual se conserva sola, aunque algo degenerada, y allí, por aviso de mi galante compañero, hallamos preparada una incitante mesa.

Concluido el festín, nos encaminamos hacia la campiña, con el objeto de ingerirnos, como Dios nos diese a entender, en el primero de los saraos que encontrásemos al paso.

¿Has participado tú, que me lees, de esas festivas conmociones que se improvisan aquí, en Andalucía, a la puerta de los ventorrillos que sirven de parada al que entra y sale por cualquier punto de los poblados arrabales? Si, como no es de extrañar, has concurrido en medio de esas turbas desorganizadas, que viven hoy en el placer, aun cuando mañana sea de tormentos y privaciones, ¿por qué he de bosquejarte aquel cuadro, incomparable a veces para los que desconocen esas costumbres raras y propias de esa clase del pueblo que, abandonando sus hogares, se transporta al campo, sedienta y decidida a agotar hasta las heces el cáliz del goce mundanal? Nada más natural que esa alegría tan necesaria para hacerle olvidar su malestar y sufrimiento, para que borre de su imaginación el hastío del trabajo, recompensado con ínfimos jornales, no bastantes para llenar sus obligaciones diarias. Hay consecuencias a veces funestas, esto es cierto, pero ¿no son por lo común hijas de la intolerancia o de venir a entrometerse en cosas que son ajenas?

Grande fuera la animación que imperara en el centro de aquellos círculos, de donde solo brotaran voces desencajadas, risas estrepitosas mezcladas con los brindis amorosos y los cánticos alarmantes, interrumpidos por lo común por la maravilla que dorara el vaso elevado, cual si fuera la ofrenda que se presentara a los dioses lares.

Nuestro rebusco duró corto tiempo: apenas habíamos recorrido un pequeño radio de tierra, cuando llegaron a nuestros oídos los ecos de algunas voces que nos nombraban. Curiosos por saber cuáles fueran las almas que se compadecían de nuestra soledad, nos lanzamos hacia el sitio de donde salían, cual jadeantes lebreles sobre la caza que se escabulle. Nos acercamos. Un gracioso espectáculo ofrecióse de repente a nuestra vista. Entre los alineados olivos, que se pierden tras el parterre del convento, hallábase una numerosa reunión de personas que, sentadas unas sobre la fresca yerba y levantadas otras, se entregaban sin escrúpulo a los regocijos de una fiesta campesina. Entre aquellas, contábase algunos amigos que, a fuerza de pasar por gente notable, rendían mutuo vasallaje a varias jóvenes de gallardos talantes, entre las que sobresalían la Nena, esa bolera tan conocida, la Cuchillera, la Naranjita, la Ana y otras no menos graciosas en ese género de danzas andaluzas.

NOTA DEL AUTOR DEL TEXTO: De poco tiempo a esta parte, se ha desarrollado de tal modo la afición a los bailes de ese género, que la más escopetada clase de la sociedad sevillana busca la ocasión de asistir a los bailes particulares que celebran los que especulan con ellos; sobre todo, cierta parte de la juventud, que quiere pasar por gente de tono, la cual vaga de sarao en sarao, para saciar su ardoroso entusiasmo, ínterin en los teatros suelen mirarlos hasta con desdén. ¿Cuál habrá sido el móvil de esa repentina metamorfosis? No es un misterio. Para obsequiar a cualquier personaje que arriba a la capital de Andalucía, se pone en juego esta clase de espectáculo, como sucedió con Alejandro Dumas, del que salió poco complacido.

Una ligera sonrisa excitada por los cantares de los vates agitanados, que allí se encontraran, brillaba en todos los rostros. Eran aquellos el Planeta, rey de los bravos cantaores, el padre Verita, el Marino y otro cuyo nombre no recuerdo, los cuales parecían adorar a una botella del suave sanluqueño, ídolo de estos momentos y que apuraban en medio de los brindis de costumbre.

NOTA DEL AUTOR: Los motes son con los que se designan a estos personajes tan célebres en los fastos de todos los que se dedican a esa clase de cantos. El Planeta y el padre Vera son los que más sobresalen, por sus gorjeos, el primero, y por su clara y extensa voz, el segundo.

El néctar de Andalucía, salpicando a todos, había sucedido a los manjares cuyos restos veíanse esparcidos por la yerba.

"Fiesta en los alrededores de Sevilla", este cuadro de Manuel Barrón y Carrillo, datado entre 1845 y 1850, está expuesto en el Museo Carmen Thyssen de Málaga, y pensamos que reproduce el recuerdo de aquella fiesta (o de otra que pudo vivir el pintor), con San Juan de Aznalfarache tras los árboles y el meandro de Los Gordales del río Guadalquivir y Sevilla al fondo.

