“El carnaval en el campo”.
Estábamos
en carnaval: filósofo por esencia y potencia, aun cuando la filosofía, en este
siglo, camina al nivel de la política, dudaba si quedarme en la ciudad o, si en
pro de la costumbre, decidirme por la vida campestre, dejándome ir en pos de
los muchos pelotones que, a guisa de caravanas, se alejan de Sevilla, para
buscar el puro ambiente, allá en las plácidas campiñas que, alfombradas de
vistosas florecillas, nos convidan a gozar de su verdura y a aspirar sus gratos
perfumes. La elección no era dudosa, puesto que el carnaval, en el interior del
morisco serrallo andaluz, pasa como otra época cualquiera, es decir, descorre
su velo frío y macilento, sin mostrar su semblante marchito por los báquicos
placeres o las nocturnas danzas, tan en boga en otros días y tan degeneradas en
los presentes. Pero ¿qué es lo que no cambia en este mundo?
El año de gracia
de 1847 permanecía en ese insomnio de costumbre. Sólo se percibía
el movimiento de la clase artesana que, libre y sin recelo, buscara su solaz en
el dorado templo de Baco; y cuando la noche desplegaba su gasa fúnebre, el
confuso y lejano rumor de alguna cuadrilla enmascarada que, al son del pandero
y la guitarra, recorría las estrechas y solitarias calles, excitando la risa de
los muchachos, al mostrarles sus ridículos y extravagantes disfraces o sus
lívidos rostros coloreados por la fuerte llama de los hachones.
¡El
carnaval ha muerto! Desnudo de sus atavíos, sólo ostenta ahora sus harapos
mamarrachescos: tal fuera el eco que resonara por todos los ámbitos de la
ciudad. Cada cual buscaba un objeto de diversión y este objeto creíanlo hallar
abandonando el hogar doméstico. Por lo que respecta a mí, había quedado la
víspera con un amigo, para acompañarle y verle pintar la romántica vista del
Guadalquivir. Así fue que no tuve mucho que pensarlo, ni quebrarme los cascos
acerca de lo que pudiera sobrevenirme: apenas el sol salió de su sueño, púseme
en acción y marché a la ventura, como el que fastidiado por una vida monótona y
algo llena de azares, busca en el retiro olvidar, por un momento, las intrigas
de la voluble sociedad y los odios de los hombres.
Pocos minutos corrieran cuando ya me hallaba a orillas del Betis. Recorriendo su margen pintoresca, sembrada por los arbustos a que dan riego sus lentas olas de plata, heridas de repente por los claros fulgores del sol de la mañana, miraba distraído aquel enjambre de personas que van y vienen, que pasan y repasan, aquel raro puente de madera que parece hundirse en el río, ínterin buscaba diligente algún barquero que, por módico precio, se decidiera a transportarme al cercano pueblecillo que, cual caprichosa canastilla, vierte sus flores sobre el pavimento de un cenador, así derrama sus blanquecinas casitas al pie de unas matizadas colinas y que el vulgo llama San Juan de Aznalfarache.
Deslizábame
cual fugaz gaviota por la superficie de las aguas, a lo largo de aquella
ruidosa orilla. La mañana estaba serena y deliciosa. Un vientecillo glacial y
suave plegaba graciosamente los gallardetes de los buques que, anclados
simétricamente confundían la vista, prestando esa ilusión que se percibe cuando
se recorren aquellos sitios donde la naturaleza parece haber desplegado todo el
lujo y poderío de su belleza. Cuánta animación y cuánto encanto se advertían
para el que, por tantos días permaneciera limitado a esa vida regularizada, a
esa existencia de café donde, clavado ante una mesa, se consumen las horas
vespertinas, presa de esas ilusiones del porvenir que, más se alejan, cuanto
más parece que se llega, extraviados en el resumen del éxito de tal o cual
drama, de los prodigados aplausos que una pandilla tributa a la cantatriz
italiana o, viniendo a parar de toda esta enciclopédica algarabía, como de motu
propio, a los animados e interminables coloquios políticos, que dan al traste
con la imaginación del hombre de más cachaza que haber pueda.
