La hacienda de San Juan Bautista y la dinastía Cotiella en San Juan de Aznalfarache 1736-1854

¿Es la torre que hay junto a la entrada de las oficinas de Arrocerías Herba el único resto del cortijo que pudo existir en la hacienda de San Juan Bautista, en San Juan de Aznalfarache?

El traslado del centro del comercio con América de Sevilla a Cádiz, a principios del siglo XVIII, supuso un duro golpe para la actividad comercial de la capital andaluza y provocó la marcha de numerosos comerciantes. No obstante, esta antigua urbe continuó siendo un importante centro de negocios, aunque solo fuera por la producción diversificada de su zona de influencia —que generaba un considerable excedente exportable— y por el mercado de consumo que constituía junto con su territorio y reino que llegó hasta 1833.

Era aún una ciudad de la burguesía, compuesta por empresarios, intermediarios, comerciantes y negociantes, sobre la cual los conocimientos son aún parciales.

El primer Cotiella que se estableció en Sevilla se llamaba Juan Francisco. Había llegado a las orillas del Guadalquivir en 1723 (hecho que él mismo consigna en su solicitud de vecindad), y residía en el entorno de la Parroquia del Sagrario (o de Santa María: la parroquia de la Catedral, donde vivían algunos de los vecinos más acaudalados y nobles de la ciudad). Es también él quien revela su origen en su testamento, otorgado en 1745: nació en el lugar de San Estevan de Miralles, en el concejo de Villaviciosa, dentro de la diócesis de Oviedo.

Fue uno de los muchos asturianos que llegaron a buscar fortuna, o simplemente el sustento, a las provincias andaluzas, célebres por su riqueza. Declaró que sus padres eran el “excelentísimo” don Matheo Cotiella y doña Toribia García; si bien tal título podría sugerir a un personaje de alto rango y poder, la modesta residencia familiar apunta más bien a unos hidalgos de recursos limitados. De hecho, resulta curioso observar que en los numerosos registros sevillanos relativos a la familia Cotiella rara vez se emplea el tratamiento de «don». Se casó por segunda vez con María Josefa de Echegoyán y Castellanos, la cual tenía un hermano que era canónigo en Sevilla: Martín de Echegoyán.

Juan Francisco Cotiella García era un hombre culto, pues pronto obtuvo importantes cargos financieros en Sevilla (lo que también demuestra que gozaba de poderosos valedores), tales como la tesorería de la Santa Cruzada para la archidiócesis y la tesorería de la aduana. El joven tesorero había recibido una cuantiosa dote de su segunda esposa: 4.048 pesos escudos (equivalentes a unos 60.880 reales de vellón), a los que se sumaron posteriormente otros 5.000 reales tras el fallecimiento de una pariente.

Aunque se desconoce si él mismo aportó bienes al matrimonio, logró adquirir propiedades y dejó un patrimonio que lo convirtió en un hombre acaudalado: una hacienda (que comprendía tierras de labor, viñedos y olivares) en Tomares, una pequeña localidad de la comarca del Aljarafe, cerca de Sevilla, adquirida, en 1736, por 11.400 pesos (161.670 reales) más 10.392 reales en concepto de alcabala; posteriormente, añadió un almacén con capacidad para más de 12.000 arrobas de aceite, así como cuatro aranzadas de tierra, elevando así el valor total a 18.000 pesos, o aproximadamente 270.700 reales.

Ya en este dibujo de 1856, con la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache funcionando, en la parte izquierda, junto a la chimenea más alta, se puede comprobar la existencia de esa torre, que podría provenir de los tiempos del cortijo de la hacienda de San Juan Bautista.

Refrenda el hecho de la posesión de esta finca en San Juan de Aznalfarache (aldea de Tomares hasta 1890), que Juan Francisco Cotiella García fue recibido como hijodalgo por el ayuntamiento de la localidad de referencia en el año 1737. Llevaba un estilo de vida admirable: en su casa de la calle Bayona contaba con el servicio de cuatro criados (doncellas y lacayos), y un cochero, sin contar a la prima que criaba a los niños ni al cuñado que llevaba la contabilidad. En 1742, cinco años antes de su fallecimiento, las autoridades fiscales valoraron su fortuna en 1,5 millones de reales (situada entre las mayores de Sevilla), con motivo de la imposición de una contribución extraordinaria. Al parecer, el fundador de la dinastía se limitó a su papel de financiero público; no hay indicios de que participara directamente en actividades comerciales.

No sorprende ver a este asturiano, viviendo ya plenamente como un sevillano, hacer ostentación de su piedad al enfrentarse a su hora final. Miembro de la Cofradía del Santísimo Sacramento y Ánimas Benditas de su parroquia, solicita ser enterrado en la catedral vistiendo el hábito de la Orden Seráfica y encarga la celebración de mil misas —a razón de 3 reales y cuarto cada una— en diversas capillas e iglesias conventuales; entre otros legados piadosos, envía cien ducados de vellón (equivalentes a 1.103 reales) a la iglesia de su pueblo natal. Persona de vida creyente o de vida cristiana, así se explica el nombre de la hacienda de San Juan Bautista, o que respetara esta denominación si la tenía de antes, en consonancia con el nombre del patrón de nuestra localidad desde el siglo XIII, cuando, en 1253, le fueron encomendadas estas tierras a la Orden de San Juan.

Juan Francisco había allanado el camino para sus hijos. Ellos continuarían el ascenso de la familia Cotiella, aunque siguiendo derroteros distintos.

Pedro, el hijo mayor (quien inicialmente había ingresado en la Iglesia y recibido las órdenes menores), contrajo matrimonio en Granada con una rica heredera (una Beltranilla) y vivió como noble; estableció varios mayorazgos, destacando sus posesiones en el Valle de Lecrín.

La misma torre, en el año 1924, aproximadamente, pero no se observan molduras ni pinturas en su parte superior.

José Eusebio, el segundo hijo, colaboró ​​desde joven en los asuntos financieros de su padre: en 1745, estuvo en Madrid para cobrar sumas que se le adeudaban. Se incorporó a la clase mercantil al casarse con Teresa de Castro y Sánchez de la Rúa en 1747.

Este hijo, que continuó viviendo en Sevilla, amplió el ámbito de las actividades heredadas de su padre, demostrando un gran dinamismo en diversos campos. En su faceta de financiero, sucedió a su padre como tesorero de la Bula de Cruzada, gestionando sumas cuantiosas; en este cargo, remitió 656.796 reales a la Real Hacienda entre 1747 y 1751, percibiendo un salario anual de 12.000 reales y una comisión de un cuarto de real por cada 100 reales recaudados. Para garantizar dichas remesas, hipotecó la hacienda de Tomares, valorada en 256.653 reales. Asimismo, asumió el cargo —de carácter señorial— de tesorero de la Casa Ducal de Medinaceli, una familia de enorme poder en Sevilla, por el que recibía un salario anual de 600 ducados (equivalentes a 6.600 reales).

Es socio de una compañía de seguros marítimos. Presta dinero a organismos públicos o a particulares, como a la ciudad de Sevilla para permitirle abonar contribuciones extraordinarias.