Al ver aquella original escena, cualquiera hubiera recordado los fabulosos festines del Dios de los amores; cualquiera se hubiera creído transportado a la encantada selva de las fantásticas hadas, que jugueteaban en las aguas del lago, al eco de sus melodiosas liras. Tal fuera pues la ilusión que produjera aquel baile vespertino, en medio del jardín, que la natura ha decorado con tan brillantes atractivos.

El vaso a medio llenar volvió a relumbrar entre las palmadas de los incansables cantantes que, al monótono arrullo de sus trinos y cadencias, se arrebataban a cada paso la copla. El Planeta, cuya obesidad y carácter le prestan ese predominio que ejerce sobre ellos, llevaba la palma, haciendo alarde de sus recios pulmones, al entonar caprichosamente sus plegarias, raras en su estructura, pero que tanto inflaman el corazón de los aficionados de ley, como ellos llaman.

-“Viva lo güeno, zeñó”, dijo el padre Vera, vaciando en su estómago una cañita y alargándonos otra, para que lo imitásemos.

-“Bendita zea Málaga, que es tierra e caliá”, añadió el que rasgueaba la guitarra.

-“Zeñores”, exclamó el Marino algo entusiasmado, “¿no hay ná pa las sevillanas, pa estas reinas de lo bonito?”.

-“Vivan las de nuestra tierra”, gritó toda aquella grey atolondrada. “Pue que bailen unas zeguiriyas gitanas”.

Un confuso rumor sucedióse a la petición; enseguida, todos aclamaron a la Nena.

-“Pío la palabra”, repitió el padre Vera. “Antes e que comienze el jaleo, me paeze mu regulá que echemos una uvita a la salú e los mozos que han llegao, pue po lo netos que zon, jazen a estos peazos lo que se llama un poquirritito e tilín…”.

-“Que se eche una bomba”, dijeron muchas voces.

No era muy a propósito el desairarle al dirigirnos aquel brindis, ni menos uno hacerse el sueco ante aquella semipatulea, que tan atenta habíase mostrado con nosotros. Así fue que sin andar en rodeos, y más cuando tanto ansiáramos ver puesta en baile a la aclamada sílfide, pedí el vaso y con voz algo estentórea, exclamé:

Venga el vaso y de la bota

brote manzanilla a mares,

y lleguen nuestros cantares

hasta la playa de Rota.

Brindo por la sal morena

de la neta Andalucía;

brindo, porque acabe el día

en los brazos de la Nena.

Siga, amigos, el placer,

suene pues la castañuela;

venga al campo esa mozuela

y no hay más gloria que ver.

Que al verla, ¡viva el salero!,

mi corazón, palpitando,

ha de marcharse volando,

hasta el mismo Trocadero.

Brindemos todos, señores,

con la boca en la botella,

por el brillo de la estrella,

que arroja tantos fulgores. 

-”¡Bien, zalero!”, exclamó el padre Vera en medio de los aplausos. “Vale osté más que la custodia e la catedral con toos zus arrúmbeles”.

-“Venga otra uvita y que comienze er baile, pa ver volar er corazón deste morenito e lo neto”, añadió el bullicioso Marino.

Sección del óleo "Vista de Sevilla desde San Juan de Aznalfarache", pintado por Manuel Barrón, en 1858, y expuesto en el Ayuntamiento de Sevilla, destacando una escena festiva junto al cerro.

Así era: la hora había sonado y el ruido de los palillos había atraído inmensa concurrencia a nuestro círculo, tratando cada cual, a porfía, de plantarse en primera fila, como acontece en esa clase de diversiones, ínterin los jaleadores de oficio dirigían sus originales y oportunos dichos a la bolera que, nada esquiva, los devolvía con cierto gracejo y donaire. El tocador de guitarra, que ocupaba el sitio de preferencia, comenzó su son y los cantautores parecieron prepararse para el combate, si por tal puede juzgarse ese antagonismo que cada uno demuestra por aparentar más pecho y dar, a sus pausadas endechas, ese raro colorido que sólo ellos descifran, esa animación que, más que crece, cuanto más se engolfan en la copla y crece el recio palmoteo.

Rompe el baile, entra el jaleo;

pasa el veloz estribillo

y al redoble del palillo,

comienza pues el meneo.

De ver era la garbura

de aquella esbelta sirena,

de ojo negro y tez morena,

al agitar su cintura.

Lindo jubón ajustado,

de raso azul refulgente,

a su talle diligente,

presta perfil delicado.