La
frágil embarcación cortaba el agua, dejando atrás aquellos grupos de buques
enjaezados.
Reclinado
sobre la estrecha popa y disfrutando del consuelo vivificante de los rayos del
sol, tarareaba placentero aquella conzonetta de Ricci: “sulla poppa del mío
brich”, en tanto que la barquilla se alejaba de la Torre del Oro y pasaba ante
los frondosos chopos que se apiñan en medio de las sombrías calles de las
antiguas Delicias.
Tres
cuartos de hora después encontrábame reclinado negligentemente bajo la copa de
la vetusta encina, que dibuja su frondoso ramaje en el limpio cristal del río,
y que parece desafiar al tiempo entre las grietas de la peligrosa barranca.
Desde allí, me complacía en derramar la vista por aquellas vastas campiñas,
donde la parda alondra juguetea en el aire, para caer ligera sobre el tallo de una
madreselva. Distraído mi pensamiento con aquellas variadas escenas que se
suceden con tanta rapidez, dejábame arrastrar a otra existencia más ilusoria,
sin acordarme de la reiterada cita que mi amigo B…, habíame dado la noche
anterior, sobre la elevada plataforma del solitario monasterio, desde cuyo
punto trasladaba al lienzo el soberbio panorama que la arabesca Sevilla
desarrolla y que tanta novedad ofrece a los ojos del escrupuloso observador.
El
reloj de la derruida y fea torre del convento vino a sacarme, con su eco
ronquecino, del marasmo en que me encontrara. Era la décima hora. Di mis
preventivas órdenes al servicial barquero que, amarrando su esquife a una de
las estacas que allí se encuentran, pareció entregarse tranquilo al blando
sueño.
Dirígeme hacia el punto indicado, salvando las pendientes que presentan los tortuosos senderos, abiertos a través de los extensos olivares que circundan aquel edificio posado en la cumbre de aquella montañita, como el arca salvadora en el elevado Sinaí. Llegué sobre el terraplén, no sin sentirme algo fatigado. Di mis disculpas al artista que, dejando la paleta y los pinceles, vino a sentarse sobre la balaustrada, ínterin me entretenía en el prolijo examen de su obra. Ante la naturaleza, comparaba la belleza de la copia, en la que el pintor había expresado, con toda la fuerza de su colorido, aquel mágico conjunto, aquella singular perspectiva imposible de expresar con toda su fuerza, con toda su majestad, con todo su sorprendente efecto.
Ante
nosotros se despliega un espectáculo asaz interesante y rico en recuerdos de un
orden más elevado. Aquí, verdes colinas, bordadas de olivos y viñedos, bajan a
bañar sus plantas al borde de un río que, serpenteando a lo largo de fértiles
praderas, las riega y vivifica; allí, una ciudad de árabes y esbeltas formas,
coqueta y seductora, cual la esquiva bella del harén, en cuyo centro se destaca
la atrevida Giralda que, lanzándose a las nubes, parece desafiarlas, se
extiende hasta tocar, con sus ennegrecidos muros, a la pesada Torre del Oro,
rica atalaya musulmana y palpitante página de los días del cruel D. Pedro;
acullá los verdes limoneras que sombrean las alegres huertas y derraman su
embriagador aroma; más allá, en lontananza, sonrosadas montañas sembradas de
pueblecitos, y coloreadas por un horizonte claro y, en ese más allá, hay tanta
idealidad, tanta sublimidad, que enajena al corazón y logra que la mente
descarriada se lance por los espacios imaginarios, a buscar ese poder grande y
prepotente que todo lo crea, que todo lo anima y embellece. Y además, ¿cuál es
el que visite la ciudad de Julio César, que no recorra sus vegas, sus jardines,
sus cómodos caseríos, que no estudie lo pasado, sentado sobre las quebradas
hojas del corintio capitel, que se oculta entre el musgo que crece en las
ruinas de la opulenta Itálica, que no dirija sus pasos hacia los pueblecitos
que se asientan en lo alto de aquellas cumbres, que se perciben desde la orilla
del Betis en uno de esos días de fugaz primavera? ¿Cuál es el que, por extraño
sea a la vida campestre, no haya disfrutado por un momento de la agradable
vista de Sevilla, desde la colina que se alza en medio de los jardines de
olivos de Aznalfarache? ¿Cuál es,
finalmente, el que no ha respirado la aromática fragancia de los dobles lirios,
evaporada por la fresca brisa de la tarde, reclinado sobre la verdosa alfombra,
al pie de los muros de aquel religioso apartamiento? Escoged pues un día en que
el sol derrama su viva lumbre en medio de un celaje sin nubes; escoged ese
momento y llevad vuestras miradas a lo lejos; ved esas casas, las unas
ennegrecidas por el tiempo, las otras resplandecientes en blancura y que
parecen aproximarse al estanque profundo, en el cual el río está encerrado,
para mirarse en las aguas. El río presta al cuadro no sé qué misterio, que
aumenta aun el encanto de la contemplación.