Como comerciante, constituyó una sociedad con su hijo en diciembre de 1782 (aportando él mismo tres cuartas partes del capital), para dedicarse al comercio de aceites, granos y otras mercancías. Lamentablemente, los libros de cuentas llevados por su cajero, mencionados en su testamento, no se han conservado. Cabe destacar que participó en el comercio con las Indias (requisito indispensable para formar parte de la oligarquía mercantil), y figuraba inscrito en el Consulado de Sevilla; no obstante, resulta curioso que los registros sevillanos apenas dejen constancia de esta actividad. La explicación podría residir en la asociación de José Eusebio con Antonio Aguirre, de Cádiz: es lógico suponer que las negociaciones y la formalización de los contratos se habrían llevado a cabo en dicha ciudad.

Aparte de las tierras arrendadas, José Eusebio explotó directamente las tres haciendas que poseía: la llamada Simón Verde, en Gelves, cerca de Sevilla a orillas del río, estaba plantada con olivos, naranjos y pinos, la presencia de un vivero demostraba que aún se estaba mejorando, y los naranjos que el propietario buscaba nuevas empresas; la de Tomares incluía 90 aranzadas de olivos y 9 de cereales (según la liquidación, cuenta y levantamiento de los bienes de José Eusebio Cotiella y Echegoyán, en el año 1799).

José Eusebio falleció en abril de 1792. Entre sus bienes, dejamos indicados a continuación las tierras, según la valoración realizada en el reparto de la herencia de 1799, tras siete años de litigios entre sus herederos:

-Casa principal, barrio la Laguna (calle Castelar): 360.159 rs.

-Casa con corral de vecinos y almacén, calle Azacciones: 48.076 rs.

-Casa con 2 almacenes, Puerta de Carmona: 22.506 rs.

-Cuarta parte de la hacienda Simón Verde, en Gelves: 77.777 rs.

-Hacienda San Juan Bautista, en San Juan de Alfarache: 442.166 rs.

-Participación en la hacienda de Camas (con los otros herederos de Martín Echegoyán): 153.200 rs.

En el año 1926, la torre sigue siendo una de las estructuras destacadas de su entorno. 

José Eusebio dejó una fortuna cuatro veces mayor que la que había poseído su padre, a pesar de haber heredado solo la mitad de dicha cantidad; los Cotiella figuraban entre las doscientas familias más acaudaladas de Sevilla.

La composición de su patrimonio resulta reveladora: los bienes inmuebles representan el 25,5 % del valor total (desglosados ​​en un 10 % en casas y un 15,5 % en terrenos).

La proporción de su capital invertida en bienes inmuebles (algo más de una cuarta parte), puede compararse con el promedio del 19,8 % observado en la muestra anteriormente citada de 58 comerciantes sevillanos, así como con una muestra de Cádiz que arrojó la misma cifra. Cabe inferir de ello que Cotiella, comerciante andaluz, sentía una mayor inclinación por la tierra que sus colegas, o tal vez que no era un comerciante «puro», sino más bien una figura híbrida entre agricultor y comerciante, conviene señalar que sus inversiones inmobiliarias no suponían necesariamente el abandono del comercio: las casas servían de almacenes y locales comerciales (*asesorías*), mientras que las fincas rurales (de las que la hacienda de San Juan Bautista, la primera mencionada en propiedad y la última que, según parece, vendieron), abastecían de productos agrícolas para la actividad comercial.

A partir de documentos notariales se puede apreciar ciertos rasgos de la personalidad de José Eusebio: Como empresario, era extremadamente cauteloso y se preocupaba mucho más por administrar su patrimonio con prudencia que por asumir riesgos. Buscaba inversiones que fueran a la vez seguras y rentables, como casas y fincas, las haciendas, dedicadas al cultivo de la vid.

La esposa de José Eusebio, Teresa Isabel Castro, era una mujer discreta que se dedicó a sus cinco hijos. Poseía en exclusiva la mitad de la hacienda de Camas que había pertenecido a su padre. Sobrevivió a su marido veinte años y falleció recién en 1812; murió viuda, asistida por cuatro criados y siendo propietaria de magníficos collares de diamantes y esmeraldas: ¿los luciría acaso durante la Semana Santa o en alguna ceremonia familiar?

Sabemos menos sobre la tercera generación de los Cotiella afincados en Sevilla. Fue una época de decadencia, marcada por crisis tanto sociales como familiares. Sustituyeron el cómodo estilo de vida burgués del padre por ideales diferentes. Manuel José, hijo primongénito de José Eusebio y Teresa Isabel Castro, heredó estos bienes y, en un principio, parecía decidido a seguir los pasos de su tío, Pedro José, que se había vinculado con la nobleza. El testamento establece una repartición equitativa de los bienes, con una quinta parte para cada uno de sus cinco hijos, de la cual podrían disfrutar tras la muerte de su madre.

Según la partición de bienes del testamento de Teresa de Castro, en enero de 1819, los descendientes se vieron en la necesidad de vender una parte considerable de los bienes inmuebles acumulados por sus antepasados, como una casa en Sevilla, la finca en Gelves y mobiliario de aquellos lugares, valorados en más de 10.000 reales. Sin embargo, los terrenos en Tomares, más concretamente, en la villa de San Juan de Aznalfarache (dependiente del gobierno administrativo de la anterior hasta el año 1890), debieron seguir bajo el control de un miembro de la familia, como reflejamos a continuación.

Llegamos a la cuarta generación con el hijo de Manuel José, José Juan, quien figura como albacea de su madre en 1815 y tuvo al menos una hija; para 1822, esta ya estaba casada con un hombre apellidado Nuevas. Un examen exhaustivo de los registros notariales de Sevilla y Cádiz probablemente permitiría rastrear el linaje de los Cotiella hasta bien entrado el siglo XIX. Sin embargo, cuando recopilé el material para mi investigación en la década de 1960, el apellido era desconocido tanto en Sevilla como en Cádiz.

¿Puede ser esta una foto del cortijo en la hacienda de San Juan Bautista antes de la construcción de la fábrica de loza? ¿Es su torre principal la misma de las otras imágenes? Aunque, según parece, aquí tendría una planta más (que pudo ser soterrada por las edificaciones posteriores).

El 17 de noviembre de 1854, se constituyó la sociedad Jorge Brander & Cía, con un capital de 25.000 pesetas, dirigida por el mencionado ciudadano inglés para la construcción de una fábrica de loza. El lugar idóneo para la construcción de la factoría es una parcela en la ribera fluvial de San Juan de Aznalfarache, por las ventajas que, para la carga y la descarga, ofrecía el Guadalquivir y se efectúa la compra de la hacienda de San Juan Bautista, propiedad de María Manuela Cotiella (quien entendemos que es la hija de José Juan Cotiella), e inmediatamente, comienzan las obras de construcción de la fábrica, en unos terrenos, hasta entonces, dedicados a huertas.

Comparación de la perspectiva oeste de la foto antigua, con una vista aérea reciente de la torre.

