Un artículo en prensa denomina la
producción de la fábrica de loza de San Juan como “Las joyas de Aznalfarache” y es que, esta industria, con distintos
nombres, se edifica a orillas del Guadalquivir, en el término municipal de esta
villa (que se segrega del vecino
Ayuntamiento de Tomares en 1890), con una historia de casi un siglo de
existencia, con cuatro etapas bien diferentes en cuanto a su razón social, incluido
un período de cierre casi total, comprendido entre 1868 y 1890. Durante el
tiempo de existencia de esta empresa, nuestro pueblo pasó de ser una pequeña
urbanización de entorno rural, con huertas y arbolado, especialmente, olivares,
a una urbe con varios complejos de actividad laboral, como los ferrocarriles
para la minería, la factoría de abonos químicos, y los almacenes para el
tratamiento de la aceituna.
Nace esta empresa de cerámica y loza a
mediados del siglo XIX, cuando también aparecen otras importantes firmas de
este mismo sector, como La Cartuja (1841), cuya trayectoria atravesaría
diversas fases de relación con su vecina, aunque más modesta competidora,
situada río abajo, en nuestra ribera local. Estas industrias surgen debido a la
subida de aranceles a la loza inglesa de importación, lo cual anima a
inversores, también anglosajones, residentes en Andalucía y en la propia
Sevilla, a dar el salto, de comerciantes a fabricantes, aprovechando la
favorable coyuntura socioeconómica.
La clasificación por etapas que mostramos
en este texto, está construida a partir del magnífico libro, que relata la
historia de esta firma, realizado para la exposición de productos en la ciudad
de Oviedo: “Estampaciones para lozas de los siglos XIX y XX. La fábrica de San
Juan de Aznalfarache, Sevilla (1854-1954)”.
PRIMERA ETAPA, 1854-1859: Jorge Brander y
Cía.
Se funda esta empresa en 1854 (trece años después de que comenzara su andadura la también hispalense y famosa fábrica de loza y cerámica La Cartuja de Pickman), por iniciativa de dos comerciantes británicos vinculados a compañías navieras, establecidas en Sevilla, y que se dedicaban al comercio entre España y Reino Unido, llamados John Cuningham y William MacAndrew, a quienes se une Jorge Brander, también inglés, que mantenía relaciones comerciales en el negocio del regaliz, las naranjas, varios productos agrícolas y loza de pedernal, para llevar adelante fábricas de producción en España y Portugal. Brander, como profesional, se piensa que fue un perito o un ingeniero industrial, trabajador de Cuningham y que forma una compañía con Guillermo MacAndrew. Aunque no podemos demostrarlo a día de hoy, tanto la fábrica de orozuz que ya existía en nuestra localidad, como las diversas haciendas y huertas de la época, nos hace pensar que Jorge Brander ya podía estar asentado o tener conocimientos directos sobre nuestro pueblo.
En esta época, el Gobierno incrementa los
aranceles a la importación de la loza británica, que dominaba el mercado por
entonces, lo que anima a la fundación de empresas productoras en nuestro país.
A John Cuningham y William MacAndrew, como navieros, les interesaba mucho que la factoría se instalara en una zona ribereña, ya que así sus barcos tendrían más facilidad para proceder a la carga y descarga de los productos con los que comerciaban. Cuningham, además de consignatario de buques, fue director de la Junta de Obras del Puerto de Sevilla, cónsul de Inglaterra y de Estados Unidos y, además de realizar muchos negocios comerciales, intervino como promotor del cementerio de protestantes de la ciudad hispalense.
El 17 de noviembre de 1854, se constituye la sociedad con la denominación “Jorge Brander y Cía.”, con un capital de 25.000 pesetas, dirigida por este ciudadano inglés que, tras el acuerdo con los otros dos empresarios, Brander se convierte en el gerente de la nueva empresa, con amplios poderes para la gestión de la misma, estando dedicado a la fábrica de forma exclusiva.
El lugar idóneo para la construcción de la factoría se considera que es una parcela en la ribera fluvial de San Juan de Aznalfarache, buscando las ventajas que ofrecía esta orilla del Guadalquivir y se efectúa la compra de la hacienda de San Juan Bautista, el 20 de noviembre, en la antigua calle de la Borbolla, propiedad de María Manuela Cotiella e, inmediatamente, comienzan las obras de construcción de la fábrica, en unos terrenos, hasta entonces, dedicados a huertas, naranjales y plantaciones de orozús, productos que, en fechas anteriores, transformaban y cargaban en sus naves, con destino a Inglaterra.
Las obras finalizan en tiempo récord, por
lo que hay que pensar que debieron emplear también dependencias del posible
cortijo que existió en la hacienda, al menos, para las oficinas, despachos y
quizá algún almacén o taller y, poco más de un año después del inicio de la
edificación, en enero de 1855, la factoría ya produce piezas de calidad y las
lozas de Brander se harían pronto con una gran aceptación y prestigio en el
mercado nacional, comparables a las mejores vajillas inglesas de importación y
con un precio muy competitivo.
En el año 1856, ya se realza esta fábrica
de loza de pedernal, china opaca y porcelana a la inglesa, como notable, con
una producción de una perfección admirable y varios diarios dan la bienvenida a
esta nueva fábrica:
-“La Esperanza” (21 de abril): “En San
Juan de Aznalfarache, pueblo inmediato a Sevilla, acaba de establecerse una
gran fábrica de loza de pedernal, china y porcelana, que puede competir, según nos
dicen, en la elaboración de esta clase de manufacturas, con las mejores
fábricas inglesas, y de otros países”.
-“Diario de Barcelona” (24 de abril):
“Celebraremos que este nuevo establecimiento cumpla sus promesas por lo que nos
interesamos en el adelanto de la industria nacional”.
-“La Ilustración” (26 de mayo): “En el corto tiempo que cuenta de existencia la fábrica, sus productos han llegado a extenderse por toda la Península, de tal manera que apenas hay pueblo donde no se hagan uso de ellos. Las mesas servidas con más gusto van supliendo la loza extranjera por la de los Sres. Brander y Cía., que, compitiendo en calidad con aquella, la aventaja inmensamente por su baratura”.
Y además, la factoría sanjuanera se
describe con los últimos avances tecnológicos de la época:
-Ocho hornos-botella grandes para las
diferentes cochuras que se ofrecen, tanto de la loza común, como china opaca,
porcelanas, etc.
-Once talleres espaciosos, para diversas
operaciones, con toda su maquinaria: tornos, volantes y demás útiles
necesarios, como la maquinaria y planchas de estampaciones de origen inglés.
-Ocho almacenes grandes, para colocar la
loza en sus tres períodos: las tierras, barros y moldes para la elaboración.
-Siete balsas para lavar y tamizar las
diferentes clases de barro de que se compone esta manufactura.
-Cuatro molinos para los barnices, tierras y yeso.
-Seis prensas de hierro para las
impresiones de los dibujos de la loza.
Toda la maquinaria y las instalaciones funcionaban con grandes cantidades de materia prima importada, como los limos blancos para la fabricación de las propias lozas. Su director, Jorge Brander, gestionaba la compra de grandes cantidades de tierras para la producción de la fábrica, la cual, en aquellos primeros años, tenían una ventaja sobre La Cartuja, que se había proyectado con el condicionante de adaptarse a la enorme y vieja edificación conventual preexistente.
La factoría está situada en la margen derecha del río Guadalquivir, circunstancia que facilita la importación de las materias primas del extranjero, como también que sus productos sean exportados a todos los puertos de la Península Ibérica y de otros países, con el abaratamiento de coste de transportes consiguiente.
Inicialmente, las instalaciones ocuparon un espacio de 18.000 varas cuadradas de superficie, lindando por el este con el río, y por el sur, oeste y norte con un caserío de la villa, la cual, a su vez, se indicaba que distaba media hora (andando, suponemos) de Sevilla, pues la actualmente próxima barriada hispalense de Triana estaría por aquel entonces aún incipiente.
Muy típico de este tipo de establecimientos fue que la mano de obra cualificada era inglesa y la de menos responsabilidad técnica recayera entre los trabajadores de la zona (Tomares, Castilleja de la Cuesta, Triana y la villa anfitriona de San Juan de Aznalfarache). Es decir, la mayor parte de los operarios que se ocupan del funcionamiento de la fábrica fueron españoles; para las diferentes operaciones químicas, los grabados de cobre, dorados y esmaltes, los procedimientos más especializados estarían a cargo de profesionales anglosajones.
Los fundadores de esta fábrica previeron, inicialmente, para la misma, una duración mínima de tres años de existencia; sin embargo, tras su puesta en marcha, en los años siguientes se sucedieron varias crecidas del río de gran magnitud, las cuales afectaron a las instalaciones y provocaron importantes pérdidas de maquinaria, producción y materias primas, lo que posiblemente fue la causa de la venta de la fábrica en 1859. La inundación de las edificaciones de la factoría, la pérdida de materias de primas, los daños en las estructuras, las jornadas que no pudieron trabajar sus obreros… Aunque es desconocido el volumen de producción de aquellos años, las afecciones de los desastres naturales debieron provocar que fuera escaso para las ganancias.
Las pocas piezas que han llegado de esta primera etapa son de gran calidad, aunque todas pertenecen al tipo de las estampadas en distintos colores. Suelen mostrar una orla sobre el ala y escenas centrales de personajes y arquitecturas, aunque también otros objetos se decoran con motivos vegetales de intenso sabor romántico. La calidad de aquellas imprimaciones hace suponer que las planchas de esta primera remesa fueron traídas de Inglaterra y adquiridas a los mejores proveedores, algo no muy complicado, conociendo que los navieros Cuningham y Macandrew comerciaban con su país de origen, a través de sus barcos.
Los objetos producidos por la fábrica, en
esta etapa, aparecen marcados con un sello estampado de gran tamaño, en el que
figura la razón social en un óvalo inclinado. También se produjeron loza blanca
común, blanca fileteada en colores oro o plata y vajillas pintadas a pincel
sobre barro.
SEGUNDA ETAPA, 1859-1890: RAMÓN RODRÍGUEZ y
Cía. y también RODRÍGUEZ Y Cía.
Probablemente, los desastres naturales y sus consiguientes pérdidas, provocaron la venta de la fábrica en 1859, siendo el 5 de marzo de este año, adquirida por una sociedad de capital español, formada por los empresarios Ramón Rodríguez y Toledo, Francisco Cassá y Fábregas y Antonio Peralta quienes, en el mes de mayo, constituyen una nueva empresa para dirigir la factoría, con la denominación social Ramón Rodríguez y Cía. y el lema “Fabricamos loza de pedernal”.
La sociedad mercantil entre Francisco Cassá, vecino de Cádiz, Ramón Rodríguez y Antonio de Peralta, vecinos de Sevilla, bajo la razón social "Ramón Rodríguez y Compañía", con sede en la ciudad hispalense, para la explotación de una fábrica de loza establecida en San Juan de Aznalfarache (Sevilla), por tiempo de tres años prorrogables y bajo ciertas condiciones, quedó registrada en el despacho del notario gaditano Ricardo de Pró y Fajardo. La puesta en marcha de la nueva factoría sanjuanera, creada el 29 de mayo, pone al frente de la misma a Ramón Rodríguez, como nuevo gerente, director y administrador de la sociedad.
El registro de esta fecha, el año 1859, despistará a futuros cronistas y estudiosos sobre el inicio de la fábrica de loza en San Juan de Aznalfarache, creyendo que este sería su inicio, aunque como indicamos ahora, y seguiremos indicando más adelante, su verdadero comienzo estuvo datado en 1854.
A ninguno de los nuevos dueños de la factoría se les reconoce un vínculo directo con la producción de la misma: Rodríguez y Toledo importaba y exportaba muchos productos y era inversor para la construcción pública; Cassá y Fábregas era un importante comerciante, con base en Cádiz y relaciones con Cuba; y Peralta estaba en el sector del tabaco, siendo incluso administrador de la Tabacalera sevillana. Quizá por ello se mantiene a Jorge Brander en la dirección facultativa de la nueva empresa en su etapa inicial, así como el cuerpo técnico y especializado en manos de operarios ingleses.