Era
domingo. Como convidaba el día con su hermosa temperatura, multitud de familias
habían emigrado a aquellos lugares. Algunas cuadrillas veíanse venir
diseminadas, acá y acullá; unas, bajo el ramaje de los olivos, conversaban
tranquilas; otras, más entusiasmadas y revoltosas, compuestas de gente del
pueblo, agitábanse bailando y cantando, al compás de una guitarra, ínterin las
barquillas, cual aves acuáticas al abrir sus blancas alas, desplegaban al
viento sus pequeñas velas y huían veloces, por la plateada superficie del agua,
en busca de nuevos pasajeros.
Al
cabo de algunas idas y venidas, vióse a aquella pradera sembrada de caprichosos
grupos, cuyo contraste excitaba el ánimo, hasta impeler a uno a querer tomar
parte en aquellas fiestas tan prodigadas en esta hermosa tierra, pero cada vez
más seductoras, más sencillas y naturales.
Las
horas pasaban, sin que el pintor ni mi humilde persona pensásemos en el
deterioro de nuestros estómagos, cansados por lo largo del paseo y el placer
del campo. Nuestro parasismo tuvo el fin que era de esperar. Pusímonos en
marcha, no sin que primero guardara sus pinceles en la caja de colores. Descendimos por la senda que muere al pie
del grotesco arco de la callejuela que sale al frente del convento y nos
dirigimos a la antigua fonda de Lebron, cuyo nombre ha pasado a nuestros días
como el de una notabilidad, la cual se conserva sola, aunque algo degenerada, y
allí, por aviso de mi galante compañero, hallamos preparada una incitante mesa.
Concluido
el festín, nos encaminamos hacia la campiña, con el objeto de ingerirnos, como
Dios nos diese a entender, en el primero de los saraos que encontrásemos al
paso.
¿Has
participado tú, que me lees, de esas festivas conmociones que se improvisan
aquí, en Andalucía, a la puerta de los ventorrillos que sirven de parada al que
entra y sale por cualquier punto de los poblados arrabales? Si, como no es de
extrañar, has concurrido en medio de esas turbas desorganizadas, que viven hoy
en el placer, aun cuando mañana sea de tormentos y privaciones, ¿por qué he de
bosquejarte aquel cuadro, incomparable a veces para los que desconocen esas
costumbres raras y propias de esa clase del pueblo que, abandonando sus
hogares, se transporta al campo, sedienta y decidida a agotar hasta las heces
el cáliz del goce mundanal? Nada más natural que esa alegría tan necesaria para
hacerle olvidar su malestar y sufrimiento, para que borre de su imaginación el
hastío del trabajo, recompensado con ínfimos jornales, no bastantes para llenar
sus obligaciones diarias. Hay consecuencias a veces funestas, esto es cierto,
pero ¿no son por lo común hijas de la intolerancia o de venir a entrometerse en
cosas que son ajenas?
Grande
fuera la animación que imperara en el centro de aquellos círculos, de donde
solo brotaran voces desencajadas, risas estrepitosas mezcladas con los brindis
amorosos y los cánticos alarmantes, interrumpidos por lo común por la maravilla
que dorara el vaso elevado, cual si fuera la ofrenda que se presentara a los
dioses lares.