A partir de 1854, la historia de la hacienda de San Juan Bautista es la historia de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache.

Bibliografía:

-COLLANTES DE TERÁN SÁNCHEZ, A. (COORD., 2022): “La casa sevillana”. Sevilla, Real Academia Sevillana de Buenas Letras.

-GAMERO ROJAS, M. (1988): “Una aportación al estudio de la presencia de vascos y navarros en la Sevilla del siglo XVIII: su inversión en tierras de 1700 a 1834”, en “Boletín de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País” (tomo 44, Nº 3-4, págs. 461-510). Azkoitia, Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.

-HEREDIA HERRERA, A. (1989): “Sevilla y los hombres del comercio (1700-1800)”, de la Colección Galaxia. Sevilla, Editoriales Andaluzas Unidas.

-HEREDIA HERRERA, A. (1996): “Los vascos en el consulado de Sevilla”. Vitoria, Escobedo Mansilla.

-HIDALGO LERDO DE TEJADA, F. (2009): “Recibimientos de hidalguía en el Reino de Sevilla: Tomares, siglos XVII-XIX”, en “Anales de la Real Academia Matritentese de Heráldica y Genealogía” (tomo XII, págs. 25 a 83). Madrid, Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía.

-PLEGUEZUELO, A. (2000): “Estampaciones para lozas de los siglos XIX y XX. La fábrica de San Juan de Aznalfarache, Sevilla (1854-1954), para el Museo de Bellas Artes de Asturias”. Sevilla, Universidad de Sevilla.

-PONSOT, P. (1984): “En busca de una familia empresarial sevillana del siglo XVIII: los Cotiella” (pág. 105 a 116), en VV.AA.: “Actas del II Coloquio de Metodología Histórica Aplicada: La Documentación Notarial y la Historia” (Vol. 1). Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela.

-TIRADO, A. L.: Documento “Breve historia de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache”.

Otras fuentes:

-familysearch.org

El segundo acto de la zarzuela "El Bergantín Rayo" tiene lugar en San Juan de Aznalfarache 1867

“El Bergantín Rayo” es una zarzuela en dos actos y en verso, con poesía del gaditano José Velázquez y Sánchez, música de Manuel Rodríguez y textos en varios idiomas: español y también un lenguaje andaluz vulgar, por el tío Mostagan; italiano, por el origen del personaje del Conde; y francés, por los diálogos entre marineros de estos países. Para hacer más europeísta aún esta función, hay alusiones a la ciudad de Londres.

El segundo acto, como expresa el guión de la representación, tiene su decorado y, por tanto, su desarrollo, en la localidad de San Juan de Aznalfarache.

Representada en el Teatro del Circo, la obra relata que, tras la llegada de un grupo de marineros al Puerto de Sevilla, entre los mismos, Jorge y Gaspar, provenientes de la Antilla española, buscan las formas de celebrar el éxito de aquella navegación; primero, en la ciudad, y después, en nuestra villa. Además, Gaspar recela de su amor por Dolores.

Página 26, estrofa para el coro:

Quien quiera divertirse,

luego nos siga,

que, a San Juan de Alfarache,

vamos de gira.

También en la página 26 para el personaje de Juana:

Moza buena,

determina la alta cámara

aprovechar el domingo,

en San Juan, y de jarana.

Página 27, final del primer acto:

A San Juan va a acabarse

nuestro jaleo,

con sabrosa comida,

con vino añejo.

¡Ole salero!

Página 28:

ACTO SEGUNDO: El teatro representa la amena orilla del Guadalquivir, donde se halla situado San Juan de Aznalfarache. A la izquierda, la venta y parador, con bancos de material a un lado y otro de la puerta. Al fondo, pilar con la cruz verde, que marca la entrada de la aldea. A la derecha, rústico muelle; apercibiéndose la proa del bergantín Rayo. Al fondo y en perspectiva, las feraces llanuras de Tablada. Aparecen Jorge y los marineros, saliendo de la venta, en alegre confusión. La orquesta preludia el coro «Bulla y fiesta en tierra firme» de la escena primera del primer acto.

Escena III del acto segundo, en página 31, con Jorge y el coro de marineros:

En los altos del convento

parece que están de zambra,

y he visto pasar buen número

de mocitos y muchachas.

Esta obra fue autorizada para su representación por el gobernador Ramón Auñón y Villalón, el 1 de mayo de 1867.

José Velázquez y Sánchez, que usó el pseudónimo de Clarencio (Cádiz, 19 de marzo de 1826 - Filipinas, 1879), es periodista, dramaturgo, historiador y escritor español del Posromanticismo. Nacido en Cádiz en 1826, a los pocos meses de su nacimiento, su familia se trasladó a Sevilla, ciudad en la que transcurrió la mayor parte de su vida. Licenciado en Jurisprudencia por la Universidad hispalense (1848), José Velázquez ejerció diversas profesiones —además de abogado, fue periodista, archivero municipal, cronista de la ciudad, secretario del alcalde, promotor editorial, escritor, historiador, crítico taurino— si bien la denominación que mejor puede definir su personalidad sería la de publicista o la de escritor público, por su implicación activa con el pasado y con el presente, con la narración histórica y con el columnismo periodístico, con la crónica, la opinión o la sátira. Se instruyó con las obras de otros ilustres eruditos como José Félix Reinoso, Alberto Lista y Blanco White.

Formó parte en la Sevilla de mediados del siglo XIX de una generación de inquietos hombres de letras, mezcla de intelectuales, periodistas y literatos, entre los que destacaron Joaquín Guichot, Juan José Bueno, Amador de los Ríos o Francisco Collantes. Variedad y fecundidad desmesuradas son las características más destacadas que señalaron sus contemporáneos de su producción literaria, que le llevó, con desigual fortuna, a cultivar indistintamente todos los géneros. Luis Montoto llegó a denominarle como “el primero de los periodistas sevillanos”; el mismo Velázquez afirmó que había trabajado en más de cien publicaciones, la mayoría de las cuales surgieron por iniciativa suya.

Estuvo empleado como archivero del Ayuntamiento de Sevilla entre abril de 1859 y febrero de 1869, que entonces se hallaba en un completo desorden, organizando numerosas secciones de sus legajos y, gracias a ello, pudiendo acceder a numerosos documentos para sus trabajos históricos; tal vez por esto, y porque intervino en casi todas las publicaciones de Sevilla de su tiempo, fue nombrado cronista oficial de la ciudad (1861-1869).

En la zarzuela “El Bergantín Rayo” demuestra además que tenía conocimientos de lenguas extranjeras. A pesar de que en el guión de esta zarzuela se señala que se representa en el Teatro del Circo, no hemos encontrado anuncios o fechas de dicha actuación.

Bibliografía:

-VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ, J. (1862): “Crónica regia: Viaje de la Corte a Sevilla, en 1862”, Nº. 33 de la colección “Estudios históricos, biográficos y curiosos del Archivo Municipal de Sevilla”. Sevilla, Imprenta y Litografía de la calle Sierpes, 35.

-VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ, J. (1867): Zarzuela “El Bergantín Rayo”, en “Galería Bufa Sevillana” (Nº. 7). Sevilla, Francisco Álvarez y Cía.

Texto de esta zarzuela en:

-cervantesvirtual.com/obra/el-bergantin-rayo-zarzuela-en-dos-actos-y-en-verso-1059858/

-bnedigital.bne.es/bd/es/viewer?id=00e2b76d-599c-4401-8853-0bbc25baf56a

-archive.org/details/HCa069035

Otras fuentes:

-historia-hispanica.rah.es/biografias/45091-jose-velazquez-y-sanchez

-wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Vel%C3%A1zquez 

Una extraña referencia de Muñoz y Pabón en su párrafo sobre San Juan de Aznalfarache 1906

Juan F. Muñoz y Pabón.

El canónigo y escritor, el Rvdo. Sr. D. Juan Francisco Muñoz y Pabón, Pbro., nació en Hinojos (Huelva), en 1866, y falleció en Sevilla, en 1920. Su novela titulada “Paco Góngora” fue escrita en 1906, con licencia de la Autoridad eclesiástica y cuenta la historia de Paco Góngora, un joven campesino que lucha por salir adelante, en un mundo lleno de injusticias y desigualdades sociales en la España del siglo XIX. A través de su lucha, Paco se enfrenta a situaciones que lo llevan a reflexionar sobre la vida y la muerte, la amistad y el amor, la libertad y la justicia. Esta obra es una denuncia social, que retrata la vida de los campesinos y obreros de la época, invitando al lector a reflexionar sobre la importancia de la solidaridad y la lucha por los derechos de los más desfavorecidos.

En el tomo II de esta novela aparece:

Unos jóvenes… “habían salido del muelle al despuntar la luna. Habían cenado en San Juan de Aznalfarache opíparamente y, el que más y el que menos, se había empapalinado de lo lindo. Habían luego desembarcado en Gelves…”.

“Empapalinado” es una expresión lingüística que queda recogida por escrito así en todas las fuentes consultadas, aunque pensamos que se refiere a nuestro típico plato andaluz: las papas aliñás, es decir, se habrían “empapaliñado”.

 

Hemeroteca:

-“Diario de la Marina, edición de la tarde”. Jueves, 2 de junio de 1910. La Habana.

-“Gaceta de Tenerife, diario católico de información”. Miércoles, 7 de febrero de 1917. Santa Cruz de Tenerife.

-“Ideal Numantino, periódico católico”. 6 de junio de 1910. Soria.

-“La Voz de Alicante”. Martes, 4 de abril de 1905. Alicante.

Otras fuentes:

historia-hispanica.rah.es/biografias/31791-juan-francisco-munoz-y-pabon

catedraldesevilla.es/juan-francisco-munoz-y-pabon-la-voz-de-justicia-divina-en-la-catedral-de-sevilla/

amazon.es/Paco-Gongora-Francisco-Munoz-Pabon/dp/1165697688

El cronista Antonio Gómez Azeves y su conocimiento de San Juan de Aznalfarache en el siglo XIX

Portada de su obra de 1871.

El sevillano D. Antonio Gómez Azeves, nació y murió en la misma ciudad hispalense en la que pasó toda su vida, hasta el año 1881, por su defunción. Arqueólogo e historiador como vocaciones, este escritor fue uno de los más conocidos a nivel local, en la segunda mitad del siglo XIX. Su primera obra relevante tiene el título “Letrillas eróticas”, en 1841, pasando luego a centrarse en las temáticas que ya hemos señalado como su vocación. En la “Revista de Ciencias, Literatura y Artes” publicó una colección bastante numerosa de estudios biográficos.

En sus textos, demuestra que es gran conocedor de la historia de Sevilla y de las poblaciones de alrededores como Gelves, Alcalá de Guadaíra, La Algaba, Marchena, Santiponce y la villa de Itálica, Salteras y San Juan de Aznalfarache, entre otras, incluyendo además referencias a los montes Ossethanos, la meseta aljarafeña.

La primera alusión a nuestra localidad la encontramos en el artículo “Estudios artísticos. A una señora muy erudita”, de 18 de diciembre de 1854, en la que el autor confesaba que había recibido una carta de una señora, a la que le respondió, entre otros asuntos, confesando que recordaba mucho «aquellos años bonancibles en los cuales nos conocimos»; y le parecía que «estoy viendo ahora, delante de mis ojos, a los buenos y sabios amigos que nos acompañaban en nuestros frecuentes viajes a las ruinas de Itálica, o a los castillos sarracenos de Alcalá de Guadaira y de San Juan de Aznalfarache», este último, el pintoresco pueblecito que estaba situado a media legua de Sevilla, a los pies de aquella fortaleza.

En la tertulia literaria de la Real Academia sevillana de Buenas Letras, que tuvo lugar el miércoles 30 de abril de 1862, una de las composiciones que se leyó fue la del señor Gómez Azeves, la cual fue un romance titulado “Al castillo de San Juan de Aznalfarache”. Por desgracia, no hemos podido encontrar, hasta el presente momento, que este texto quedase publicado, por lo que lo damos por perdido.

El 1873, Gómez Azeves plantea una curiosa descripción para Itálica, como “la ciudad de los vicios, la colonia de las desenvolturas, el asilo de los escándalos”, dentro de la Ossethania, territorio que tendría por capital a Osset (San Juan de Aznalfarache), algo que ya fue descartado por los estudiosos en general.

Su obra titulada “La buena familia”, de 1876, culmina con la siguiente descripción:

El donadío rústico, es una rica huerta en las márgenes del Guadalquivir, entre San Juan de Aznalfarache y Gelves; la ciudad, Sevilla, y la buena familia, los «Villaranes».

En 1878, bajo el título “Un viaje a Gelves”, dedicado al anticuario don Eusebio Mercadillo, el autor describe nuestra localidad por aquella época, desde su salida de las tierras de la urbe hispalense.

A las señoritas que le acompañaban en el carruaje, al pasar por frente del Convento de los Padres terceros franciscanos de San Juan de Aznalfarache, les hice una ligera y lacónica reseña de su interesante historia, la cual escucharon con suma atención y agrado. Con tono lastimero, les recité la castiza oda de Mármol intitulada “Mi situación” leída en Cádiz, en 1807, a una academia de jóvenes poéticas, en la que, entre otras bellas estancias, brilla la siguiente:

La triste noche que mi yerta mano,

la lira suspendió de añosa oliva

En los callados montes Ossethanos,

donde a las flores dixe mis canciones,

mi funesto quebranto,

las ninfas condolieron con su llanto.

Mucho gustó, mucho aplaudieron las tres jóvenes esta linda poesía del Cantor de Tarfira. En risueña amigable conversación, atravesamos el pintoresco Aznalfarache (la antigua Osset Bética) y dejando a nuestra derecha las graciosas haciendas de Valdeparaiso y Simon Verde.