No tenemos datos sobre la sede social de la empresa en la primera etapa, pero en esta segunda etapa y como quedó claro ante el notario gaditano, durante este tiempo, las oficinas estarían en algún despacho u oficina de los propietarios en Sevilla. Además, la necesidad de expandir el comercio lleva a sus dirigentes a poner en marcha la primera tienda de los productos de loza y cerámica de esta factoría. En enero de 1860, concretamente, en la calle de las Sierpes, en la casa que está frente al despacho de papel de los señores Ferrer y Vidal, se abrirá un almacén de loza de porcelana, procedente de la fábrica de San Juan de Aznalfarache que iba progresando, cuando ya llevaba a Sevilla sus productos, para que el público pueda juzgar su mérito.
A pesar de las aportaciones económicas de Cassá, en mayor medida que las de Rodríguez y Peralta, la empresa tuvo dificultades financieras desde el principio, pues además se solicitó un préstamo a Juan Manuel Manzanedo, que quedó pendiente de pago durante varios años.
No llegó a pasar un año de la constitución de la nueva empresa, el 17 de mayo de 1860, cuando Francisco Cassá se separa oficialmente de la Sociedad mercantil que habían creado el pasado 29 de mayo de 1859, junto a Ramón Rodríguez y Antonio de Peralta, mediante escritura pública ante el escribano gaditano Ricardo de Pró y Fajardo, bajo la razón social Ramón Rodríguez y Compañía, con sede en Sevilla, para la explotación de una fábrica de loza establecida en San Juan de Aznalfarache (Sevilla); los socios restantes crean una nueva sociedad, Rodríguez y Compañía, con el mismo objeto social.
Francisco Cassá, quizá por ser quien más dinero había aportado hasta entonces y ante la baja rentabilidad de beneficios de esta corporación, o por discrepancias con los otros propietarios, decide darse de baja de la sociedad, aunque no le sea devuelto su capital invertido completo, quedando así la empresa hipotecada a su favor por muchos años. Será sustituido por su hijo, Cassá y Rouvier, que aporta un nuevo capital. Como hemos indicado, en menos de un año, la empresa pasa a denominarse Rodríguez y Compañía.
Según documentos de la época, en este primer año de esta segunda etapa, Brander fue sustituido por Felipe del Callejo y Fontaine, procedente de la fábrica de cerámica en Valdemorillo, ocupando el cargo de director facultativo hasta enero de 1865, en que solicita que le sean abonados sus beneficios con carácter retroactivo durante aquellos años. Parece que la nueva sociedad propietaria tiende a contar con más españoles en su equipo, pues se contrata a Manuel López como jefe del taller de estampación y a su hermano José María, como encargado del almacén de fábrica.
Dos años más tarde, en el mismo mes de junio, es Antonio Peralta quien decide separarse de la empresa y recuperar su capital, también por motivos no conocidos.
En la década de los años sesenta, en plena vigencia del arancel proteccionista de 1849, supone una época en la que se encontraban en plena producción la primera generación de fábricas españolas de loza fina (Sargadelos, Pickman, Busturia, Cartagena, Valdemorillo y San Juan de Aznalfarache), y sucedió la denominada “moderna lucha entre la porcelana y la loza”, que parecía estarse saldando, incluso en términos absolutos y no sólo de tasas de crecimiento, en beneficio de la segunda.
En la madrugada del 10 de agosto de 1861 se declaró un fuerte incendio en la fábrica de loza y, aunque el fuego pudo cortarse pronto, las pérdidas ocasionadas fueron de consideración.
En septiembre de 1862, en una visita de
los Reyes de España, Isabel II de Borbón y su esposo, Francisco de Asís de
Borbón, a la fábrica de La Cartuja, el periódico “El Reino”, se refiere con las
siguientes palabras a su rivalidad con la factoría sanjuanera:
“Hoy
tiene La Cartuja una activa y temible rival en la fábrica de San Juan de Aznalfarache,
provocando el concurso de ambas especulaciones sus naturales efectos en el
estímulo de la fabricación y en la ventaja de los consumidores que ha de ser
consiguiente y, en rigor, provechosa a los mismos fabricantes”.
De hecho, la Reina Isabel II, tras ser informada de la existencia de otra fábrica de loza en los alrededores, de no menos importancia que la hispalense, se acercó también hasta esta pequeña villa (aún aldea de Tomares), por la admiración que sentía hacia los objetos fabricados en estas industrias. Que aquella visita fue realidad lo atestiguó un recuerdo guardado por los descendientes del alcalde de la villa: un bastón de mando de nobles maderas y la empuñadura de plata, que la Reina envió al regidor, por este carecer de un elemento digno que le reconociese como tal.
Y si un par de años antes, la empresa abría tienda en la ciudad de Sevilla, para promocionar sus productos directamente en la urbe hispalense, también buscaría expandirse en los mercados de otros países, con la presencia de artículos de loza fina en la Exposición Internacional en Londres, en noviembre de 1862, donde acudió como representante el propio Ramón Rodríguez. Curiosamente, otra empresa afincada en San Juan de Aznalfarache también estuvo presente en este certamen: la fábrica de perfumes de Court e Hijo. Además, participó en dicha muestra la factoría de cerámica de La Cartuja, en su competencia con su rival sanjuanera.
En marzo de 1863, la sociedad que controlaba la fábrica solicita un tercer préstamo, en este caso, a la Sociedad de Crédito Comercial, dependiente del Banco de Sevilla, una deuda que no llegaría pagarse por completo, pues la factoría presentaba serios problemas financieros, que requerían nuevas capitalizaciones. Antes de junio del mismo año, Rodríguez y Cía. presenta, ante el Tribunal de Comercio de Sevilla, un expediente de quiebra y solicita un aplazamiento del pago de las deudas a sus acreedores; la Sociedad de Crédito Comercial accede a la solicitud.
Estos préstamos, aparte de la posible dificultad de efectivos económicos que supusieran, también eran para la expansión de la marca, pues en junio del mismo año, la prensa barcelonesa comunicaba una noticia, según la cual, en la propia Ciudad Condal, se había producido la apertura de un depósito de loza de la fábrica de San Juan de Aznalfarache, que el Sr. Rodríguez ha puesto en marcha en la calle Escudillera, en un espacioso local, con variados objetos muy bien colocados para llamar la atención de los posibles clientes.
Estos tiempos debieron ser muy confusos para la comercialización de la producción, porque, en 1865, encontramos un nuevo anuncio de venta de loza de San Juan de Aznalfarache, también en la ciudad de Barcelona, pero con una dirección distinta: “Cambios Nuevos, Nº. 1”. A nuestro modo de ver, hubo una expansión comercial de la factoría sanjuanera a otras ciudades, al menos, como mencionamos a Barcelona, al menos con puerto, por la facilidad de trasladar la mercancía por barco, siguiendo la costa.
Junto a esta expansión de locales para la
venta del producto cerámico, también hicieron una fuerte campaña publicitaria
en prensa. En este caso, encontramos que, entre diciembre de 1863 y noviembre
de 1864 (probablemente, con un contrato
anual para la difusión de los mismos), aparecen un montón de anuncios, con
dos tipos de textos, evolucionando de uno más corto de texto a otro más largo,
con más detalle.
Texto del anuncio largo:
“Almacén-depósito de loza de pedernal, china opaca y porcelana de la fábrica de San Juan de Aznalfarache, calle de las Sierpes, número 116. Gran surtido de loza de todas clases y un variado surtido de vajillas. Se reciben encargos para: vajillas con iniciales; adornos, como los deseen, a gusto del consumidor. Además, hay un variado surtido de cristal en vasería, extranjero y del reino, cristales planos de doble grueso para sierros. Se ponen a domicilio a precio de fábrica”.
La publicidad en prensa, la participación en eventos, las promociones, las tiendas en Sevilla y Barcelona (las dos de las que tenemos información), el incendio de 1861… Debieron hacer aumentar los costes de la producción en la fábrica. Y aunque en sus inicios, esta industria, afincada en San Juan de Aznalfarache, consiguió, por la calidad y precio de sus productos, una reputación bien merecida, con la crisis financiera del año 1866, este negocio, como otros muchos de la capital hispalense, acabaron abandonados.
Tras pedir un nuevo préstamo a Manuel
María Munilla (subdirector del Banco de
Sevilla), la deuda personal que Cassá tenía con la entidad hispalense hace
que, finalmente, el comerciante le ceda parte de su propio crédito y la
garantía hipotecaria a la institución financiera, de forma que dicha entidad
queda como la principal acreedora de la empresa de loza. De hecho, Cassá
hipotecó su casa en Cádiz, por un valor de 330.000 reales.
La producción en la factoría se mantiene, pero en enero de 1867, la Junta General de Accionistas de esta industria decide solicitar un nuevo préstamo al propio Banco de Sevilla, con la garantía de las existencias de la fábrica, dado que todo lo demás ya estaba hipotecado. Con motivo de esta operación, se realiza un gran inventario y valoración de los objetos elaborados. Su situación económica sería tan mala que, la empresa radicada en San Juan de Aznalfarache, ya no es capaz de presentarse a la Exposición Universal, que se celebra en ese año en París, pero sí lo hace su cercana rival de La Cartuja.
En aquella época, en la que la economía nacional estaba empeorando, la situación de la producción de la fábrica y sus ventas también se fueron deteriorando, hasta que, en agosto de 1868, Rodríguez y Cía. presentó su tercera y definitiva quiebra.
Los años 1868 y 1869 debieron ser un desastre para el trabajo en nuestra localidad, pues al cierre de la industria de la cerámica se sumaría la compra de la gran fábrica de perfumes, por parte de la familia Luca de Tena, para su eliminación y traslado de todo lo reutilizable a sus instalaciones en la periférica barriada sevillana de Torreblanca. Los hombres y mujeres, tanto de nuestro pueblo, como de los alrededores, que trabajaban en estas empresas perdieron su forma de ganarse la vida.
Unos elevados derechos a la entrada de las lozas extranjeras bastaron para dar nacimiento a media docena de fábricas, la mayor permeabilidad de las fronteras a lo largo de los veinte años de librecambismo comprendidos entre los aranceles de 1869 y 1891, habrá de traducirse, sin casi mediación, en una significativa crisis. Tan solo un año después de la entrada en vigor del primero de los aranceles señalados, y como consecuencia de la profusión de loza extranjera que acude a todos los mercados de nuestra Península, varias fábricas habían tenido que apagar sus hornos (Sargadelos, San Juan de Aznalfarache y otras catalanas), al tiempo que la mayor y más potente de todas ellas, la sevillana de La Cartuja, se encontraba “a medio trabajo”.
Si bien es en la tercera etapa de la fábrica cuando más se menciona la existencia de un muelle fluvial para la factoría, este debería existir desde varias décadas antes; de hecho, en septiembre de 1870, consta que las únicas mercancías que se podían cargar y descargar en esta estructura ribereña de San Juan de Aznalfarache eran las de la fábrica de loza: “Para el embarque de loza y desembarque de carbón, ladrillos y demás primeras materias para la fabricación de dicho producto, con documentación de la aduana de Sevilla”.
Muy interesante el artículo de “La Gaceta
de Industrial”, de enero de 1871, que explica la situación de crisis en aquella
época:
“Estado de nuestra Industria. La fábrica de La Cartuja de Sevilla viene encontrándose a medio trabajo, pues de unos 1.100 operarios que ocupaban sus talleres, sostiene en la actualidad solamente algunos 500, y aun de estos se encuentran parados en el día los dedicados a los talleres de estampación, construcción de platos, de donde sallan diariamente 800 docenas, y el de elaboración de las piezas auxiliares en la cochura de los platos, denominadas ‘patas de arañas’ que, en igual tiempo, producían 2.000 docenas. Esta adversa situación es debida a la profusión de loza extranjera, que acude a todos los mercados de nuestra Península, pues a pesar de no ser de tanta duración como la de La Cartuja, obtiene gran consumo, merced a la lamentable idea de que, en general, existe de que todo lo extranjero es mejor que lo de nuestro país, y a la fuerte reducción que se ha llevado a cabo en las tarifas de derechos de importación de la loza, bajo cuya garantía se estableció La Cartuja, y otras que con peor suerte, como la de San Juan de Aznalfarache, Sargadelos en Galicia, y las de Cataluña, se han arruinado completamente en perjuicio de sus empresarios y de la industria nacional”.