Nuestro
rebusco duró corto tiempo: apenas habíamos recorrido un pequeño radio de
tierra, cuando llegaron a nuestros oídos los ecos de algunas voces que nos
nombraban. Curiosos por saber cuáles fueran las almas que se compadecían de
nuestra soledad, nos lanzamos hacia el sitio de donde salían, cual jadeantes
lebreles sobre la caza que se escabulle. Nos acercamos. Un gracioso espectáculo
ofrecióse de repente a nuestra vista. Entre los alineados olivos, que se
pierden tras el parterre del convento, hallábase una numerosa reunión de
personas que, sentadas unas sobre la fresca yerba y levantadas otras, se
entregaban sin escrúpulo a los regocijos de una fiesta campesina. Entre
aquellas, contábase algunos amigos que, a fuerza de pasar por gente notable,
rendían mutuo vasallaje a varias jóvenes de gallardos talantes, entre las que
sobresalían la Nena, esa bolera tan conocida, la Cuchillera, la Naranjita, la
Ana y otras no menos graciosas en ese género de danzas andaluzas.
NOTA DEL AUTOR DEL
TEXTO: De poco tiempo a esta parte, se ha desarrollado de tal modo la afición a
los bailes de ese género, que la más escopetada clase de la sociedad sevillana
busca la ocasión de asistir a los bailes particulares que celebran los que
especulan con ellos; sobre todo, cierta parte de la juventud, que quiere pasar
por gente de tono, la cual vaga de sarao en sarao, para saciar su ardoroso
entusiasmo, ínterin en los teatros suelen mirarlos hasta con desdén. ¿Cuál
habrá sido el móvil de esa repentina metamorfosis? No es un misterio. Para
obsequiar a cualquier personaje que arriba a la capital de Andalucía, se pone
en juego esta clase de espectáculo, como sucedió con Alejandro Dumas, del que
salió poco complacido.
Una
ligera sonrisa excitada por los cantares de los vates agitanados, que allí se
encontraran, brillaba en todos los rostros. Eran aquellos el Planeta, rey de
los bravos cantaores, el padre Verita, el Marino y otro cuyo nombre no
recuerdo, los cuales parecían adorar a una botella del suave sanluqueño, ídolo
de estos momentos y que apuraban en medio de los brindis de costumbre.
NOTA DEL AUTOR:
Los motes son con los que se designan a estos personajes tan célebres en los
fastos de todos los que se dedican a esa clase de cantos. El Planeta y el padre
Vera son los que más sobresalen, por sus gorjeos, el primero, y por su clara y
extensa voz, el segundo.
El
néctar de Andalucía, salpicando a todos, había sucedido a los manjares cuyos
restos veíanse esparcidos por la yerba.
Al
ver aquella original escena, cualquiera hubiera recordado los fabulosos
festines del Dios de los amores; cualquiera se hubiera creído transportado a la
encantada selva de las fantásticas hadas, que jugueteaban en las aguas del
lago, al eco de sus melodiosas liras. Tal fuera pues la ilusión que produjera
aquel baile vespertino, en medio del jardín, que la natura ha decorado con tan
brillantes atractivos.
El
vaso a medio llenar volvió a relumbrar entre las palmadas de los incansables
cantantes que, al monótono arrullo de sus trinos y cadencias, se arrebataban a
cada paso la copla. El Planeta, cuya obesidad y carácter le prestan ese
predominio que ejerce sobre ellos, llevaba la palma, haciendo alarde de sus
recios pulmones, al entonar caprichosamente sus plegarias, raras en su estructura,
pero que tanto inflaman el corazón de los aficionados de ley, como ellos
llaman.
-“Viva
lo güeno, zeñó”, dijo el padre Vera, vaciando en su estómago una cañita y
alargándonos otra, para que lo imitásemos.
-“Bendita
zea Málaga, que es tierra e caliá”, añadió el que rasgueaba la guitarra.
-“Zeñores”,
exclamó el Marino algo entusiasmado, “¿no hay ná pa las sevillanas, pa estas
reinas de lo bonito?”.