Con las indicaciones sobre los “montes ossethanos” y la alusión al apodo “Cantor de Tarfira”, Gómez Azeves deja claro que conoció la obra de Manuel María del Mármol y quizá también al propio poeta y clérigo, pues falleció en 1840. Es posible que este intelectual le diera clase al protagonista de este texto. Manuel María, con los jóvenes a los que impartía clases, proyectaba excursiones y pasatiempos en el campo, dirigidos habitualmente al convento de San Juan de Alfarache, distante una legua de Sevilla, y que se asienta sobre aquellos elevados montes, con el nombre de Ossethanos.

Antonio Gómez Azeves también dio a conocer un soneto inédito de fray Diego de Quixada, titulado: “Para el sepulcro de Fernando de Herrera”, con biografía del religioso franciscano, que vivió en el convento de San Juan de Aznalfarache, entre 1473 y 1483, y que llegó a ser obispo de la diócesis de Guadix.

 

Enlaces en este blog:

Manuel María del Mármol y su relación con San Juan de Aznalfarache.

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2024/08/un-poeta-que-se-inspiraba-en-san-juan.html 

Bibliografía:

-AGUDELO HERRERO, J.: “La vida y la obra del escritor Antonio Gómez y Azeves (1805-1881)”.

-AGUDELO HERRERO, J. (2025): “Recuerdos sevillanos y otros escritos, por Antonio Gómez Azeves”. Sevilla, Universidad de Sevilla.

-DOMÍNGUEZ GUZMÁN, A. (1969): “Índice de la “Revista de Ciencias, Literatura y Artes (Sevilla, 1856-1860), en “Archivo Hispalense, revista histórica, literaria y artística” (Nº. 153-158, tomos L-LI). Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla.

-GÓMEZ AZEVES, A. (1871): “Obras varias de don Antonio Gómez Azeves, individuo de número de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras”. Sevilla, Imprenta de Operarios del Arte.

-GÓMEZ AZEVES, A. (1873): “La Marina Española: Almirantes olvidados o desconocidos”. Sevilla, Imprenta de Operarios del Arte.

-GÓMEZ AZEVES, A. (1879): “Folletín de El Universal: Obras varias de don Antonio Gómez Azeves”. Sevilla, Imprenta de los Ayuntamientos.

Hemeroteca:

-“La Andalucía, órgano de la unión bético-extremeña”. Viernes, 2 de mayo de 1862. Sevilla. 

La pesca en San Juan de Aznalfarache

Sección de cuadro de Barrón y Carrillo, en el año 1845, en el que se muestra la Punta de Tablada, curva del río, entre los tramos de Los Gordales y Las Pitas, con varias embarcaciones pequeñas y la ciudad de Sevilla al fondo.

Escribimos este texto, en el mes de julio, durante los días de ceremonias expresando la devoción a Santa María del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen, patrona, entre otros, de los marineros y los pescadores, como homenaje a la propia pesca que, de forma artesanal, se estuvo practicando en el término municipal de San Juan de Aznalfarache durante siglos.

Una actividad tan antigua como los primeros asentamientos de la humanidad, la pesca, será una fuente de riqueza para nuestra villa, hasta el siglo XX. El Guadalquivir, a su paso por nuestro término municipal, ofrecía la posibilidad de alimentarse y de comerciar, a través del aprovisionamiento en pequeñas embarcaciones, con barbos, bogas, sabogas, machuelos, anguilas, sábalos y sollos (esturiones). Esta práctica comenzaría con los turdetanos; los romanos y andalusíes que se asentaron en estas tierras conocieron la exquisitez de la carne de esturión y sus huevas, el caviar, que también fueron consumidas por las clases altas de Sevilla.

Sección de cuadro de Barrón y Carrillo, del año 1850, con dos pequeñas embarcaciones, en el tramo de Las Pitas, del río Guadalquivir, a su paso por San Juan de Aznalfarache.

En el siglo XV, se narra que uno de los rasgos del paisaje del curso del Guadalquivir, en la subida desde Sanlúcar de Barrameda, hasta Sevilla: “El río, en la frontera del cangrejo y la naranja, en la divisoria de la medusa y la adelfa, el pez fluvial se cruza con aquel otro, extranjero en sus aguas, que perdió el rumbo a la altura de los bajos de Salmedina, con seguro riesgo de encallar en las redes de los camaroneros de San Juan de Aznalfarache”.

Este pescado sería famoso en la ciudad de Sevilla y sus alrededores, pues en una visita de S. M. el Rey Carlos IV, durante el mes de febrero de 1796, dentro de sus actividades previstas para estas jornadas, el día 20, y acompañado por el infante D. Antonio, una falúa les traería a San Juan de Aznalfarache para divertirse con la pesca de los sábados, cerca de la zona urbana de nuestra villa.

Postal de principios del siglo XX, con dos embarcaciones en la Punta de Tablada.

El político navarro Pascual Madoz e Ibáñez, en su “Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar”, del año 1845 señala que, entre los recursos alimenticios que produce nuestro pueblo se encuentra el pescado, a través de los sábalos, las anguilas, los róbalos, los albures y los barbos.

En septiembre de 1853, aparece publicado en el “El Guadalete, periódico literario y de interés general”, un relato corto llamado “Un día de boda”, en el cual, un pescador de San Juan de Aznalfarache, el más rico de este oficio, según esta anónima narración, es uno de los protagonistas de una tragedia que se desarrolla en el término municipal de nuestra localidad.

En el año 1908, S. M. el Rey navegó por el río Guadalquivir y los lugareños salieron a saludarle, en este caso, desde el muelle fluvial de la fábrica de loza. En primer plano de la imagen, vemos un esquife que también pasa por delante del muelle.

El 18 de octubre de 1896 sí que tuvo lugar un suceso real, pues Joaquín Rodríguez García se encontraba pescando en el muelle de San Juan de Aznalfarache (presuponemos que sería el que estaba al final de la calle Betis, aunque ya por entonces debía existir también el de la fábrica de loza), cuando, en uno de sus movimientos, tuvo tan mala suerte que cayó al agua, dándose con unas estacas de madera y causándose varias heridas en la cara, que incluso se le quedó hueso al descubierto. Fue conducido a la casa de socorro de la sevillana calle Pureza, donde fue curado y pudo marchar a su domicilio.

Si antes comentamos que ya en el siglo XV había camaroneros en el cauce del Guadalquivir, a su paso por San Juan de Aznalfarache, una noticia sobre un enfrentamiento en una venta, el 31 de julio de 1897, nos dice que dos familias salieron de Sevilla hacia nuestra localidad, para pescar camarones y echar así el día, por lo que a finales del siglo XIX aún se avistaban estos pequeños crustáceos en nuestra ribera.

Pesca artesanal de esturiones, en el río Guadalquivir, en el año 1943.

Hasta 1932, antes de que se eliminara el tramo de Los Gordales del río Guadalquivir, se habría estado practicando la pesca del esturión y de sus huevas, el caviar, a la entrada de San Juan de Aznalfarache, para ser procesado en la factoría de la familia Ybarra en Coria del Río.

Embarcación de pesca, a vela latina, en el río Guadalquivir, año de 1940.