De su rodete anchuroso,

prendidos con alfileres,

le cuelgan ricos cairetes,

que rozan su cuello hermoso.

Es su pelo de azabache,

sus labios, ¡ay!, son corales,

que oscurecen los rosales

del jardín de Aznalfarache.

Corta nagüeta plegada,

que se agita con el viento,

deja ver al movimiento,

su tersa media nevada.

En su sien, entre claveles,

posa con matiz divino,

el lirio más peregrino

de aquellos ricos vergeles.

-Jui, ¡zanto zielo, qué moza!

Viva la zal e Zevilla,

¿qué es la octava maravilla,

empués e ver a esta roza?

-¡Mairezita lo que he visto

al jazer esas cambiás!

Planeta, vengan tonás,

¡que me muero, Jezucristo!

Y cual corza, que ligera

corre, por el bosque, ufana,

cuando el sol de la mañana

ilumina la pradera.

Así la niña de amores,

luciendo su pierna bella,

como en la noche la estrella,

así brilla entre las flores. 

El ruido, las estrepitosas voces de aquella gente entusiasmada, cuyos ecos se prolongaran allende los cerrillos que dominan al tranquilo lugarcito, acabaron de poner en movimiento al resto de sus pacíficos moradores. Alarmada la turba, acudió lanzando al viento desaforados gritos, como si celebraran una de esas fiestas de los santos patronos, donde se confluye con fuegos de artificio. En un santiamén, inundóse la campiña de esa clase turbulenta, no sin que le siguieran cuantos hombres y mujeres había que, ansiosos de disfrutar del improvisado fandango, tomaban al asalto, apelando a los codos, los principales puestos del circo. Hubiérase dicho, al ver aquella oscilación de cabezas, aquella curiosidad pronunciada, ser una jauría de locos divertidos con un nuevo aparecido.

De temer era que el aquel brusco ataque viniera a concluir en un trueno espantoso. Así era que, tanto mi compañero como yo, no las teníamos todas con nosotros, porque nada novicios en los desenlaces que suelen presentar tales diversiones, recelábamos algún accidente que convirtiera aquel lugar en otro campo de Agramante. Por fortuna, el murmullo fue debilitándose por grados y entró en orden aquella grey, porque, al poco rato, no se oía más que el cencerro de la guitarra y la cansada voz del Marino, intercalada con tal o cual palabra, puesta muy en boga en los bailes que llamamos de candil. Uno de los jóvenes que se veía sentado junto al Planeta, en cuyo sombrero se elevaban dos rizadas motas, salió con la seguiriya siguiente:

Si entre las ondas

del mar me viera,

hasta la muerte,

¡ay!, te quisiera.

Porque, al quererte,

de mí huyera

la misma muerte.

En tanto que así cantaba, la tarde adelantaba y el Sol, ocultándose tras el cerro de Santa Brígida, robaba a los campos sus vivos colores y nos sacaba de aquella distracción en que nos sumergieran los placeres del día. La diosa de la noche aceleraba su carro, dando a los prados ese aspecto sombrío y melancólico, pero agradable, cuando la primavera cede al rigor del estío.

La dulce brisa, que sucede a los crepúsculos de la tarde, hízonos poner en acción para abandonar aquellos deliciosos parajes, que tantos recuerdos dejara impresos en mi mente, y trasladarnos a la barca. Aun no hicieran diez minutos que el astro vivificador desapareciera en el arrebolado horizonte, cuando ya la barquichuela, arrastrada por la corriente, abandonaba aquellas riberas. El bullicio, los cánticos de los remadores y los gritos de alegría que por doquier resonaran, nos traían a la mente esas noches de carnaval, en que los hijos de una ciudad, grande y poderosa en otros tiempos, recorren sus lagunas, bajo el pabellón de sus caprichosas góndolas, en busca de amorosas y románticas aventuras: tal fuera el espectáculo que se ofreciera de repente.

Por las opuestas márgenes del ancho río, veíanse vagar, cual sombras, multitud de personas que se confundían entre el ramaje, mientras que las barcas se disputaban el paso, para ser las primeras en llegar a Sevilla, que se percibía allá a lo lejos, salpicada de millares de luces. Aquellas vivas lumbres, que rielaban en las aguas, parecían a primera vista la lava ardiente de un volcán, en los momentos de una erupción.

Al saltar en tierra, las campanas de la ciudad preludiaban el lúgubre toque de las ánimas. Tres horas después, me hallaba, sin saber cómo, ni cuándo, recorriendo los salones del Museo, donde al compás de un diabólico vals de Lanuer, veíanse oscilar velozmente las parejas enmascaradas. ¡Allí todo era ilusión! El ficticio delirio de una sociedad, ebria de goces quiméricos, había sucedido a la naturalidad y alegría de una fiesta de carnaval en los hechiceros campos de la reina de Andalucía.