En 1872, la fábrica sanjuanera es adjudicada a su principal acreedor: la Sociedad de Crédito Comercial, dependiente del Banco de Sevilla. La Comisión Liquidadora decidió, en enero de 1875, alquilar la factoría a José Rodríguez Rivero, un activo empresario sevillano que no llegó a reanudar la producción y tuvo bastantes problemas judiciales, con un pleito que durará hasta 1890.
Durante ese período de inestabilidad en la
industria sanjuanera, la misma Comisión Liquidadora del Banco de Sevilla también
alquiló las instalaciones a otro empresario, Cayetano Carees Losada, vinculado
a la competencia de La Cartuja y a su fundador, Carlos Pickman. Pero tampoco
consta que llegara a poner en marcha la producción de una fábrica que ya
estaría padeciendo las consecuencias del abandono. Sí se hizo con la propiedad,
para venderla al nuevo grupo interesado en su explotación.
A pesar del casi cierre de la industria, sí tendría algo de movimiento, pues, en noviembre de 1884, encontramos la habilitación del muelle fluvial en San Juan de Aznalfarache, para el embarque de loza y desembarque de carbón, ladrillos y demás primeras materias, destinados a su fabricación.
A pesar de la mala situación económica, en esta segunda etapa, se siguió fabricando loza de estilo inglés y se amplió la producción a la loza decorativa de uso doméstico y el género sanitario. También se emprenden algunas obras, como la construcción de unos nuevos almacenes. Son especialmente características las estampaciones negras, azules, rosas, violetas o verdes, con escenas campestres inspiradas en la pintura de género inglesa y holandesa, con paisajes de majestuosos árboles, rústicas casas de labor y vacas pastando en apacibles prados.
Nos queda una incógnita sobre la
fábrica en este período, en relación con el pueblo, pues en 1886, se realizó el
magnífico retablo cerámico como altar a Nuestra Señora de las Mercedes, en el
mausoleo de la familia Parladé, junto a la actual Iglesia parroquial de los
Sagrados Corazones (parte ahora de su sacristía), la mejor y mayor construcción
cerámica que existe en San Juan de Aznalfarache, incluida la fabulosa
estampación dorada en los azulejos de la parte inferior. Según los
especialistas, esta obra de arte no pudo partir de las manos de uno o varios
profesionales, sino que debió haber sido construida por un conjunto de
especialistas, con maquinaria adecuada, en una factoría, pero no se encuentra
firma. ¿Pudo ser realizada por La Cartuja, que se encontraba a medio trabajo, o
fue un encargo especial para la fábrica sanjuanera, que estuvo casi cerrada
entre 1868 y 1890?
TERCERA ETAPA, 1890-1919: SANDEMAN,
MACDOUGALL y Cía.
La factoría sanjuanera fue comprada el 1 de julio de 1890: “Se
ha vendido en 17.000 y pico de duros, a una sociedad de capitalistas ingleses,
el edificio que fue fábrica de loza en San Juan de Aznalfarache. El edificio
pertenecía a la cartera en liquidación del Banco de San Fernando”.
Hay algo muy curioso en la historia de nuestro pueblo, pues justo dieciocho días después de la fecha indicada, se publicó en “Gaceta de Madrid” (antigua denominación del “Boletín Oficial del Estado), la segregación del término municipal de San Juan de Aznalfarache, con respecto a la Casa Consistorial de Tomares, de la que dependía administrativamente. En los meses previos a este mes de julio, ya fue presentada la propuesta para esta separación. ¿Fue un proceso paralelo al de la compra y reactivación de la fábrica de loza? ¿Pudieron tener algo que ver ambos sucesos tan diferentes, pero tan coincidentes en fechas?
Con la compra por la sociedad formada por Ernest Albert Sandeman, John Samson Macdougall y Walter John Buck y Kemp, se desarrollará el período de mayor esplendor para esta fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache, en producción, ventas y calidad.
Los conflictos políticos entre Francia e
Inglaterra, entre 1872 y 1897, tendrán, entre sus consecuencias económicas, la
intensificación de relaciones comerciales entre anglosajones y andaluces,
siendo los vinos galos sustituidos, en el mercado inglés, por los cultivados en
el sur de España. Esta activación del mercado de los derivados de la uva
también servirá para otros sectores de la economía andaluza. Probablemente, de
estas circunstancias surja el interés de comerciantes vitivinícolas británicos
por la fábrica en el término municipal de San Juan de Aznalfarache.
Ernest Albert Sandeman (1860-1936), hijo de Albert Georg Sandeman, propietario de una importante empresa de comerciantes de vinos y cultivadores de la vid que, entre otros puestos, llegó a ser director del Banco de Inglaterra, trabajó en la empresa paterna en Oporto y en Jerez de la Frontera. De esta cercanía y de tener una amplia formación en la fabricación de loza, escribiendo un libro sobre el tema “Notes on the Manufacture of Eathernware”, se convirtió en el nuevo socio industrial de la fábrica. Estos conocimientos pudieron motivar la profunda renovación de la firma, que incluiría los últimos adelantos anglosajones, tanto en lo técnico, como en lo artístico.
John Samson Macdougall era un británico que llevaba años afincado en Sevilla, comerciando con productos agrícolas y también con vinos, pero, sobre todo, con minerales provenientes de Sierra Morena. Con la titulación de ingeniero de minas, será quien gestione la compra de materias primas y quien se encargue de las tareas de administración desde su oficina en el Patio de Banderas del Real Alcázar hispalense, donde tenía su sede comercial la fábrica de loza y las otras empresas a las que estaba vinculado.
El tándem Sandeman – Macdougall (cuyos nombres acabarán constituyendo la imagen de marca de la producción de la fábrica), con la aportación capitalista de Walter John Buck, compran la factoría en julio de 1890, al Banco San Fernando de Sevilla, tras 11 años de mínima actividad y con muestras de abandono y deterioro de las instalaciones. Por tanto, la fábrica de loza vuelve a manos británicas.
El tercer socio, el también inglés y empresario vinícola Walter John Buck y Kemp, no tenía vínculos con la industria cerámica y fue un mero capitalista para esta sociedad sanjuanera. Tenía trato con la familia Sandeman desde que, en 1879, compraron juntos la firma Laborde-Permatin. Además de buen empresario, era un apasionado de las artes y la música, la naturaleza y la caza. Cuando falleció, transmitió a sus hijas Dorothy y Violet su poder en la fábrica. Tanto los Sandeman, como los Buck eran personas de gran cultura y ello debió influir de forma decisiva en el altísimo nivel de calidad que demuestran las cerámicas producidas por los hornos en esta tercera etapa, la mejor en cuanto a la perfección de la técnica y artística de sus trabajos.
Estos nuevos propietarios renuevan y mejoran el muelle fluvial en el río Guadalquivir, en propiedad de la empresa, anexo a sus instalaciones, para el atraque de barcos, que aportaban las materias primas (especialmente, el limo británico, para la fabricación de porcelanas), y para el embarque de la producción. Ciertamente, tenemos conocimientos de esta estructura, al menos, desde el año 1870, pero como los primeros propietarios tenían también barcos, puede ser que existiera desde los primeros años.
La nueva fábrica de loza se inaugura a finales de marzo de 1891, menos de un año desde su compra, aprovechando muchas de las instalaciones ya construidas y existentes, modernizando la maquinaria y los procedimientos para la producción.
Reproducimos a continuación, con otro tipo
de letra y de manera textual, un artículo del año 1893, sobre esta renovada
factoría y su funcionamiento:
Fabricación
de productos cerámicos situada en la margen derecha del Guadalquivir; radica en
el inmediato y pintoresco pueblo de San Juan de Aznalfarache, a muy corta
distancia de esta capital.
Los Sres.
Sandeman, Macdougall y Cía concibieron el proyecto de reanudar la interrumpida
fabricación, empezando por adquirir su propiedad, reconstruyendo la mayor parte
del edificio, invirtiendo en ello sumas de consideración y no escaseando medios
para dotarla de todos cuantos utensilios más modernos se conocen para esta
clase de fabricación, colocándola a la altura de las principales de su clase,
tanto de España como del extranjero.
Basta pasar a
ella para convencerse de las grandes innovaciones introducidas, máquinas
automáticas, construidas por la mejor casa conocida, para toda clase de
objetos, con la considerable ventaja de encontrarse al alcance de nuestros
operarios, por la sencillez de su manejo, evitando trabajo y procurándoles un
jornal crecido, consiguiendo al mismo tiempo completa perfección en su obra y
exuberante producción.
Hasta este
día, la loza hecha en España, aunque de buena apariencia, ha carecido siempre
de consistencia, no pudiendo resistir el fuego; por las materias especiales de
que esta está compuesta, no solamente lo resiste, sino que no desmerece de las
demás, en su color ni fortaleza.
Esta fábrica
tiene, además, la inmensa ventaja de poseer un muelle propio sobre el
Guadalquivir, donde los buques de más calado que entran en este puerto pueden
verificar las operaciones de carga y descarga con la mayor prontitud y
facilidad.
Los dueños de
esta fábrica, en vista de la mucha importación de loza extranjera a España, sin
que reporte beneficio alguno a los hijos de nuestro país, han dedicado todo su
cuidado a conseguir (como lo han hecho después de incomparables esfuerzos), una
clase de loza que puede competir con las de las mejores fábricas de Alemania,
Francia e Inglaterra, hecha esta por operarios españoles, proporcionándoles para
ello maquinaria y primeras materias de la misma clase a las que emplean en las
citadas fábricas.
Aconsejamos a
nuestros lectores que hagan una visita a esta fábrica, pues además de un viaje
de recreo, tan cómodo como económico, por medio de los vaporcitos de los Sres.
Camacho y Cía., que hacen varios al día, puedan al mismo tiempo convencerse y
formar una idea exacta de lo que tan ligeramente dejamos indicado, por los
curiosos mecanismos y buena organización de ella.
Los pedidos serán atendidos, y se facilitarán a las personas que lo soliciten catálogos de precios, dirigiéndose a los Sres. Sandeman, Macdougall y Cía, en su oficina en Sevilla, Patio de Banderas, núm. 4, quienes atentamente recibirán a las personas que deseen visitarla, proporcionándoles carta de introducción.
Curiosamente, a pesar de todo lo señalado como invertido en modernizar la factoría y aunque, tal vez, sólo fuera por tener su sede social fuera de San Juan de Aznalfarache o quizá, solamente por estar tan inmersos en la situación de la fábrica, la cuestión es que Sandeman, Macdougall y Cía. eran declarados deudores de los pagos públicos a la Diputación Provincial, a través del Ayuntamiento de nuestra localidad, y así fue publicado en el Boletín de la Provincia de Sevilla, en junio de 1893, con la cantidad de 643 pesetas y 51 céntimos, una cantidad importante para la época, a nuestro entender. Hay que suponer que procederían a pagarla, para no entrar en conflicto con la Administración Pública.
A medida que vamos avanzando en la historia de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache, también encontramos más hechos que aparecen en prensa, como el que se hallara, en junio de 1895, el cadáver de un joven de 23 años, junto a Tablada. Según las averiguaciones practicadas, el muchacho era el tripulante de un vapor de nacionalidad inglesa, con cargamento de tierra para la fabricación de loza fina en la factoría de San Juan de Aznalfarache. El chico se estaba bañando en el río, en algún momento de esparcimiento, cuando tuvo la desgracia de sumergirse y quedar atrapado por la corriente.
Y si ya mencionamos que los años 1868 y 1869 (y siguientes) debieron ser un desastre para el trabajo en nuestra localidad, por el cierre de la industria de la cerámica y de la gran fábrica de perfumes, en enero de 1897, nuevamente se genera una situación desastrosa para el empleo por “la aflictiva situación por que atraviesa la clase trabajadora del pueblo de San Juan de Aznalfarache, por efecto de las dos últimas riadas, ha venido a agravarse por el hecho de haber despedido, de la importante fábrica de loza allí establecida, a muchos obreros que aún la trabajan, porque las labores se han reducido por la dificultad para los embarques”. Los hombres y mujeres que trabajaban en esta industria, nuevamente, vivieron unos tiempos difíciles, esta vez provocados por las inclemencias del tiempo, que provocaría la salida del río de su cauce y la imposibilidad de trabajar en las instalaciones de la empresa.