Las intervenciones humanas en el cauce del río, la desaparición de las instalaciones portuarias de nuestra urbe (por el cese de las respectivas fábricas e instalaciones ferroviarias), los excesos en la pesca, la contaminación industrial y urbana, y la agresividad de especies invasoras, antes del final de la primera mitad del siglo XX, acabaron con quienes se ganaban la vida en distintas ocupaciones relacionadas con el río, incluidos los pescadores, que tuvieron que dejar su arte desde sus esquifes. Sin embargo, a día de hoy, aún se ve a algún que otro aficionado, con su caña, por los alrededores de la ribera.

Enlaces en este blog para ampliar información:

Relato “Un día de boda”:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2026/03/novela-corta-un-dia-de-boda-de-1853.html

Suceso tras pesca en 1897:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2026/01/rina-sangrienta-en-san-juan-de.html

El tramo del Guadalquivir por San Juan de Aznalfarache se llamaba Las Pitas:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2026/03/tramo-las-pistas-del-rio-guadalquivir.html

Bibliografía:

-INSTITUTO DE HISTORIA Y CULTURA NAVAL: “Reinado de Carlos IV”.

-MATUTE Y GAVIRIA, J. (1887): “Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla, Metrópoli de Andalucía…” (tomo III). Sevilla, imprenta de E. Rasco.

-VV.AA. (2015): “Catálogo de Paisajes de la Provincia de Sevilla”. Sevilla, Centro de Estudios Paisaje y Territorio de la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio.

Hemeroteca:

-“El Liberal”. Domingo, 27 de febrero de 1901. Sevilla.

-“El Noticiero Sevillano, diario independiente de noticias, avisos y anuncios”. Domingo, 18 de octubre de 1896. Sevilla.

-“El Noticiero Sevillano, diario independiente de noticias, avisos y anuncios”. Sábado, 31 de julio de 1896. Sevilla.

Fuentes:

-diccionariomadoz.com/aznalfarache-san-juan-de/Sevilla/

-facebook.com/Sevillamaritimayfluvial

-historiacocina.com/es/historia-del-caviar-y-del-esturion

-historiacocina.com/historia/articulos/caviar1.htm

-lamemoriadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2014/08/el-guadalquivir-y-san-juan.html 

Villa Chaboya o Villa Echagoya la historia de un posible error en San Juan de Aznalfarache siglos XVI y XVII

 

Mapa de 1628.

El término “Chaboya” sigue formando parte del presente de San Juan de Aznalfarache, tanto por el nombre de la histórica finca en la que vivió D. Otto Engelhardt, desde 1913 y hasta que fue ejecutado en 1936, como por haber sido la parte norte de la Barriada Nuestra Señora de Loreto, donde en 1628, aproximadamente, el cartógrafo Miguel de Obando situó una propiedad con ese nombre. ¿Pero de dónde procede esta denominación? A continuación, la hipótesis más detallada que hemos podido elaborar sobre este término.

Tras contenidos aportados previamente, en este blog sobre la historia local, nos vamos a decantar por una de las teorías ya indicadas en la entrada anterior “San Juan de Aznalfarache y término Chaboya”, según la cual, indicábamos que encontramos un maestre de la Nao Victoria (año 1578), que se llamaba Juan Echagoya (o Juan de Echagoya), y que incluso un texto lo menciona como Juan Chagoya, con una sola letra de diferencia entre un término y otro.

¿Cuáles son los indicios para alentar esta relación entre este marino y San Juan de Aznalfarache?

A partir de los datos encontrados, la biografía sobre Juan de Echagoya, que podemos construir, es que fue un marino y comerciante nacido en Orduña (Vizcaya), en una fecha desconocida, pero que pensamos que pudo ser durante el segundo cuarto del siglo XVI. Como muchos otros pobladores de las tierras del norte de la Península Ibérica, vino a Sevilla, para buscar fortuna, en la Carrera de las Indias, cosa que, según parece, logró.

En 1577, ya vivía en Cádiz, donde comenzó a obtener licencias, permisos o autorizaciones para la navegación y el comercio, tanto de mercancías humanas, a través de la trata de esclavos, como de materiales y alimentos (vinos, aceite, jabones y lienzos); ya tendría un barco a su nombre, llamado La Trinidad, en el que figuraba como consignatario de los cautivos traídos de “las Indias”. Seis años después, ya en la ciudad de Sevilla, vivía en la colación de San Vicente. Y contaba con la propiedad de otras naos: San Salvador, Santa Catalina, San Pedro, San Francisco, Santa María de Vitoria y el galeón San Juan.

En 1584 ingresó en la Cofradía de Mareantes de Sevilla, consagrada al culto de la Virgen del Buen Aire, San Pedro y San Andrés.

El propietario de un navío suele ser también maestre o capitán del mismo, gestiona las cargas de la nao y actúa además como cargador de mercancías a cuenta propia, como era el caso de Echagoya, quien amasó buena parte de su fortuna, gracias a su condición de naviero y a su desempeño como suministrador de fletes. Llegó a acumular una fortuna cercana a los 60.000 ducados, gracias a las licencias otorgadas. Esta cantidad fue estimada por él mismo, pero también lo demuestra con su boda con Francisca Maldonado, pues aportó a su esposa 2.000 ducados en arras, que en ese momento no excedían la décima parte de sus bienes libres.

Su pista se pierde en el año 1590, cuando abandona Sevilla, con destino a Nueva España. Hay documentación que indicaría “haverse aogado el dicho Joan de Chagoya” en Riohacha (Colombia).

Pero lo importante para la historia local de Juan Echagoya es la afirmación de que este rico capitán también era propietario de viñas, en la banda de Triana, hasta San Juan de Aznalfarache, un dato que le pone en relación con nuestra localidad directamente.

A ello se podría sumar la importancia del puerto de San Juan de Aznalfarache en aquel primer siglo de la Carrera de las Indias, lo cual le haría un punto estratégico para controlar la entrada y salida de las naos, además de su reparación, y en Juan de Echagoya, encontramos ese doble interés, por sus barcos y por sus viñas, y aunque tuviera casa en la ciudad de Sevilla, siendo rico, como era, podría tener otra en el cerro, a las afueras de la ciudad, en un sitio alto, para protegerse de las riadas de aquellos tiempos que anegaban la vega de Triana.

Además, podría existir el cultivo de viñas sobre el cerro, como se venía produciendo desde los tiempos de la urbe amurallada de Osset y que demostró un estudio paleontológico realizado por el descubrimiento de las ruinas romanas, para la excavación del Metro de Sevilla, a principios del siglo XXI, en San Juan de Aznalfarache: Las muestras de tierra tomadas del fondo de las piletas encontradas y analizadas por la palinóloga de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, Celia Yáñez, certifican que el cultivo de la zona era exclusivamente la vid, excluyendo el olivo y el cereal.

Otro dato anecdótico es que, según lo recopilado sobre Juan de Echagoya, tenía un galeón, tradicionalmente un barco poderoso, que podía ser quizá el más grande de su flota, llamado “San Juan”, como nuestra localidad. ¿O es sólo una casualidad?