-“Vivan
las de nuestra tierra”, gritó toda aquella grey atolondrada. “Pue que bailen
unas zeguiriyas gitanas”.
Un
confuso rumor sucedióse a la petición; enseguida, todos aclamaron a la Nena.
-“Pío
la palabra”, repitió el padre Vera. “Antes e que comienze el jaleo, me paeze mu
regulá que echemos una uvita a la salú e los mozos que han llegao, pue po lo
netos que zon, jazen a estos peazos lo que se llama un poquirritito e tilín…”.
-“Que
se eche una bomba”, dijeron muchas voces.
No era muy a propósito el desairarle al dirigirnos aquel brindis, ni menos uno hacerse el sueco ante aquella semipatulea, que tan atenta habíase mostrado con nosotros. Así fue que sin andar en rodeos, y más cuando tanto ansiáramos ver puesta en baile a la aclamada sílfide, pedí el vaso y con voz algo estentórea, exclamé:
Venga el vaso y de
la bota
brote manzanilla a
mares,
y lleguen nuestros
cantares
hasta la playa de
Rota.
Brindo por la sal
morena
de la neta
Andalucía;
brindo, porque
acabe el día
en los brazos de
la Nena.
Siga, amigos, el
placer,
suene pues la
castañuela;
venga al campo esa
mozuela
y no hay más
gloria que ver.
Que al verla,
¡viva el salero!,
mi corazón,
palpitando,
ha de marcharse
volando,
hasta el mismo
Trocadero.
Brindemos todos,
señores,
con la boca en la
botella,
por el brillo de
la estrella,
que arroja tantos fulgores.
-”¡Bien,
zalero!”, exclamó el padre Vera en medio de los aplausos. “Vale osté más que la
custodia e la catedral con toos zus arrúmbeles”.
-“Venga
otra uvita y que comienze er baile, pa ver volar er corazón deste morenito e lo
neto”, añadió el bullicioso Marino.
Así era: la hora había sonado y el ruido de los palillos había atraído inmensa concurrencia a nuestro círculo, tratando cada cual, a porfía, de plantarse en primera fila, como acontece en esa clase de diversiones, ínterin los jaleadores de oficio dirigían sus originales y oportunos dichos a la bolera que, nada esquiva, los devolvía con cierto gracejo y donaire. El tocador de guitarra, que ocupaba el sitio de preferencia, comenzó su son y los cantautores parecieron prepararse para el combate, si por tal puede juzgarse ese antagonismo que cada uno demuestra por aparentar más pecho y dar, a sus pausadas endechas, ese raro colorido que sólo ellos descifran, esa animación que, más que crece, cuanto más se engolfan en la copla y crece el recio palmoteo.
Rompe el baile, entra
el jaleo;
pasa el veloz
estribillo
y al redoble del
palillo,
comienza pues el
meneo.
De ver era la
garbura
de aquella esbelta
sirena,
de ojo negro y tez
morena,
al agitar su
cintura.
Lindo jubón
ajustado,
de raso azul
refulgente,
a su talle
diligente,
presta perfil
delicado.
De su rodete
anchuroso,
prendidos con
alfileres,
le cuelgan ricos
cairetes,
que rozan su
cuello hermoso.
Es su pelo de
azabache,
sus labios, ¡ay!,
son corales,
que oscurecen los
rosales
del jardín de Aznalfarache.
Corta nagüeta plegada,
que se agita con
el viento,
deja ver al
movimiento,
su tersa media
nevada.
En su sien, entre
claveles,
posa con matiz
divino,
el lirio más
peregrino
de aquellos ricos
vergeles.
-Jui, ¡zanto
zielo, qué moza!
Viva la zal e
Zevilla,
¿qué es la octava
maravilla,
empués e ver a
esta roza?
-¡Mairezita lo que
he visto
al jazer esas
cambiás!
Planeta, vengan
tonás,
¡que me muero,
Jezucristo!
Y cual corza, que
ligera
corre, por el
bosque, ufana,
cuando el sol de
la mañana
ilumina la
pradera.
Así la niña de amores,
luciendo su pierna
bella,
como en la noche
la estrella,
así brilla entre las flores.