Un año después, 1898, y suponemos que con el funcionamiento de la fábrica nuevamente a pleno rendimiento, el día 3 de febrero, salieron para la población hispalense de Isla Mayor, y su inmenso campo cultivable, una expedición de caza, en la que se incluían los propietarios de la fábrica de cerámica de San Juan de Aznalfarache: señor Macdougall (don Juan) y Sandeman (don Ernesto). Y es que la activa colonia británica que, a finales del siglo XIX, estaba asentada, principalmente, en Sevilla y Jerez de la Frontera, disfrutaba de un refinado ambiente cultural y artístico, fruto de las influencias innovadoras del Imperio británico, emanadas desde Londres, ciudad con la que mantienen estrechas relaciones, a través de sus negocios de exportación e importación. Sandeman (especialmente) y Macdougall imprimen a su empresa de San Juan un nuevo y elevado nivel de excelencia y su renovada producción se convierte en un éxito en los mercados nacionales e internacionales. Nuevamente insistimos en que esta etapa está considerada por los expertos, sin lugar a dudas, la mejor de toda la historia de esta industria local, por su elevada perfección técnica y el alto nivel de sus diseños y su calidad artística, además de la diversidad de productos que se ofrecen.
En la ciudad de Sevilla, en junio de 1898, tuvo lugar el concurso de Cerámica celebrado en la Casa Lonja, con gran variedad y riqueza de productos expuestos y, con cuyo examen, hallaron los especialistas mucho que estudiar, sacando en consecuencia que la industria de la cerámica tenía, en España, grandísima importancia en aquellos tiempos. Los Sres. Sandeman, Macdougall y Compañía, en nombre de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache, se presentaron a este certamen con ladrillos de todas formas, objetos de barro refractario, vajillas, juegos de lavabo, etc., de loza de pedernal pintada y estampada, además de otros objetos de uso doméstico. Sin embargo, no obtuvieron mención por parte del jurado del certamen.
Poco antes de la entrada del nuevo siglo, se implanta una nueva técnica procedente de Inglaterra: las calcomanías mediante planchas de estampación, un sencillo método que permitía aumentar considerablemente la producción y su abaratamiento, al necesitar menos operarios especializados. Sucesivamente, se van sustituyendo los técnicos británicos por personal de la localidad y del entorno, lo cual significa un menor coste laboral para la empresa y se incorporan muchas mujeres lugareñas, que se dedican a la decoración de las piezas, con la consiguiente reducción de precios que, a su vez, acrecienta su introducción en los mercados. Las vajillas y los otros productos cerámicos de Sandeman y Macdougall, elaborados por este procedimiento de estampación, crearon gran sensación entre el público asistente al certamen industrial, en Sevilla, en aquel año de 1898.
En el surgimiento de las “piezas artísticas”,
siguiendo la tradición francesa instaurada por Sèvres, se comienzan a hacer
numerosos platos, placas y objetos ornamentales, bajo la dirección artística de Gilbert Paillet, creador de origen galo,
formado especialmente en la pintura del vidrio y la porcelana. Su trabajo
comenzó alrededor de principios del siglo XX y fue transmitido a sus discípulos: Antonio Vega e hijo, de
nombre y apellido homónimos, quienes serán los autores de las mejores piezas en
la siguiente y última época.
En marzo de 1900, encontramos un nuevo
artículo que explica la vida en la fábrica sanjuanera en esa época y que, por
su importancia, reproducimos de forma íntegra y textual:
A
muy corta distancia de Sevilla, en San Juan de Aznalfarache, pequeño pueblecito
situado a orillas del Guadalquivir, se eleva gallarda y majestuosa, la fábrica
de los Sres. Sandeman, Macdougall y Compañía, extranjeros en el nombre, pero
españoles de corazón, a quienes nuestra patria debe mucho, no sólo en simpatías
y aprecio por espontánea y legítima reciprocidad de sentimientos, sino también,
y a título de agradecida, por los provechosos favores que la prodigaron en
beneficio de nuestra industria nacional.
No
es la primera vez que la prensa de España se ocupa de esta importante fábrica.
Yo he tenido ocasión de leer minuciosas y correctas descripciones de la misma
y, en todas ellas, el articulista, rindiendo un tributo de admiración y respeto
al productor honrado y al industrial activo e incansable, no escatima sus
plácemes, ni resta sus elogios, ni regatea sus aplausos a aquellos que supieron
colocar tan importante rama de nuestra industria a una altura tan envidiable y
floreciente.
Ocupa
esta fábrica una gran extensión de terreno. En ella, los Sres. Sandeman y
Macdougall han invertido cuantiosos bienes, y tras ellos, muchas energías de su
espíritu, exteriorizadas por inmensos sacrificios y trabajos. Centenares de personas la visitan a diario,
atraídas por la justa fama de sus materiales, admirando el orden y matemática
precisión con que se llevan a cabo las múltiples operaciones de su vida
ordinaria. Y es que, en el anchuroso edificio, donde tienen trabajo diario más de 400 obreros de ambos sexos, hábiles
auxiliares de poderosa y complicada maquinaria, y donde constantemente se
produce, tanto para vender en igual cantidad y al día, no falta el más pequeño
detalle que pudiera entorpecer su marcha regular y progresiva. Una dirección
acertadísima y competente; un personal laborioso y honrado, inteligente y
práctico; una soberbia maquinaria, en cuya adquisición, y por lo fabuloso de su
coste, no hubieron de vacilar un momento los Sres. Sandeman y Macdougall; una
muy buena y discreta administración; mucho entusiasmo en cada uno y gran
pericia y honradez en todos los que contribuyen con su iniciativa y actividad en
tan plausible empresa, y he aquí el secreto de aquel orden prodigioso, que
maravilla a todo el que visita este gran centro productor.
Como
el edificio fue pensado y construido para el objeto al que se dedica, sobresale
de él un amplio muelle de embarque, que
facilita la rapidez con que se verifican estas faenas, toda vez que permite
atracar a cualquier buque, de cualquier calado que sea, sin riesgo ni
peligro de ninguna clase.
Hablar
de los materiales que fabrica esta casa sería poco menos que perder el tiempo;
su acreditada marca es conocida ventajosamente sobre todas las de la Península,
pudiendo rivalizar con las de las
principales fábricas extranjeras; así que nuestras palabras sobran donde
los hechos, con su clara lógica, demuestran con tanta evidencia los elogios que
de los mismos pudiéramos hacer, inspirándonos en la más severa justicia.
Los
ladrillos refractarios que fabrica son de una calidad tan excelente, que no hay
construcción de horno y sus similares donde no se utilicen; tales son sus
resultados satisfactorios y que han dado justa fama a la marca que le sirve de
garantía.
La
cerámica artística, su porcelana y loza blanca, estampada y dorada, mayólicas,
azulejos con lustres hispano-árabes, vidrieras decoradas con esmaltes cerámicos
para iglesia, ladrillos huecos, tejas francesas y otros muchos artículos más,
son un prodigio en belleza y gusto artístico.
Visible
a cuantas personas la visitan es su inmensa fabricación, dato tal vez el más
elocuente de la calidad de sus productos, los que, por su variedad, bondad y
resistencia al fuego, son insubstituibles por otros de marca más o menos
conocida y acreditada.
El
surtido existente para atender a la mayor brevedad a los pedidos, es mayor y
más variado que el de ningún otro establecimiento de índole análoga, verdad
que, pueden nuestros lectores comprobar pidiendo a las oficinas del mismo,
tarifa o nota de precios, que recibirán con la prontitud que le sirve de norma
en todas las operaciones que en él se llevan a cabo diariamente.
Pídanse
toda clase de primores en sus artículos, y ellos saldrán del punto en que se
les diera vida lo más acabados y perfectos posible; solicítense con urgencia, y
ellos llegarán con la prontitud deseada; compárense luego con los de otras
marcas y fábricas, y en esa comparación hallaremos el mejor elogio para la de
los Sres. Sandeman Macdougall y Compañía.
Unidos a estos nombres están otros, que no omitiremos en nuestro artículo para no pecar de injustos, toda vez que, con los citados señores, compartieron trabajos y sacrificios, sirviendo de complemento a la obra alcanzada, y coronada hoy por el más lisonjero de los éxitos. D. Manuel Sant, D. Ricardo Sant y D. Francisco Gómez: director artístico de la sección de cerámica, el primero; distinguido auxiliar en la misma sección, el segundo; y honrado e inteligente administrador general de la fábrica, el tercero, han cedido con absoluta fe y generosa esplendidez todas sus energías y entusiasmos para la realización de los fines conseguidos. Muy justo es, por tanto, que para esta parte del alto personal de tan importante centro, guardemos siempre un elogio y aplauso sincero, con el que podamos rendir un justo y desinteresado tributo de admiración y de simpatías.
En marzo de 1903, la dirección de la fábrica de loza continúa con actividades de promoción de sus productos y por los lazos familiares y comerciales con Jerez de la Frontera (Cádiz), participaron en la Exposición del Fomento de las Artes en las industrias nacionales, que se realizó en dicha urbe entre 1902 y 1903, mostrando un magnífico y completo muestrario de toda clase de objetos que estuvieron a la vida del público asistente al evento.
Otro artículo del año 1903, de gran
extensión al ocupar dos páginas y titulado “La industria nacional: Fábrica de
loza fina y ladrillo refractario de los Sres. Sandeman, Macdougall y Compañía”,
nos aporta muchos detalles (aunque sin
datos cuantificados concretos), sobre cómo desarrollaba la fabricación en
aquella época, destacando la existencia de una sala de exposiciones para las
visitas que querían conocer la factoría y sus productos, y un frontón para los
ratos libres de los operarios.
Existe
una fábrica importante, de la que salen con abundancia fabulosa productos de
cerámica que constituyen la general admiración por su belleza, por su calidad,
por el arte que en ellos se observa, fundada por los Sres. Sandeman, Macdougall
y Compañía, ingleses que trajeron el alto espíritu mercantil, industrial y
práctico que les caracteriza, cualidades que, unidas al buen gusto y delicado
estilo tradicional en la vieja y reputadísima cerámica sevillana, formaron el
grandioso conjunto que representa esta respetable fábrica.
El
primer objetivo que persiguió esta Sociedad al constituirse, fue procurarse los
más celebrados modelos de cerámica de la inimitable escuela sevillana, y
rodearse de personal técnico y artístico inteligente y apto, con cuyo concurso
pudo reproducir aquellos con perfección
absoluta, despejándolos a la vez de las imperfecciones que su antigüedad
ofrecía y, con tal sistema, llegó a
adquirir la fábrica tal importancia, que hoy figura como una de las más
respetables, contando con muy cerca de 400 operarios de ambos sexos, que
diariamente prestan sus servicios con complacencia suma, porque allí
encuentran cuanto el obrero ansia en estos tiempos en que la clase está
continuamente pidiendo reformas que redunden en su beneficio.
El
espacio que ocupa es inmenso, comprendiendo una superficie de varias hectáreas,
cercadas por muros que lame tranquilo el Guadalquivir, en el que tiene la casa un magnífico muelle de su propiedad, al que
pueden atracar buques de todos los calados, y en aquel recinto existen
diversas y múltiples dependencias…
Dependencias:
-Vasto
salón de máquinas donde se genera la fuerza que pone en movimiento activo toda
la fábrica
-Departamento
de modelos de cuantos trabajos en esta fábrica se ejecutan.
-Grandes
balsas o molinos batidores, donde se mezclan y agitan los barros, que pasan
después a las prensas, en las que se transforman en un cuerpo resistente y
compacto, pero maleable y dúctil.
-Inmenso
taller de confección, en el que se da a aquel finísimo barro formas de variedad
infinita, con modernas máquinas.
-Amplios
secadores a vapor, en los cuales los objetos fabricados se enjugan y endurecen
en muy poco tiempo, y después van a los hornos, que constituyen una vasta
galería.
-Almacén
amplio, en el que se deposita la loza que sólo ha pasado una vez por el horno,
y por eso llaman a este local el almacén de bizcocho.
-Talleres
donde se fabrican los ladrillos refractarios.
-Varias
salas de baño y estampación.
-Talleres
de grabado y pintado de las obras de cerámica.
-Sala
de reparación de loza, donde, una vez que los barros están cocidos
definitivamente, se clasifican y distribuyen para el envío a los departamentos
auxiliares.