¿Y si el cartógrafo Miguel de Obando se equivocó al poner el nombre de este lugar y en vez de “Villa Echagoya” o “Villa Chagoya”, escribió “Villa Chaboya”? Muchos mapas antiguos contienen errores en la denominación de los lugares; algunos son reconocibles y otros han quedado como incógnitas para la historia, al ser sitios que han desaparecido o que no se saben identificar.

En este texto aportamos la importancia que tenía para el rico comerciante Juan Echagoya, tanto sus negocios con sus naos, las cuales podían ser reparadas en San Juan de Alfarache, o con vides de las que sí se atestigua que tuvo en estos parajes.

Esta hipótesis sólo tiene dos impedimentos relativos:

-La no existencia de un documento o testimonio de la época que demuestre que fue real la propiedad de Juan de Echegoya sobre esta parte de San Juan de Aznalfarache. Pero es que estamos hablando de más de cuatro siglos atrás…

-Y que “Chavoya”, con “v”, existe como nombre en una crónica hispánica comenzada por Florián Ocampo, en el año 1553, treinta años antes de que Juan de Echegoya viniese a vivir a Sevilla, aunque su obra no fue acabada y publicada hasta 1791, por lo que podría haber sido incorporada después del propio siglo XVI.

Concluimos este texto con la única aportación irrefutable: Existió una relación entre Juan de Echagoya y San Juan de Aznalfarache (Alfarache, por entonces), a través de las viñas. ¿Pero "Echagoya" o "Chagoya" y "Chaboya" es el mismo? Hasta el momento, es lo que más se acerca a la posible explicación de este término en nuestra localidad.

Enlaces en este blog, para mayor información:

San Juan de Aznalfarache y el término “Chaboya”:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2024/04/san-juan-de-aznalfarache-y-el-termino.html

La importancia del puerto de San Juan:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2024/07/la-importancia-del-puerto-de-san-juan.html

Una casa sobre un cerro, para salvarla de las riadas:

https://historiadesanjuandeaznalfarache.blogspot.com/2024/07/avenidas-del-rio-guadalquivir-datadas.html

Bibliografía:

-MERCADO HERVÁS, L. (2006): “Intervención arqueológica asociada a la construcción de la línea 1 del Metro por San Juan de Aznalfarache”, en “Anuario arqueológico de Andalucía”. Sevilla, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

-ORTIZ ARZA, J. (2019): Tesis “La comunidad vasca de Sevilla y la trata de esclavos en el siglo XVI” (Vol. 1). Sevilla, Universidad del País Vasco.

-ORTIZ ARZA, J. (2019): “Introducción al estudio de los navegantes vascos de la Carrera de Indias y su participación en la trata atlántica de esclavos del siglo XVI”, en “Brocar” (Nº. 43). Universidad del País Vasco.

Fuentes:

-DE OBANDO, MIGUEL (1628): “Planta de la villa de Tomares, y de San Iuan de Alfarache suanejo, y Alquerias de sutérmino cuya Iurisdicion señorio yvasallaje compró El Sor. Conde de Olivares Duque de San Lucar lamayor en tierra de la ciudad de Sevilla año 1628”.

NOTA: Esta entrada al blog podrá ser modificada si se encuentra nueva información concluyente sobre la misma, lo cual también se indicará en esta parte final.

Cecilia Böhl de Faber y sus cinco obras en las que se halla San Juan de Aznalfarache

Imagen real de Cecilia.

Doña Cecilia Böhl de Faber Ruiz de Larrea (Morges, Suiza 1796- Sevilla, 1877), fue la escritora que firmaba su obra bajo el pseudónimo “Fernán Caballero”; era la hija primogénita del hispanófilo alemán don Juan Nicolás Böhl de Faber y de la gaditana doña Francisca Ruiz de Larrea.

La ocultación del nombre de Cecilia bajo el seudónimo de Fernán Caballero, según la propia autora, se debe a la defensa de la propia intimidad, la supuesta reticencia de los lectores ante la obra de una “literata” y el temor de ser tachada de extranjera por su apellido alemán, lo que podría provocar dudas sobre su capacidad para comprender y describir adecuadamente la vida popular española. De hecho, hay muchas imágenes que le están atribuidas equivocadamente y publicó sus textos cuando lo necesitó, por motivos económicos.

Viviendo con su segundo marido en Sevilla, el Marqués del Arco Hermoso, doña Cecilia siguió el ejemplo de su estudioso padre, recogiendo canciones, relatos populares, cuentos, refranes y breves textos orales de folclore andaluz, que escucha de viva voz a los empleados de la finca en Dos Hermanas, textos que transcribe y que trasladará más tarde a sus novelas y cuentos.

Con doña Cecilia Böhl de Faber se puede decir que nace la novela española moderna, el primer eslabón de la novela realista que engarzaría con obras de trascendental relevancia. Fernán Caballero inicia con decoro la novela realista española.

El papel de doña Cecilia en la narrativa hispánica es clave. Ha sido considerada como la impulsora de la renovación de la novela española, que durante los siglos XVIII y primera mitad del XIX había perdido el brillo que tuvo en la Edad de Oro.

Aparte de vivir en la ciudad hispalense y en la localidad de Dos Hermanas, los textos que, a continuación, reproducimos muestran que subió el río una o varias veces desde Sanlúcar de Barrameda, conociendo la posición de los pueblos ribereños (La Puebla del Río, Coria del Río, Gelves y San Juan de Aznalfarache). Además, por una carta de 1865, consta que vivió en Gelves, concretamente, en la hacienda Simón Verde, aunque por su conocimiento de la zona, como de la sanjuanera finca de Valparaíso, de la que ya aparecen escritos de 1861, parece ser que ya hubiera estado antes por aquí.

 

“Una en otra”, escrita en 1861.

Varias escenas de esta obra las identifica con la quinta de placer y con la localidad a la que pertenece, dentro de su término municipal: San Juan de Alfarache.

Se decidió que iríamos un domingo, embarcados, a San Juan de Alfarache, un lugar pequeñito al borde del río, cerca de aquí

¡Qué magnífica vista!, -le dije-, ¡qué delicioso es San Juan! ¿No os parece, Casta, que tiene sus flores para perfumar, sus ruiseñores para cantar, y su cielo para sonreír a un amor mutuo?...

Llegamos a la preciosa hacienda de Valparaíso, en la que hasta el nombre es poético. La habitación está sentada en la loma del monte; a su espalda, el jardín se eleva como una gran escalera de flores. Varias sendas llevan a una gruta, en el fondo de la cual, una fuente parece haber buscado la sombra y el silencio

Cuando llegué de vuelta a Valparaíso, estaba todo el mundo reunido sobre el terraplén, al frente de la casa

“Vulgaridad y nobleza, cuadro de costumbres populares”, escrita en 1861.

En la siguiente descripción de la marcha río abajo por el Guadalquivir, encontramos una pequeña descripción de nuestra localidad.