El
ruido, las estrepitosas voces de aquella gente entusiasmada, cuyos ecos se
prolongaran allende los cerrillos que dominan al tranquilo lugarcito, acabaron
de poner en movimiento al resto de sus pacíficos moradores. Alarmada la turba,
acudió lanzando al viento desaforados gritos, como si celebraran una de esas
fiestas de los santos patronos, donde se confluye con fuegos de artificio. En
un santiamén, inundóse la campiña de esa clase turbulenta, no sin que le
siguieran cuantos hombres y mujeres había que, ansiosos de disfrutar del
improvisado fandango, tomaban al asalto, apelando a los codos, los principales
puestos del circo. Hubiérase dicho, al ver aquella oscilación de cabezas,
aquella curiosidad pronunciada, ser una jauría de locos divertidos con un nuevo
aparecido.
De temer era que el aquel brusco ataque viniera a concluir en un trueno espantoso. Así era que, tanto mi compañero como yo, no las teníamos todas con nosotros, porque nada novicios en los desenlaces que suelen presentar tales diversiones, recelábamos algún accidente que convirtiera aquel lugar en otro campo de Agramante. Por fortuna, el murmullo fue debilitándose por grados y entró en orden aquella grey, porque, al poco rato, no se oía más que el cencerro de la guitarra y la cansada voz del Marino, intercalada con tal o cual palabra, puesta muy en boga en los bailes que llamamos de candil. Uno de los jóvenes que se veía sentado junto al Planeta, en cuyo sombrero se elevaban dos rizadas motas, salió con la seguiriya siguiente:
Si entre las ondas
del mar me viera,
hasta la muerte,
¡ay!, te quisiera.
Porque, al
quererte,
de mí huyera
la misma muerte.
En
tanto que así cantaba, la tarde adelantaba y el Sol, ocultándose tras el cerro
de Santa Brígida, robaba a los campos sus vivos colores y nos sacaba de aquella
distracción en que nos sumergieran los placeres del día. La diosa de la noche
aceleraba su carro, dando a los prados ese aspecto sombrío y melancólico, pero
agradable, cuando la primavera cede al rigor del estío.
La
dulce brisa, que sucede a los crepúsculos de la tarde, hízonos poner en acción
para abandonar aquellos deliciosos parajes, que tantos recuerdos dejara
impresos en mi mente, y trasladarnos a la barca. Aun no hicieran diez minutos
que el astro vivificador desapareciera en el arrebolado horizonte, cuando ya la
barquichuela, arrastrada por la corriente, abandonaba aquellas riberas. El
bullicio, los cánticos de los remadores y los gritos de alegría que por doquier
resonaran, nos traían a la mente esas noches de carnaval, en que los hijos de
una ciudad, grande y poderosa en otros tiempos, recorren sus lagunas, bajo el
pabellón de sus caprichosas góndolas, en busca de amorosas y románticas
aventuras: tal fuera el espectáculo que se ofreciera de repente.
Por
las opuestas márgenes del ancho río, veíanse vagar, cual sombras, multitud de
personas que se confundían entre el ramaje, mientras que las barcas se
disputaban el paso, para ser las primeras en llegar a Sevilla, que se percibía
allá a lo lejos, salpicada de millares de luces. Aquellas vivas lumbres, que
rielaban en las aguas, parecían a primera vista la lava ardiente de un volcán,
en los momentos de una erupción.
Al saltar en tierra, las campanas de la ciudad preludiaban el lúgubre toque de las ánimas. Tres horas después, me hallaba, sin saber cómo, ni cuándo, recorriendo los salones del Museo, donde al compás de un diabólico vals de Lanuer, veíanse oscilar velozmente las parejas enmascaradas. ¡Allí todo era ilusión! El ficticio delirio de una sociedad, ebria de goces quiméricos, había sucedido a la naturalidad y alegría de una fiesta de carnaval en los hechiceros campos de la reina de Andalucía.