-Los
talleres de calderas, carpintería y herrería, se encuentran distribuidos en una
larga galería, en la que también existe un local, en el que se hallan
instalados molinos trituradores de colores y barnices.
-Se distingue esta fábrica de otras
similares por los hornos llamados ‘muflas’, que se destinan a fijar los
esmaltes.
-Unos
almacenes generales y de empaque, que ocupan amplios salones, con una galería,
en donde ostenta un muestrario soberbio, con infinidad de preciosidades salidas
de sus talleres, primorosas labores que constituyen la mejor representación de
las que en la cerámica se pueden producir.
-Un
frontón, en el que suelen jugar en los ratos de ocio empeñadísimas partidas de
pelota.
El
director técnico es D. Samuel Sant,
a quien su hermano D. Ricardo ha venido secundando de una manera eficaz y
admirable en todas sus empresas e iniciativas. El puesto de director
administrativo lo ocupa D. Francisco
Gómez, un hombre celoso, probo e inteligente y activo.
Debido a cambios legislativos en 1906, relativos al arancel de aduanas, las empresas españolas, dedicadas a la fabricación de cerámica, sufrieron una merma en sus beneficios y, como problema derivado, comenzaron las propuestas para reducir el número de empleados lo que, a su vez, supondría un problema para la economía nacional; así se constituyó una comisión de fabricantes de la industria cerámica, con representantes de las principales empresas, incluidas La Cartuja de Sevilla y Sandeman, Macdougall y Compañía, de San Juan de Aznalfarache.
Un hecho muy relevante se produce en el año 1907, pues Gilbert Pitcairn Gibson llega a Sevilla, nacido en Lanark (Escocia, Reino Unido, nacido en 1875 y fallecido en 1952), con enormes conocimientos técnicos de la industria de la loza y su gestión, incorporándose a la empresa y sustituyendo, en la dirección técnica, a Sandeman. Pitcairn impone una férrea disciplina en la organización productiva de la empresa y un riguroso control de calidad, que posicionan a esta firma cerámica como una de las más reputadas del país. Corresponde la dirección de Pitcairn con la etapa más brillante en cuanto a negocio, durante las casi tres décadas que se mantuvo al frente de la dirección. El nombre de San Juan de Aznalfarache se asocia con unos productos de un lujo exquisito, ya que los artículos de loza decorativa sólo estaban al alcance de las familias más pudientes (para la clase media era un elemento casi inexistente).
Tal es la implicación de Pitcairn con el
funcionamiento de la factoría, que hará su vivienda en la torre mirador que
llega hasta nuestros días, junto a la calle Real, para mantener un contacto
directo y visible de todo lo que sucede en las instalaciones. Esta torre, a su
vez, consideramos que es una edificación aprovechada del cortijo de la anterior
hacienda de San Juan Bautista, terrenos que se compraron en su día para llevar
adelante la industria cerámica.
Si a principios del siglo XXI, la empresa Arrocerías Herba Ricemills (la cual se asienta en la actualidad sobre los terrenos de la fábrica de loza), mostró un gran interés para que llegara el gas natural a nuestra localidad, es lógico pensar que también, un siglo antes, las industrias existentes en nuestra localidad, como Cros, Minas de Cala y los almacenes de aceitunas y de producción de alcohol, junto con la sociedad Sandeman, Macdougall y Cía. también pondrían mucho de su parte, para que, como pasó a finales del mes de mayo de 1909, el servicio eléctrico llegara a aquella industrializada San Juan de Aznalfarache. Con la llegada de esta nueva energía, muchas máquinas y aparatos se podrían poner en marcha para la producción de los distintos materiales en la realización de los trabajos. Sin embargo, no consta testimonio de que así fuera para la fábrica de loza; quizá, sólo se realizaron modificaciones en las oficinas o en el alumbrado, pero es un tema del que no hemos hallado datos concretos.
Durante los 30 años de esta etapa, las pastas se hacían mucho más blancas y puras que en los tiempos precedentes y, además, se cubrían con un barniz que, raramente, se cuarteaba, resultando así el producto de una extraordinaria finura y calidad. Las vajillas reflejaban nuevos modelos formales y se decoraban con relieves que reforzaban la plasticidad de las decoraciones a las que, a veces, servían de base. Estos relieves distinguirían la producción de San Juan, con respecto a la de Pickman.
Las estampaciones siguen constituyendo el
género fundamental, con un amplísimo repertorio muy renovado respecto a la
etapa anterior. Ahora destacan más los motivos ornamentales de carácter
naturalista y vegetal, con sus correspondientes denominaciones, según la imagen
sobrepuesta.
En noviembre de 1911, una comisión de fabricantes de cerámica en España fue a reunirse con el Ministro de Hacienda, para exponerle los daños que sufriría esta industria si, como estaba proyectado, se redujesen los aranceles a la importación de estos productos desde el extranjero. Ya en 1906, se dictó el nuevo impuesto vigente entonces y ocasionó graves perjuicios. Asistieron a esta entrevista representantes de los consejos de administración y dirección de las fábricas de Oviedo, Madrid, Barcelona, Segovia, Gijón y de las sevillanas La Cartuja, y San Juan de Aznalfarache, concretamente, Charles Macdougall y Gilbert Pitcairn.
La noche del jueves 29 al viernes 30 de
julio de 1915, se declaró un voraz
incendio en la fábrica de loza establecida en este pueblo de San Juan de
Aznalfarache. Las llamas podrían haber destruido todas las edificaciones e
incluso propagarse a las viviendas más cercanas.
La alarma fue grande entre los vecinos, pues era conocido que, en dicha factoría, había barriles con materiales inflamables y eso hacía sentir un gran peligro a quienes estaban cerca. El gobernador, tan pronto supo del incendio, mandó venir a San Juan una brigada de bomberos con el material necesario para la extinción del fuego; además, la Junta de Obras del Puerto de Sevilla envió dos vapores con personal e instrumentos para apagarlo. Estos oportunos socorros evitaron una gran catástrofe. No hubo que lamentar desgracias personales, probablemente, al ocurrir de noche y no haber turno de trabajo, pero las pérdidas materiales fueron grandes. Desconocemos qué provocó el inicio del incendio.
Y pasamos a la época de la I Guerra Mundial,
la cual dificulta la importación de carbón (combustible
esencial para los grandes hornos de cocción), que, en su mayoría, provenía
de Polonia, por su calidad calórica y pureza; además, las huelgas de mineros
afectaron al suministro de materias primas, así que, durante 1917 y 1918, se
señalan varios ceses de la actividad, quedando en paro forzoso los 400 obreros
que trabajaban en la fábrica. Se ralentizó la producción, pero se mantuvo la
calidad.
En estos tiempos de la denominada “Gran
Guerra”, cuando sólo era la primera de las dos que han tenido tal denominación,
en la visita a Sevilla del director general de Agricultura, el Conde de Colombia,
el 24 de junio de 1917, manifestó que la falta de abastecimiento de trigo y de
carbón eran sus principales preocupaciones. Con respecto a la escasez de este
último elemento para la industria hispalense, afirmaba que pronto habría dos
trenes de carbón en vez de uno, para que no falte. Con esta medida, el Conde de
Colombia se conjuraba para acabar con el conflicto existente en la fábrica de
loza de San Juan de Aznalfarache. Aunque no hay ningún dato que indique que
esta industria tuviera suministros a través del ferrocarril, a pesar de estar
tan sumamente cerca los embarcaderos de Minas de Cala, quizá esta referencia
del Conde de Colombia sí pueda indicar que, en alguna ocasión, como la aquí
descrita, las vías férreas existentes en nuestra localidad también surtieron a
esta empresa (puede ver, en el siguiente enlace, el Barrio Bajo entre vías).
La situación en la empresa, por falta de materia prima, fue muy tensa y el día 25 del mismo mes, los 400 obreros de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache tuvieron que parar su trabajo, por la ya mencionada escasez de carbón. Una comisión de la factoría fue a visitar al gobernador de Sevilla para pedirle que solucionase el problema, que se debió ver resuelto con el cumplimiento de la promesa del director general de Agricultura.
Un nuevo incendio afecta a la empresa, aunque esta vez no sucede en nuestra localidad, sino que, en 1918, un pavoroso fuego destruye por completo el edificio que acogía las oficinas en Sevilla, situadas en el Patio de Banderas, Nº. 4, junto al Alcázar hispalense. También era la casa de la familia Macdougall y tenían mobiliario valioso. No hubo víctimas, pero sí grandes daños materiales en el edificio, e incluso otra casa vecina también se vio afectada. Según se relata en las noticias, fueron salvadas la caja de caudales, la documentación y un automóvil.
Hay que pensar que, a partir de esta catástrofe, las oficinas y despachos de la fábrica de loza volverían a estar asentadas en terrenos de la propia factoría, dentro de las instalaciones de la misma. El otro edificio, relacionado con la factoría sanjuanera, que poseerían durante esta época, sería un depósito de loza, que anunciaron situado en la calle Cerrajería, en la urbe sevillana.
Con independencia de los éxitos técnicos
de la fábrica en esta época, problemas laborales derivados de las malas condiciones
de trabajo de los operarios, ocasionaron dificultades en estas décadas
iniciales del siglo XX.
Una huelga de los obreros de la fábrica de
loza de Sandeman, Macdougall y Cía. se solucionó en los primeros días de enero
de 1919, tras la firma con la patronal de un aumento de sueldo del 25%, el
reconocimiento de la sociedad obrera y la no admisión al trabajo de los obreros
no asociados. A principios de abril de este mismo año, un nuevo acuerdo
solucionaría otra huelga de los trabajadores. A esto se añadía la continua
zozobra que suponían los cambios de la política económica de cada gobierno y
las fluctuaciones que generaban, en el mercado financiero, las continuas
subidas y bajadas de los aranceles impuestos a las lozas de importación.
CUARTA ETAPA, 1919-1954: LA CERÁMICA DE
SAN JUAN S. A,
En la segunda década del siglo XX, muchas empresas cambian su fórmula de sociedades comandatarias (con varios socios al mando y con responsabilidad limitada), a sociedades anónimas (con acciones y con poder sobre la empresa, dependiendo del capital que se represente). La fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache, a la muerte de Walter Buck, también modifica su denominación social, pasando a llamarse La Cerámica de San Juan S. A.
El 28 de agosto de 1919 se constituye la nueva empresa, con la fórmula de sociedad anónima y un capital inicial de 240.000 pesetas, dividida en tres partes que suman un total de 480 acciones, repartidas equitativamente entre las hijas de Buck (Dorothy y Violet); Charles Alexander, el hijo de John Samson Macdougall, quien será el gerente de la nueva firma; y la familia Wallace, que sustituye a Sandeman. Poco después, se decide hacer una ampliación de capital, para actualizar las instalaciones y mantener el nivel de competitividad en el mercado nacional, manteniéndose a Gilbert Pitcairn Gibson como director técnico, tal y como venía haciendo en la compañía anterior.
Los primeros años de la nueva empresa transcurren sin demasiados cambios, en cuanto a la producción: las vajillas estampadas o decoradas con calcomanías salen de los hornos con un considerable nivel de calidad y van sustituyendo, progresivamente, los estampados bajo cubierta, que van disminuyendo. Estas calcomanías no proceden ahora sólo de Inglaterra, sino también de Alemania y sustituirán el repertorio de elegantes florecillas menudas, de la etapa de Sandeman, por escenas de género de aspecto neoclásico, simbolista o popular tirolés, y ornamentaciones influenciadas por el Art Déco europeo.
Frente a las huelgas mencionadas en el año
anterior, el 16 de marzo de 1920, encontramos un texto de reconocimiento de los
trabajadores hacia el consejo de administración, el cual transmitimos a
continuación íntegramente:
Una
carta de los obreros ceramistas de San Juan de Aznalfarache.
Sr.
D. Manuel Aznar, director de “El Sol”, muy señor nuestro:
Reconociendo
que siempre se encuentra propicio a dar publicidad a cualquier escrito que
redunde en beneficio de la clase obrera, no dudamos que dará cabida, en las
columnas del periódico que tan dignamente dirige, a la presente carta.
Nosotros,
los obreros de la fábrica de loza La
Cerámica de San Juan Sociedad Anónima, en San Juan de Aznalfarache, queremos
con la presente testimoniar nuestro agradecimiento hacia nuestros patronos,
por los beneficios que nos hacen y, al mismo tiempo, darles a conocer al
público, para que juzgue.