A la izquierda y, como prólogo de su historia, que cuenta Sevilla con sus monumentos, encuentra el río al magnífico convento de San Jerónimo que, abandonado y falto del cuidado que le prestaban sus monjes, se desmorona como un cuerpo en que ya no late el corazón; y más abajo, a la derecha, halla a La Cartuja metida entre sus naranjos, como si no habiéndole bastado la soledad y el silencio, hubiese buscado la sombra. Baña después los robustos pies del hermoso puente de piedra y hierro que lo vadea, se acerca a Las Delicias, cuyos frondosos árboles reflejan, en sus aguas, como una dulce impresión que recibe e, inclinándose a la derecha, camina entre mimbrales hacia San Juan de Alfarache, sentado al pie de la vertiente de un monte que, unido a otros, forma un grandioso vallado al llano de Triana.

Vestidos las vertientes de aquellos, de apiñados olivares, como los merinos de su crespo y espeso vellón, ostentan sus cimas blancos pueblecitos, como si intentasen estos pigmeos imitar a las nevadas cumbres de los Alpes.

En 2024, aún se puede contrastar la cercanía entre las haciendas de Valparaíso (San Juan de Aznalfarache) y de Simón Verde (Gelves).

“Simón Verde, cuadro de costumbres populares”, escrita en 1861.

Subiendo por el río, tras describir las localidades de La Puebla del Río, Coria del Río y Gelves, toda la última antes de la ciudad hispalense.

El último, que es San Juan de Alfarache, debe ciertamente la preferencia de que goza a su buen caserío y a la cercanía de la ciudad señora; pues, en punto a vistas, aguas y posición, le aventaja el campestre Gelves. Entre este pueblo y el río se extiende una verde pradera, que pertenece al común o propios. Entre la pradera y el terraplén, formado ante la iglesia y el palacio, están en declive huertas con más árboles que hortaliza; el pueblo se encarama como puede, ambos lados de estas huertas, sobre todo, al izquierdo. El pomposo nombre de palacio conviene a aquella casa -que no lo es-, moralmente, por las armas de Grande que ostenta y, materialmente, porque entre las sencillas y humildes casas que le rodean, puede pasar por tal. Parte de la pradera que besa el río, una vereda, por la que se comunican La Puebla y Coria con la capital, la que después de atravesar aquella, pasa rozando por un aislado y pequeño ventucho, tan rústico que gasta sombrero de paja, y tiene melones y naranjas en las alforjas.

“Cuentos de encantamiento”, escrito en 1861.

Hablando sobre la historia de la Virgen de Valme, hay una referencia previa al río Guadalquivir y a su recorrido por las zonas cercanas de la Provincia de Sevilla.

El río prosigue, resignado y tranquilo, el sendero marcado, reflejando en sus aguas al cielo, ese cielo andaluz que sólo el pueblo ha sabido enaltecer en estos versos tan llenos de religiosa poesía:

La Virgen se subió al cielo

y dejó su manto azul,

que cambió por uno negro,

para el luto de Jesús.

En la orilla opuesta del río se acerca, para cortarle el paso, un alto cerro, pero se detiene abruptamente, como obedeciendo a un gesto de su Creador; a sus pies se agrupa San Juan de Aznalfarache, modesto jardín de flores que se crían entre olivos, como brotan las alegrías a la sombra de la paz.

Sobre su cresta le pusieron los moros un castillo como un yelmo y los cristianos, que hicieron de este una iglesia, le pusieron una cruz como una diadema.

“Deudas pagadas”, escrita en 1863.

Obra escrita en tercera persona sobre experiencias en Sevilla y sus alrededores.

Pero a la hora en que el sol dora, con sus últimos rayos, los desiguales techos de aquellos monumentos, si Fernán sube a su torre (la Giralda), y alza y lleva más lejos sus miradas, desaparece de su presencia la obra del hombre, para ceder el puesto a la del Creador; o mejor dicho, se le presentan las dos, mezcladas y confundidas, porque los grandes paisajes despiertan grandes recuerdos. Allí se extienden las inmensas cuestas del Aljarafe, coronadas de olivos y las que, todavía, la tradición da el nombre de Jardines de Hércules; aquí se encuentra el poético convento de San Juan de Alfarache, ciudadela romana un tiempo, después castillo morisco y hoy, santa ruina, al lado de sus dos cipreses, que parecen velar por ella y consolarla. Al pie de la roca, que sirve de pedestal al convento, hay una aldea encantadora, cuna del héroe de Mateo Alemán y de Lesage, tan poco parecido, por cierto, a los de Fernán Caballero; más lejos, subiendo la cuesta, se perciben las blancas casas de Castilleja, donde murió Hernán Cortés, olvidado de su rey y de la España, bajo un techo que, a lo menos, está seguro de no perecer. Al pie de aquellas ricas colinas, pasea el Guadalquivir sus hermosas y pacíficas aguas. Allí, el observador mira, el novelista escucha, y el escritor no tiene que hacer más que recordar.

Hay una obra más, denominada “Epistolario”, en el que se recogen cartas de doña Cecilia Böhl de Faber en la que hay una puntual mención a las vistas, desde Sevilla, de convento de San Juan de Alfarache.

 

Bibliografía:

-CABALLERO, F. (1861): “Una en otra, novela de costumbres”, en “Obras completas de Fernán Caballero”. Madrid, establecimiento tipográfico de Mellado.

-CABALLERO, F. (1862): “Buena Vista”, en “Colección de artículos religiosos y morales”. Cádiz, Eduardo Gautier.

-CABALLERO, F. (1863): “Deudas pagadas. Cuadro de costumbres populares de actualidad”. Madrid, imprenta del establecimiento de Mellado.

-CABALLERO, F. (1865): “Vulgaridad y nobleza” y “Simón Verde”, en “Colección de Autores Españoles: Cuadros de costumbres” (tomo XVII). Leipzig, Brockhaus.

-CABALLERO, F. (1878): “Simón Verde”, en “Cuadros de costumbres”. Valencia, Librería de Pascual Aguilar.

-CABALLERO, F. (1902): “Buena Vista”, en “Cuentos de encantamiento, infantiles. Cuentos infantiles religiosos. Oraciones, relaciones y coplas infantiles. Colección de artículos religiosos y morales”, en “Colección de Escritores Castellanos: Novelistas. Obras completas de Fernán Caballero”. Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos.

-CABALLERO, F. (1902): “Obras completas de Fernán Caballero: Una en otra, novela de costumbres”, en “Cuadros de costumbres”. Madrid, Hijos de M. Guijarro.

-CABALLERO, F. (1912): “Epistolario”, en “Obras completas de Fernán Caballero: Epistolario” (tomo XIV). Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos.

Otras fuentes:

cervantesvirtual.com/portales/fernan_caballero/autora_biografia/

cervantesvirtual.com/portales/fernan_caballero/presentacion/

historia-hispanica.rah.es/biografias/6569-cecilia-bohl-de-faber-ruiz-de-larrea

elpais.com/cultura/2022-05-13/todos-los-retratos-falsos-de-fernan-caballero.html

La hacienda de San Juan Bautista y la dinastía Cotiella en San Juan de Aznalfarache 1736-1854

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