M. Jiménez.
DESDE
LA ADMINISTRACIÓN DEL BLOG, nuestros comentarios sobre este texto y otros asuntos
relacionados:
-Ciertamente,
no sabemos si este texto fue una vivencia real: el autor “M. Jiménez” es
desconocido, aunque se autodenomina como amigo de B… (el pintor D. Manuel
Barrón y Carrillo). Pero si fue una vivencia real, el pintor hizo su obra en
1947 y el texto lo escribió y publicó un año después, en 1948, ¿cómo recordaba
tan bien las letras de las improvisadas canciones?
-Según
las referencias halladas sobre el Planeta, parece ser que este es el único
cantante de los mencionados del que se tiene constancia, entre otros datos, por
sus referencias a Málaga y por su obesidad, por lo que se le nombraba con ese
mote. No hay información sobre el padre Vera y el Marino.
-Sí
añade veracidad al texto la información que indica que D. Antonio Machado
Álvarez (padre de los hermanos Machado), visitaba San Juan de Aznalfarache,
pero ya no sería sólo por sus vistas, sino porque aquí se celebraban eventos
flamencos de los que él se documentaba, como primer estudioso de este arte musical y de baile que
fue. Puede conocer esta información en el siguiente enlace de este mismo blog:
-En
todo caso, y aunque se nombre al atardecer al cerro de Santa Brígida, en el
pueblo vecino de Camas, tanto para describir el cuadro de su amigo, como por
las referencias a la llegada y al regreso por el río, e incluso en la propia
letra de la canción (“oscurecen los rosales del jardín de Aznalfarache”), se indica claramente que están en el
término municipal de nuestra localidad.
-El
cuadro de Barrón titulado “Fiesta popular en los alrededores de Sevilla” cuadra
también con la fecha del texto, porque en él no aparece la fábrica de loza. Los
cuadros serían de 1847 y esta industria cerámica, junto al río, comenzaría a
funcionar en 1854.
-Otro
punto que le da veracidad al texto y que confirma la relación con Barrón se
encuentra en el último párrafo, con la descripción: “recorriendo los salones
del Museo…”, pues el propio pintor fue comisionado en algunas de las
exposiciones que se celebraban anualmente en el Museo de Bellas Artes
hispalenses.
-Además, para aumentar el argumentario,
este arte flamenco que estuvo presente en San Juan de Aznalfarache, existiría
al menos hasta finales del siglo XIX, como quedó recogido por dos dibujos de
Huertas, que fueron publicados en "La Ilustración Ibérica", en el año
1894 y que exponemos a continuación:
Si desea saber más sobre los cuadros de D. Manuel Barrón sobre San Juan de Aznalfarache, haga clic sobre el siguiente enlace:
El texto fue extraído de:
-JIMÉNEZ, M. (1848): “El carnaval en el campo”, en “Semanario Pintoresco Español” (5 de marzo de 1848). Madrid, imprenta de D. Baltasar González.
Bibliografía:
Cuadros:
-“Vista de San Juan de Aznalfarache desde el río Guadalquivir”. Manuel Barrón y Carrillo (sin datación). Colección Ibarra.
-"Vista de Sevilla desde San Juan de Aznalfarache". Manuel Barrón y Carrillo (1850, aproximadamente), en la colección Ybarra.
-“Fiesta popular en los alrededores de Sevilla”. Manuel Barrón y Carrillo (1845-1850). En el Museo Carmen Thyssen, de Málaga.
-“Vista de Sevilla desde San Juan de Aznalfarache”. Manuel Barrón y Carrillo (1850, aproximadamente). En el Ayuntamiento de Sevilla.
Otras fuentes:
-elafinadordenoticias.blogspot.com/2011/07/la-obesidad-de-el-planeta-1848.html
-elafinadordenoticias.blogspot.com/2011/07/sigue-el-carnaval-en-el-campo-y-ii.html
-flamencodepapel.blogspot.com/2009/04/un-baile-en-san-juan-de-aznalfarache.html
-flamencodepapel.blogspot.com/2014/04/ese-dulce-y-perpetuo-tremor-o-temblor.html
-flamencodepapel.blogspot.com/2016/04/sevilla-por-dentro-el-planeta-y-lazaro.html








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