En
fecha muy reciente, teniendo nuestra dirección en cuenta que algunos de los
obreros no tenían su jornal en relación al de los demás, les hizo una subida en
el mismo y, desde el día 21 del corriente y mediante un aviso, nos ha
notificado que nuestro jornal será aumentado en un 10%, por reconocer que es de
justicia, teniendo en cuenta la carestía de la vida.
Por
lo tanto, si la Dirección reconoce dicha carestía y, espontáneamente, nos
mejora, por nuestra parte correspondemos con nuestro agradecimiento, que es muy
grande.
Dándole gracias anticipadas, se despiden de usted, como sus seguros servidores, la directiva de la Sociedad de Cerámica.
La autenticidad de este escrito se puede refrendar con otra noticia, aparecida en el mismo periódico que, en forma de precuela (el 16 de enero del mismo año), informa de una huelga de los obreros de La Cartuja, que reclaman a la empresa que iguale los salarios que recibían sus compañeros de la fábrica de San Juan, estimados en torno a un 30% más alto. Es decir, los operarios de la factoría de nuestra localidad percibían mejores sueldos que la más potente empresa sevillana.
Sin embargo, la inestabilidad en aquellos años era grande y, a pesar de ese agradecimiento y del reconocimiento de un mejor salario que la cercana empresa rival en el mismo sector, en diciembre de 1920, hay una huelga de obreros de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache, junto con los empleados de las aceituneras y los electricistas de nuestra localidad, pues los gremios de nuestro pueblo fueron muy solidarios, unos con otros, y convocaban paros conjuntos para mejorar la situación laboral. El día 8 se comunión la finalización de la misma, según las noticias, tras el rumor en la urbe de que se habían recibido órdenes de los sindicatos para reanudar el trabajo.
Unos años más tarde, Pitcairn adquiere un mayor control sobre la fábrica, cuando Charles Alexander Macdougall le traspasa sus acciones; se convierte en accionista y llega a ser presidente del consejo de administración. Tanto se nota su influencia dentro de la empresa que, a finales de los años 20, entrarán a formar parte de la compañía algunos familiares del director escocés que, eso sí, contaban con experiencias previas profesionales en este sector. Los amplios poderes ejecutivos del director, en esta etapa, aportan la continuidad de la trayectoria exitosa de la factoría, avalando el nivel de calidad de sus productos.
En septiembre de 1922 ocurre un grave suceso, al desplomarse la bóveda de uno de los hornos, de siete metros de altura, resultando heridos diez obreros, dos de ellos de gravedad. Una vez se produjo el suceso, los demás operarios se apresuraron a realizar trabajos de salvamento y desescombro, logrando rescatar a los afectados con prontitud, extrayéndoles con vida de entre los escombros. Los operarios menos graves fueron trasladados a sus casas. Los dos más afectados fueron Valeriano León, con fractura de una pierna; y su compañero José Márquez, con lesiones graves en diversas partes del cuerpo.
En febrero de 1924, el Juzgado Municipal de San Juan de Aznalfarache remitió, al de instrucción del distrito de San Román, las diligencias practicadas con motivo de la sustracción de 331 pesetas a la Sociedad Cerámica de San Juan, la representación sindical obrera en la fábrica. Como presunto autor de este delito fue detenido e ingresado en la cárcel, a disposición del referido Juzgado de Instrucción, a Nicanor Domínguez Ramos.
Un dato de la relación con la fábrica con su entorno se muestra en julio de 1925, al fallecer la segunda esposa del director Gilbert Pitcairn: El martes, día 7 de ese mes, se celebraría un solemne funeral por el eterno descanso de su difunta esposa, en la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, templo católico, próximo a las instalaciones de la factoría, donde se podría expresar el pésame al viudo.
El 19 de agosto de 1928, se declaró un incendio en la fábrica; sin que se supieran las causas, salió ardiendo un almiar de paja para envasar, dentro de uno de los almacenes. El fuego continuó hasta la noche, aunque bajando su intensidad; los operarios de la propia industria lograron aislarlo, impidiendo que se propagara a otras dependencias.
En mayo de 1929, a causa de un rayo, se produce otro gran incendio en la fábrica. Las llamas destruyeron parte de las instalaciones y de las existencias almacenadas, con un elevado coste, pues se calculó que las pérdidas supusieron unas 45.000 pesetas de entonces.
2 de octubre de 1929, la condecoración a
Gilbert Pitcairn:
En este texto, ya hemos indicado cómo, en
el año 1920, la sociedad de operarios de la fábrica de loza mandó un texto al
periódico “El Sol”, reconociendo los méritos de su directiva en recompensar a
los obreros; esto lo confirmaría la queja de los trabajadores de La Cartuja que
querían sueldos iguales a los de sus compañeros en San Juan de Aznalfarache. Y
no han quedado registradas huelgas del personal en los últimos años. Además de
estas circunstancias, en algunos artículos de prensa, se manifiesta, como otro
motivo para este homenaje, que el director llevaba ya más de 20 años al frente
de la fábrica (los medios de entonces
indican “30 años”, pero las fuentes consultadas señalan que llegó en 1907).
Con razones así, y vista que la ley de la época registraba la
posibilidad de condecorar a los directivos, a propuesta de sus empresas y
refrendo de la Corporación municipal respectiva, no se hace extraño que, a
pesar de su carácter fuerte, Gilbert Pitcairn recibiera la Medalla del Trabajo,
cuya distinción era sufragada por los propios empleados, siendo el material de
plata de segunda categoría (según la propia ley, por lo que no supondría un
gran coste para los operarios). La propuesta apareció aprobada en “Gaceta de
Madrid”, el 22 de enero de 1929.
El encargado de imponer la medalla fue el
dictador, general y presidente del Gobierno, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja
quien, antes de su discurso, recorrió todas las instalaciones de la fábrica. Al
concluir la visita, pasaron todos a un salón de las instalaciones y el jurista
hispalense Adolfo Rodríguez Jurado, en nombre del consejo de administración,
dirigió a los presentes un discurso en el que la Medalla del Trabajo a Pitcairn
representaba una recompensa merecida por su perseverante labor, añadiendo todo
el tiempo que llevaba en la fábrica, en la que comenzó como un modesto
empleado. El homenajeado respondió agradeciendo por el honor que se le
dispensaba y se disculpaba por no poder expresarse mejor en español, pero sí
quería transmitir su amor y afecto a todos los que le honraban con la
distinción de esta condecoración.
Tras las palabras del dictador para cerrar el acto e imponer la medalla a Pitcairn, en la propia fábrica, se sirvió un aperitivo a las autoridades al que asistieron también los empleados. El patio de la fábrica se encontraba adornado con banderas y gallardetes.
La inestabilidad social y laboral de principios de los años 30 va a tener una incidencia muy curiosa en la fábrica de loza, pues, desde aproximadamente, 1924, la casa cuartel de la Guardia Civil se sitúa muy cerca del acceso principal a la fábrica, en un lugar estratégico, al encontrarse también frente a una de las puertas del almacén de aceitunas de Pedro Lissén. Aunque no poseemos documentación sobre su origen, puede ser que incluso ocupara algunas instalaciones de la fábrica, reconvertidas a casa cuartel, con salida propia a la calle. Evidentemente, esto traerá incidencias muy particulares como las que a continuación señalamos.
En junio de 1931, los obreros de esta fábrica de loza se hallaban en huelga, aunque de forma tranquila y pacífica, sin que se hubiesen producido altercados. Tras realizar la declaración de huelga, se presentaron dos parejas de la Guardia Civil para prestar servicio en la misma industria, lo cual provocó que los obreros no entraran en la misma, al menos hasta el lunes 29, cuando expiraba el plazo concedido por la dirección para que estudiasen la oferta presentada. La presencia de los beneméritos no provocó reacción alguna en los huelguistas, pues ciertamente la casa cuartel de esta fuerza de seguridad se encontraba en el propio contorno de la fábrica. Durante el mes de julio, la huelga continuó, en conjunto con los trabajadores de la vecina industria de Cros, manteniéndose negociaciones de los obreros con sus respectivas directivas, para tratar de llegar a un acuerdo.
Sin embargo, a finales de este mes, la dictadura en el gobierno de la nación toma graves represalias contra los sindicatos y, al declararse la huelga general, en nuestro pueblo se declararon graves incidentes. El día 27, los ceramistas de la fábrica de loza volvieron al trabajo, también con los operarios que descargaron varios vagones de carbón, como materia prima para dicha industria.
Unos días después, en el mes de julio, los operarios de la fábrica de San Juan se declaran en huelga, en demanda de mejoras laborales y, durante el conflicto, la industria sufre la amenaza de un sabotaje, ya que dos individuos intentan provocar un incendio que es frustrado por la Guardia Civil, cuyo cuartel, insistimos, se encontraba junto a las instalaciones de la factoría. El día 28 del mismo mes, los trabajadores vuelven a sus ocupaciones al llegar a acuerdos con la empresa.
En los artículos que los obreros enviaban
para publicar en prensa, entre los años 1932 y 1935, nuevamente, encontramos
pruebas de que las reclamaciones
sindicales de la factoría sanjuanera no van contra la dirección de la propia
empresa, sino contra la convulsa situación en España, el entorno y las
acusaciones sobre sus propios representantes:
-Telegrama del 30 de enero de 1932: Obreros de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache protestamos actitud arbitraria autoridades con obreros honrados, deportándolos, y clausurando Centros obreros. El Comité.
-Telegrama
del 3 de julio de 1932: Señor ministro de la Gobernación. Los obreros y
obreras de la Cerámica de San Juan de Aznalfarache protestan enérgicamente
parcialidad gobernador de Sevilla; exigimos reapertura de Sindicatos, inmediata
libertad presos gubernativos. En nombre de 500 afiliados. El Comité.
-Telegrama
del 16 de agosto de 1932: Sr. Presidente Consejo ministros y Cámara de
Diputados. La Sociedad de obreros ceramistas de San Juan de Aznalfarache, en
nombre de 250 afiliados pide un ejemplar castigo para Sanjurjo y demás
generales que se pusieron a la cabeza de la insurrección, y deportamiento a
Bata de todos los que les siguieron en el movimiento sedicioso, destitución de
la Guardia civil y encarcelamiento de los jefes responsables. El secretario,
Luis Bonal; el presidente, Alfonso Dapena.
-13
de agosto de 1933: La Sociedad de obreros cerámicos de San Juan de
Aznalfarache ha dirigido un telegrama al ministro de la Gobernación,
solidarizándose con los obreros del puerto, pidiendo el más pronto arreglo del
conflicto y anunciando que, caso de no haber solución, llegarán incluso a la
huelga.
-1
de marzo de 1934: La Sociedad de obreros cerámicos autónomos de San Juan de
Aznalfarache, en nombre de 250 afiliados, protesta de la detención llevada a
cabo del presidente de la organización, Juan García Ramos, por entender que no
hay causa que lo justifique, y pide que sea puesto en libertad.
-12
de julio de 1934: La sociedad La Cerámica de San Juan de Aznalfarache
protesta por la prolongada prisión de Thaelmann y de todos los antifascistas
alemanes que se encuentran en los presidios y campos de concentraciones y pide
su libertad.
-20
de julio de 1934: La Sociedad de obreros autónomos La Cerámica de San Juan
de Aznalfarache, protesta de la conducta que se sigue en la cárcel de Sevilla
con los presos sociales y políticos y de la nueva expedición al penal de Ocaña.
-10
de agosto de 1934: De la Sociedad de obreros cerámicos de San Juan de
Aznalfarache, defendiendo la inocencia en la vista de la causa que se celebrará
el lunes 13 contra su presidente, Alfonso Dapena Martín, y Miguel Torres Ramos
y José Burgos, como supuestos autores de un reparto de hojas clandestinas.
-14
de agosto de 1934, con el desenlace sobre la anterior reclamación de los
obreros: Conoció la Sala de Vacaciones, constituida en Tribunal
extraordinario, una causa contra Miguel Torres Reina y dos más, vecinos de San
Juan de Aznalfarache, acusados del reparto de hojas clandestinas.