M. Jiménez.

 

DESDE LA ADMINISTRACIÓN DEL BLOG, nuestros comentarios sobre este texto y otros asuntos relacionados:

-Ciertamente, no sabemos si este texto fue una vivencia real: el autor “M. Jiménez” es desconocido, aunque se autodenomina como amigo de B… (el pintor D. Manuel Barrón y Carrillo). Pero si fue una vivencia real, el pintor hizo su obra en 1947 y el texto lo escribió y publicó un año después, en 1948, ¿cómo recordaba tan bien las letras de las improvisadas canciones?

-Según las referencias halladas sobre el Planeta, parece ser que este es el único cantante de los mencionados del que se tiene constancia, entre otros datos, por sus referencias a Málaga y por su obesidad, por lo que se le nombraba con ese mote. No hay información sobre el padre Vera y el Marino.

-Sí añade veracidad al texto la información que indica que D. Antonio Machado Álvarez (padre de los hermanos Machado), visitaba San Juan de Aznalfarache, pero ya no sería sólo por sus vistas, sino porque aquí se celebraban eventos flamencos de los que él se documentaba, como primer estudioso de este arte musical y de baile que fue. Puede conocer esta información en el siguiente enlace de este mismo blog:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2026/01/antonio-machado-alvarez-y-sus-visitas.html

-En todo caso, y aunque se nombre al atardecer al cerro de Santa Brígida, en el pueblo vecino de Camas, tanto para describir el cuadro de su amigo, como por las referencias a la llegada y al regreso por el río, e incluso en la propia letra de la canción (“oscurecen los rosales del jardín de Aznalfarache”), se indica claramente que están en el término municipal de nuestra localidad.

-El cuadro de Barrón titulado “Fiesta popular en los alrededores de Sevilla” cuadra también con la fecha del texto, porque en él no aparece la fábrica de loza. Los cuadros serían de 1847 y esta industria cerámica, junto al río, comenzaría a funcionar en 1854.

-Otro punto que le da veracidad al texto y que confirma la relación con Barrón se encuentra en el último párrafo, con la descripción: “recorriendo los salones del Museo…”, pues el propio pintor fue comisionado en algunas de las exposiciones que se celebraban anualmente en el Museo de Bellas Artes hispalenses.

-Además, para aumentar el argumentario, este arte flamenco que estuvo presente en San Juan de Aznalfarache, existiría al menos hasta finales del siglo XIX, como quedó recogido por dos dibujos de Huertas, que fueron publicados en "La Ilustración Ibérica", en el año 1894 y que exponemos a continuación:


Si desea saber más sobre los cuadros de D. Manuel Barrón sobre San Juan de Aznalfarache, haga clic sobre el siguiente enlace:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2026/01/los-nueve-cuadros-conocidos-de-manuel.html

El texto fue extraído de:

-JIMÉNEZ, M. (1848): “El carnaval en el campo”, en “Semanario Pintoresco Español” (5 de marzo de 1848). Madrid, imprenta de D. Baltasar González.

Bibliografía:

-GÓMEZ DARRIBA, J. (2019): “De paisajes y bandoleros. Dos nuevos cuadros del pintor sevillano Manuel Barrón”. Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela.

Cuadros:

-“Vista de San Juan de Aznalfarache desde el río Guadalquivir”. Manuel Barrón y Carrillo (sin datación). Colección Ibarra.

-"Vista de Sevilla desde San Juan de Aznalfarache". Manuel Barrón y Carrillo (1850, aproximadamente), en la colección Ybarra.

-“Fiesta popular en los alrededores de Sevilla”. Manuel Barrón y Carrillo (1845-1850). En el Museo Carmen Thyssen, de Málaga.

-“Vista de Sevilla desde San Juan de Aznalfarache”. Manuel Barrón y Carrillo (1850, aproximadamente). En el Ayuntamiento de Sevilla.

Otras fuentes:

-elafinadordenoticias.blogspot.com/2011/07/la-obesidad-de-el-planeta-1848.html

-elafinadordenoticias.blogspot.com/2011/07/sigue-el-carnaval-en-el-campo-y-ii.html

-flamencodepapel.blogspot.com/2009/04/un-baile-en-san-juan-de-aznalfarache.html

-flamencodepapel.blogspot.com/2014/04/ese-dulce-y-perpetuo-tremor-o-temblor.html

-flamencodepapel.blogspot.com/2016/04/sevilla-por-dentro-el-planeta-y-lazaro.html 

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