El representante del ministerio público,
señor Quintero, solicitaba para cada uno de los procesados la pena de 500
pesetas de multa o dos meses de arresto, en caso de insolvencia, y las
defensas, los letrados señores Belloso Morales y Lama Romero, la absolución. Así
sentenció la Sala, que dictó un fallo absolutorio, decretando la libertad
inmediata de los procesados.
-26
de febrero de 1935: Se han dirigido a los Poderes públicos pidiendo el
indulto de los condenados a la última pena: los Centros políticos, Sindicatos
clausurados, Cerámica, Productos químicos, Panaderos, Aurora, Ferroviarios Mina
Cala y Juventudes políticas de San Juan de Aznalfarache.
-28
de julio de 1935: La Sociedad de obreros cerámicos, de San Juan de
Aznalfarache, ha dirigido un telegrama al presidente del Consejo, pidiéndole el
indulto de los condenados a muerte.
-17
de diciembre de 1935: Al presidente de la República, las organizaciones de
San Juan de Aznalfarache Cerámica de San Juan. Fraternal de Productos Químicos,
Panaderos «Aurora», Ferroviarios Minas de Cala, partido y Juventud socialista,
partido y Juventud comunista, Alianzas obreras y campesinas y Comité de ayuda a
los presos solicitan indulto Jerónimo Misa y demás condenados última pena y
libertad presos políticos y sociales.
Y mientras los representantes sindicales de la factoría enviaban mensajes contra la convulsa situación de los obreros en España y el entorno, la patronal de La Cerámica de San Juan seguía haciendo propaganda de la producción de la fábrica, para tratar de hacer la mayor cantidad de ventas posibles en el mercado:
-23
de marzo de 1934. Paseo delicioso es para el turista, o para todo el que se
preocupa de los grandes negocios, aproximarse al encantador puebleclto de San
Juan de Aznalfarache; recréase la vista, con este paisaje sin par del campo
sevillano, recorriéndose su feraz vega. Al llegar, después de contemplar el
vetusto convento, se vislumbran las numerosas y ventrudas chimeneas, de esta
gigantesca Cerámica de San Juan. Encontrará el visitante, como lo encontró el
cronista, afabilidad, discreción y facilidades para la visita, en sus
propietarios.
Cuenta esta fábrica con los elementos más
modernos, la última palabra que en el mundo se conoce, para la fabricación de
la loza. Al punto, que la que se fabrica en esta casa, resiste las temperaturas
más elevadas, sin resentirse. Dibujos cubistas, plafones, paisajes, etc.,
cuanto el más exigente pueda pedir, lo encuentra y se le sirve.
La fundación data de 1859 (error como en otros textos, pues existe
desde 1854 y su puesta en funcionamiento de 1855); se paralizó en la época
de 1866, por efectos de las circunstancias públicas de aquella época. En 1890,
se decidieron sus dueños a ponerla de nuevo en marcha y compraron edificios y
campos, e inclusive construyeron un muelle (incorrecto,
pues el muelle ya existía en 1870),
para la carga y descarga de sus mercancías, pudiendo entrar al mismo los
vapores de más calado, que cursan el ideal Guadalquivir.
La maquinarla automática de que está
dotada es la perfección y la sencillez, al mismo tiempo, permitiendo con ello
que los operarios, que, por regla general, no son técnicos, las manejen sin
peligros, y permitiéndoles ganar magníficos sueldos.
Estos gentiles señores, que están al frente de la gerencia de esta Cerámica, facilitan catálogos y toda clase de detalles, al que por carta a ellos se los pidan.
En este año 1934, La Cerámica de San Juan es una de las cuatro empresas existentes en nuestra localidad, identificadas como entidades exportadoras, de acuerdo con los registros de la Aduana de Sevilla, tal y como aparece en la guía de fabricantes y exportadores españoles, de la revista “África y América, Revista de Importación, Exportación y Representaciones”, apareciendo la factoría en la categoría “cerámica”.
En el mismo año 1934, van apareciendo los problemas con el suministro de carbón desde Polonia (combustible esencial para los grandes hornos de cocción que, en su mayoría, provenía del país europeo, por su calidad calórica y pureza), pues las leyes exigían que se consumiera carbón nacional. Durante este año y, como queda registrado en “Gaceta de Madrid”, del 5 de enero del siguiente, se registran una serie de reclamaciones para que la fábrica sólo use un 30% del proveniente de la Península y que, al menos, un 60% pueda seguirse abasteciendo del exterior. Aparentemente, los recursos, aunque de manera indebida, parecen dar la razón a la empresa sanjuanera, pero pronto se pondrá aún más difícil la llegada del suministro de esta materia prima.
En la revista “África y América”, de importadores y exportadores, en enero de 1935, aparece que La Cerámica de San Juan envía producción a estos otros continentes.
1936, el inicio del fin de esta industria
local.
Continúan las tensiones en el mundo obrero
y, una vez más, se recalca la ventajosa
situación de los operarios de San Juan, frente a los de su rival y vecina La
Cartuja, pues son los de nuestro pueblo quienes convocan un acto benéfico,
para ayudar a los que han sido apartados de sus empleos en la empresa
hispalense.
-19
de enero de 1936: La Sociedad de obreros cerámica de San Juan de
Aznalfarache participa a las organizaciones de los partidos socialista,
comunista y demás obreros y republicanos de izquierda, y a las organizaciones
sindicales de Tomares. Camas, Castilleja de la Cuesta, Mairena del Aljarafe,
Palomares del Río y Gelves que las organizaciones de la localidad han
organizado, para los días 22 y 23, dos funciones de cine en beneficio de los
obreros despedidos de la fábrica de La Cartuja y, por tratarse de una obra tan
humanitaria, ruegan a las organizaciones mencionadas se apresuren a hacer
pedidos de entradas en el domicilio social de Ramón y Cajal.
-26 de enero de 1936: En la función de cine, organizada por las Sociedades obreras de San Juan de Aznalfarache, a beneficio de los huelguistas de La Cartuja, se hizo un ingreso tota] de 317,50 pesetas, de la cual hubo que deducir 155,80, que importaron los gastos, quedando 162,10, y sumándose a esta cifra 13,15, producto de una colecta en Unión republicana de Gelves, y 24,75 de subvención de La Cerámica de San Juan, quedando, por tanto, un beneficio líquido de 200 pesetas. Los organizadores dan las gracias a cuantos han contribuido al acto.
Pero los trabajadores de la industria
sanjuanera también acabarían por verse afectados, pues en el mes de marzo, se
produce un cierre patronal que deja en la calle a cerca de mil empleados,
aunque el mismo suceso se produce en muchas grandes empresas, tras la victoria
del Frente Popular en las elecciones de febrero, con lo que se parece tener la
intención de generar conflictos sociales que desgasten al Gobierno de
izquierdas. Estos hechos quedaron registrados por las siguientes noticias:
-24 de marzo de 1936: En rueda de prensa, los periodistas preguntaron al gobernador si era cierto el rumor de que la fábrica de cerámica de San Juan había anunciado su cierre para aquella tarde y el señor Corro contestó afirmativamente, añadiendo que tenía citado en su despacho al gerente. El cierre de esta industria, en la que recientemente fueron readmitidos varios represaliados, supone un serio conflicto para San Juan de Aznalfarache, por afectar el paro a infinidad de obreros.
-24
de marzo de 1936: El gobernador, en cumplimiento de la promesa que había
hecho a los obreros sin trabajo, ordenó a los propietarios de la fábrica de
cerámica de San Juan de Aznalfarache, que tiene más de un siglo de fundada (dato incorrecto, pues se empezó a construir
en 1854), la cual había sido cerrada hace varios días, que volvieran a
abrirla. Prácticamente los mil vecinos del pueblo son obreros de la fábrica (dato incorrecto, pues también estaban los
almacenes de aceitunas, la fábrica Cros, las empresas ferroviarias y los
pequeños comercios locales de alimentación y restauración).
-26
de marzo de 1936: En relación con los conflictos de las fábricas de
productos cerámicos de San Juan de Aznalfarache y La Cartuja, dijo el señor
Corro que ha oficiado a la Delegación de Trabajo para que, con carácter
urgente, le remita dictamen sobre la posibilidad legal de que el patrono pueda,
de por sí, reducir la jornada semanal.
-27
de marzo de 1936: Mil obreros en paro forzoso, Sevilla, 27. La Guardia
Civil de San Juan de Aznalfarache ha dado cuenta al gobernador que, con motivo
del cierre de la fábrica de cerámica, han quedado en paro forzoso mil obreros,
los cuales se presentaron ayer y hoy a trabajar, y encontrando las puertas
cerradas, se retiraron sin el menor incidente.
-28
de marzo de 1936: El gobernador de Sevilla hará saber a la Dirección de las
fábricas de San Juan de Aznalfarache y de La Cartuja que no pueden cerrar las
industrias. El ingeniero jefe de Industrias visitó al gobernador y le informó
sobre los conflictos sociales planteados en las fábricas de loza de San Juan de
Aznalfarache y de La Cartuja. Como resultado de la entrevista, el gobernador
manifestó que, en virtud de las disposiciones vigentes, no se puede disminuir
la jornada semanal de trabajo ni cerrar las industrias, sin previo informe de
la mencionada Jefatura de Industrias y de la Delegación Provincial de Trabajo.
En razón de lo expuesto, anunció que, hoy mismo, comunicaría a la Dirección de
la fábrica de loza de San Juan el resultado de la entrevista y la necesidad que
la mencionada Dirección tiene de someterse a las normas legales y a la
legislación industrial. En relación con este conflicto, la Guardia Civil ha
informado al gobernador que ayer y anteayer los obreros, a quienes afecta el
cierre de la fábrica, más de mil, acudieron a ella a la hora de entrada,
retirándose en actitud pacífica al ver cerradas las puertas. Se añade en el
parte que los obreros vienen manteniendo la misma pacífica actitud, pero que la
prolongación de este cierre puede dar motivo a un serio conflicto.
-29 de marzo de 1936: Conflicto solucionado. Visitó al gobernador el propietario de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache, quien le dijo que el martes satisfaría las cuatro jornadas que adeuda a los obreros que trabajan en su fábrica. Con esto queda resuelto el conflicto que se intentaba plantear por no haber sido pagados los trabajadores de la mencionada industria.
Sin embargo, las protestas sindicales
continuaron al mes siguiente, por las condiciones laborales que se pretendían
imponer a todo el sector desde la Administración Pública:
-17
de abril de 1936: Una comisión de obreros ceramistas, en representación de
todos sus compañeros de San Juan de Aznalfarache, nos envía mi escrito de
protesta contra la resolución del Jurado mixto de la construcción, que reduce a
tres días la jornada semanal; estiman nula la inspección llevada a cabo por el
Jurado de referencia, y anuncian que, si no se da solución a sus aspiraciones,
plantearán la huelga.
-19
de abril de 1936: La Sociedad La Cerámica de San Juan de Aznalfarache, ha
dirigido al ministro de Trabajo un telegrama en el que protesta de la
resolución del Jurado mixto del ramo de la construcción en el conflicto que
sostienen, por estimarlo injusto. También protesta por que la inspección
realizada se haya hecho sin la presencia de la representación obrera. Anuncia
en el telegrama que la decisión por la que protestan motivará una huelga de los
obreros ceramistas.
Tres meses después, comenzó la terrible Guerra Civil Española, los días 17 y 18 de julio de 1936. Al ser la ciudad de Sevilla la primera gran capital peninsular en caer bajo el control de los sublevados y extenderse el conflicto hacia otros lugares de la nación, durante los años de la contienda (1936-1939), las fábricas de San Juan y La Cartuja mantuvieron una estrecha colaboración en el control del mercado de la loza en España. En diciembre de 1936, se les permitió llevar a la práctica un acuerdo a las dos fábricas sevillanas, La Cartuja y La Cerámica de San Juan, sobre precios y descuentos a comerciantes, y las ventas crecieron también por el hecho de que eran las únicas fábricas de loza que abastecían la zona «nacional», y ese acuerdo es el que consta como la cooperación entre las dos empresas.
De las empresas dedicadas a la fabricación de cerámica en España entre finales del siglo XIX y principios del XX, existían: cuatro en el norte, La Asturiana de Gijón, San Claudio de Oviedo, Ibero Tanagra en Santander, y la Cerámica del Nervión en Vizcaya; otras dos en el centro de España, La Segoviana y otra en Valdemorillo (cerrada en 1915); y en el sur, La Cartuja en Sevilla y La Cerámica de San Juan, en San Juan de Aznalfarache, siendo estas dos últimas las consideradas como más importantes.
Para la industria local, la primera consecuencia del estallido de la guerra fue que Gilbert Pitcairn Gibson, hombre de rectitud, ante la inestabilidad social existente, abandonó la dirección de la fábrica, huyendo a su país de origen, temiendo por su vida. Sin embargo, no estaría tan mal considerada su familia, cuando fue su propio hijo quien le sustituyó: Gilbert Pitcairn Saunders (Turnstall, Stafford, Reino Unido, 1908 – Zalamea, 1981), también formado en la misma profesión, pero con un carácter más afable, menos autoritario que su progenitor. Fue otro competente gestor y técnico, que hizo lo que pudo para seguir adelante con la empresa, pero las circunstancias se fueron poniendo cada vez más en contra.
En estos años de la guerra, concretamente, en 1938, la fábrica de San Juan se convirtió en pionera en España, con la producción de loza sanitaria y ladrillo refractario, ampliando así la diversidad de su producción. En el mes de diciembre, la fábrica se incorpora a la Ley de Subsidios Familiares, normativa de protección social creada para otorgar una ayuda económica a los trabajadores, en función del número de descendientes a su cargo (habitualmente, a partir del segundo hijo menor de edad). De todas formas, la terrible gravedad del conflicto armado nacional supondría el punto de inflexión definitivo, el debilitamiento de la posición de esta industria local.
Antes incluso de la finalización oficial de la contienda española, la empresa La Cerámica de San Juan Sociedad Anónima se sigue considerando como un fabricante exportador, en el término municipal de San Juan de Aznalfarache, de loza doméstica y sanitaria, según el Boletín Oficial del Estado, del día 24 de marzo de 1939.
El Servicio Nacional de Comercio y Política Arancelaria, del Ministerio de Industria y Comercio, publica, entre marzo y abril de 1939, en el Boletín Oficial del Estado, la relación de exportadores e importadores, con su nombre o razón social, dirección, productos y número asignado, en el Registro provisional de Importadores y Exportadores. Dentro de este listado, encontramos como empresa exportadora a La Cerámica de San Juan S. A. También aparece como importadora, lo cual nos permite la numerosa cantidad de materia prima y suministros que necesitaba esta industria: hulla, barro bola y barro hina piedra china, pedernal, yeso, paños y filtros de algodón, brochas y cepillos, esponjas, barnices, colores minerales, calcomanías, termómetros, bálsamo Canadá, cuchillos y paletas para estampadores, pinceles, papel continuo de impresión, cola, hierro y rasquetas especiales para tornear y pulir, tamices y bórax.
En la posguerra, el aislacionismo internacional impuesto al régimen de Franco implicó, para la fábrica de San Juan, la sustitución del excelente carbón polaco por el nacional, de Asturias y Puertollano, de peor calidad, con menos poder calorífico. Las blancas arcillas de Cornwall y las de Newton Abbot tuvieron que ser sustituidas por otras del país, que hicieron perder el tono inmaculado propio de la porcelana en los objetos fabricados.
También hay que sumar el abandono del dragado del río por las autoridades, tras las nuevas obras en el cauce del Guadalquivir, para proteger de las inundaciones a la población de la capital hispalense, lo que obligó a la empresa a pagar los costes de la limpieza del agua de la ribera, para mantener el necesario acceso de buques al muelle propio, y que se pudiera continuar con la carga y desembarque de mercancías. Desde 1933, el tramo del río de San Juan de Aznalfarache dejó ser navegable para acceder a Sevilla.
Aunque la electricidad había llegado a nuestra localidad en 1909, en estos tiempos se incorporó esta energía a la fábrica en algunas maquinarias, como molinos, batidoras y otros utillajes, pero la factoría no llegó a renovar sus antiguos hornos de bizcocho y de barniz para carbón, por los modernos hornos-túnel de los años 40, mucho más rentables. Esta falta de inversión en las nuevas tecnologías, junto a las circunstancias indicadas en los párrafos anteriores, provocaron en la empresa una continua pérdida de mercado por la creciente merma de calidad de la producción.
Todo esto ocurría en unos años en que la economía nacional sufría un retroceso histórico. Tras aquella guerra fratricida y sus devastadoras consecuencias y el aislamiento internacional, se sumaban también la II Guerra Mundial y sus horribles secuelas en Europa, provocando una descomunal recesión en el capital español.
A finales de la década de los 40, la empresa afincada en San Juan había aumentado notablemente su capital inicial, triplicando el número de acciones hasta 1500: 700 correspondían a las Buck; 350, a los Wallace; y otras 350, al joven Pitcairn, que ejercía de presidente.
En 1948, se intentó la venta de la fábrica a un consorcio de industrias del sector, entre las que se encuentra la propia rival y vecina La Cartuja, la de San Claudio de Oviedo y otras empresas. Curiosamente, en aquel año, la de San Juan de Aznalfarache era aún la tercera fábrica de España, en cuanto a su potencialidad productivo, tras las dos otras mencionadas. Así, su compra supondría potenciar a las otras dos más importantes del sector y monopolizarlo.
Un año más tarde, en el mes de julio, la fábrica San Claudio de Oviedo se hace con la mitad de las acciones de la empresa e intenta reflotar su actividad comercial. Los esfuerzos del Banco Español de Crédito (BANESTO), que ayudaba financieramente a la compañía ovetense San Claudio, junto a los del técnico inglés Mr. Heat, para solucionar los problemas de las pastas, no obtienen los resultados esperados. Fruto de estas operaciones renovadoras, para poner de nuevo en marcha a la factoría sanjuanera, puede ser el último catálogo conocido, publicado en el año 1951. Es probable que hasta este año permaneciera Gilbert Pitcairn Saunders en la fábrica de San Juan y que entonces, como consta en algunos relatos de la industria ovetense, pasara a trabajar en la industria norteña. Entre 1956 y 1963, en la fábrica San Claudio de Oviedo se le considera como adscrito a la Sección Técnica de Fabricación.
Pero la crisis de la economía española y la delicada situación del sector de producción cerámica no suponían unas coyunturas favorables para la recuperación de una compañía en crisis. En diciembre de 1953 se plantea el cierre definitivo de las instalaciones para la producción cerámica, el cual acabaría ocurriendo en el año 1954: parte de su personal y de su maquinaria pasaron a La Cartuja y San Claudio, que se repartieron moldes y planchas de estampación.
Con estos últimos movimientos, acaba la historia de una fábrica que había ocupado un lugar destacado en la historia de nuestras vajillas industriales nacionales y que, si las circunstancias hubieran sido distintas, probablemente habría conmemorado los cien años de existencia. Terminó casi un siglo de una actividad industrial que dio trabajo a varias generaciones de sanjuaneros y de vecinos de otras localidades, que fue capaz de llevar el nombre de San Juan de Aznalfarache a muchos rincones del mundo, a través de unos objetos de lujo que alcanzaron un alto prestigio y cotización.
En el lado negativo y teniendo en cuenta
que los conocimientos científicos, técnicos y sanitarios no eran los de décadas
posteriores, hubo muchos sanjuaneros y sanjuaneras que, como empleados de la
industria, sufrieron unas duras
condiciones laborales y gran parte fallecieron antes de poder jubilarse, a causa
de la toxicidad de las materias para la elaboración de los objetos de cerámica,
que también les provocaron graves males, crónicos y mortales, como la
silicosis, enfermedad pulmonar irreversible causada por la inhalación
prolongada de polvo de sílice cristalina. Otro de los padecimientos era la
inhalación de caolín (arcilla blanca), material usado en la fabricación de
objetos de porcelana, que afecta gravemente a los pulmones; en “Cuando sopla el
viento”, el libro de historia de San Juan de Aznalfarache, su escritor, el
también médico don Antonio Ruiz Palacios, novela detalladamente cómo pudo ser
uno de estos múltiples casos clínicos que sucedieron, a partir de los
testimonios que recogió para su obra.
Otras fotos con perspectivas de la fábrica de loza durante el siglo XX:
¿Qué nos queda de esta gran referencia para la industria en San Juan de Aznalfarache?
La mayor colección de piezas de aquella fábrica loza de San Juan de Aznalfarache se encuentra depositada en el Museo de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo. Claramente, por la intervención de Gilbert Pitcairn Saunders, cambiando su trabajo de gestión de Andalucía a Asturias. Consultando la web https://www.museobbaa.com/ no parece que se encuentre actualmente para ser contemplada ante el público.
La calle Peñasquerío, de San Juan de Aznalfarache, tiene la particularidad de que el lado sur presenta una inmensa fachada, límite de la empresa arrocera Herba Ricemills, que fue elaborada con los ladrillos de los ocho hornos que existieron en la fábrica de loza. La idea inicial para aquella estructura es que albergara una inmensa bodega, que estaría dentro del negocio de la mencionada sociedad, pero la inmensa humedad que afectaba a las instalaciones, por la cercanía del río Guadalquivir, hizo que se desechara la iniciativa.
El interior de las oficinas de la empresa
arrocera Herba Ricemills aún refleja aquella entrada, desde la calle Real, la
que también fuera acceso principal a la
fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache y que, a su vez, formaría parte
del cortijo de la hacienda hortofrutícola de San Juan Bautista. La torre
mirador, en la que vivió la familia Pitcairn, tal y como se indica en el libro
“Cuando sopla el viento”, es la mejor huella visible de aquellos tiempos.
Y los objetos de cerámica, loza y porcelana, más otros enseres, que haya en colecciones particulares.
Enlaces, con aspectos más desarrollados sobre la fábrica de loza, en este mismo blog:
-La familia Pitcairn y su importancia para la factoría en San Juan de Aznalfarache:
-Comparación entre las fábricas de La Cartuja y de San Juan:
Bibliografía:
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históricos de San Juan de Aznalfarache”. Sevilla, Ateneo de Sevilla.
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-PINEDA NOVO, D. (1980): “Historia de San
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-PLEGUEZUELO, A. (2000): “Estampaciones
para lozas de los siglos XIX y XX. La fábrica de San Juan de Aznalfarache,
Sevilla (1854-1954), para el Museo de Bellas Artes de Asturias”. Sevilla,
Universidad de Sevilla.
-RUIZ PALACIOS, A. (2014, 2ª edición):
“Cuando sopla el viento. Tradiciones, cuentos y leyendas del siglo XX en San
Juan de Aznalfarache”. Sevilla, Publidisa.
-SIERRA ÁLVAREZ, J. y TUDA RODRÍGUEZ, I.
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Documentos en Internet:
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“Revista de Historia Industrial” (Nº. 33, año XVI). Barcelona, Universidad de
Barcelona.
-Catálogo oficial en la Exposición
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-Catálogo general de la Sección Española
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-GÓMEZ ZARZUELA, V. (1895): “Guía de
Sevilla y su Provincia” (año XXXI). Sevilla, imprenta y encuadernación de E.
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Sevilla. Aportes para su historia”, en “Aportes para una historia de la banca
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-RIERA SOLANICH, E. (1901): “Anuario
Riera, guía práctica de industria y comercio de España” (año VI). Barcelona,
Centro de Propaganda Mercantil.
-RIERA SOLANICH, E. (1903): “Anuario
Riera, guía práctica de industria y comercio de España” (año VIII). Barcelona,
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-bancaandalucia.blogspot.com/2012/05/banco-de-sevilla-antecedentes-fundadores.html
-bancaandalucia.blogspot.com/2019/04/ceramica-de-san-juan-sa.html
-ceres.mcu.es
-conocermoralzarzal.es/cerámica.htm
-findagrave.com/memorial
-geneanet.org
-instagram.com/micoleccionenlamesa
-jerezenlahistoria.wordpress.com/wp-content/uploads/2016/03/antecedentes-artc3adsticos-y-pedagc3b3gicos-de-la-escuela-de-artes-y-oficios-de-jerez.pdf
-lne.es/oviedo/2007/01/21/compania-tenia-600-trabajadores-1960-21946511.html
-lne.es/oviedo/2007/03/11/loza-san-claudio-merece-segunda-21920217.html



















































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