El traslado del
centro del comercio con América de Sevilla a Cádiz, a principios del siglo XVIII, supuso un duro golpe para la actividad comercial de la capital
andaluza y provocó la marcha de numerosos comerciantes. No obstante, esta
antigua urbe continuó siendo un importante centro de negocios, aunque solo
fuera por la producción diversificada de su zona de influencia —que generaba un
considerable excedente exportable— y por el mercado de consumo que constituía
junto con su territorio y reino que llegó hasta 1833.
Era aún una ciudad de la burguesía, compuesta
por empresarios, intermediarios, comerciantes y negociantes, sobre la cual los
conocimientos son aún parciales.
El primer Cotiella que se estableció en Sevilla se
llamaba Juan Francisco. Había llegado a las
orillas del Guadalquivir en 1723 (hecho que él mismo consigna en su solicitud
de vecindad), y residía en el entorno de la Parroquia del Sagrario (o de Santa
María: la parroquia de la Catedral, donde vivían algunos de los vecinos más
acaudalados y nobles de la ciudad). Es también él quien revela su origen en su
testamento, otorgado en 1745: nació en el lugar de San Estevan de Miralles, en
el concejo de Villaviciosa, dentro de la diócesis de Oviedo.
Fue uno de los muchos asturianos que llegaron
a buscar fortuna, o simplemente el sustento, a las provincias andaluzas,
célebres por su riqueza. Declaró que sus padres eran el “excelentísimo” don Matheo
Cotiella y doña Toribia García; si bien tal título podría sugerir a un
personaje de alto rango y poder, la modesta residencia familiar apunta más bien
a unos hidalgos de recursos limitados. De hecho, resulta curioso observar que
en los numerosos registros sevillanos relativos a la familia Cotiella rara vez
se emplea el tratamiento de «don». Se casó por segunda vez con María Josefa de
Echegoyán y Castellanos, la cual tenía un hermano que era canónigo en Sevilla:
Martín de Echegoyán.
Juan Francisco Cotiella García era un hombre
culto, pues pronto obtuvo importantes cargos financieros en Sevilla (lo que
también demuestra que gozaba de poderosos valedores), tales como la tesorería
de la Santa Cruzada para la archidiócesis y la tesorería de la aduana. El joven
tesorero había recibido una cuantiosa dote de su segunda esposa: 4.048 pesos
escudos (equivalentes a unos 60.880 reales de vellón), a los que se sumaron
posteriormente otros 5.000 reales tras el fallecimiento de una pariente.
Aunque se desconoce si él mismo aportó bienes
al matrimonio, logró adquirir propiedades y dejó un patrimonio que lo convirtió
en un hombre acaudalado: una hacienda
(que comprendía tierras de labor, viñedos y olivares) en Tomares, una pequeña
localidad de la comarca del Aljarafe, cerca de Sevilla, adquirida, en 1736,
por 11.400 pesos (161.670 reales) más 10.392 reales en concepto de alcabala;
posteriormente, añadió un almacén con capacidad para más de 12.000 arrobas de
aceite, así como cuatro aranzadas de tierra, elevando así el valor total a
18.000 pesos, o aproximadamente 270.700 reales.
Refrenda el hecho de la posesión de esta
finca en San Juan de Aznalfarache (aldea de Tomares hasta 1890), que Juan
Francisco Cotiella García fue recibido como hijodalgo por el ayuntamiento de la
localidad de referencia en el año 1737. Llevaba un estilo de vida admirable: en
su casa de la calle Bayona contaba con el servicio de cuatro criados (doncellas
y lacayos), y un cochero, sin contar a la prima que criaba a los niños ni al
cuñado que llevaba la contabilidad. En 1742, cinco años antes de su
fallecimiento, las autoridades fiscales valoraron su fortuna en 1,5 millones de
reales (situada entre las mayores de Sevilla), con motivo de la imposición de
una contribución extraordinaria. Al parecer, el fundador de la dinastía se
limitó a su papel de financiero público; no hay indicios de que participara
directamente en actividades comerciales.
No sorprende ver a este asturiano, viviendo
ya plenamente como un sevillano, hacer ostentación de su piedad al enfrentarse
a su hora final. Miembro de la Cofradía del Santísimo Sacramento y Ánimas Benditas
de su parroquia, solicita ser enterrado en la catedral vistiendo el hábito de
la Orden Seráfica y encarga la celebración de mil misas —a razón de 3 reales y
cuarto cada una— en diversas capillas e iglesias conventuales; entre otros
legados piadosos, envía cien ducados de vellón (equivalentes a 1.103 reales) a
la iglesia de su pueblo natal. Persona
de vida creyente o de vida cristiana, así se explica el nombre de la hacienda
de San Juan Bautista, o que respetara esta denominación si la tenía de antes,
en consonancia con el nombre del patrón de nuestra localidad desde el siglo
XIII, cuando, en 1253, le fueron encomendadas estas tierras a la Orden de San
Juan.
Juan Francisco había allanado el camino para
sus hijos. Ellos continuarían el ascenso de la familia Cotiella, aunque
siguiendo derroteros distintos.
Pedro, el hijo mayor (quien inicialmente
había ingresado en la Iglesia y recibido las órdenes menores), contrajo
matrimonio en Granada con una rica heredera (una Beltranilla) y vivió como
noble; estableció varios mayorazgos, destacando sus posesiones en el Valle de
Lecrín.
José Eusebio, el segundo hijo, colaboró desde joven en
los asuntos financieros de su padre: en
1745, estuvo en Madrid para cobrar sumas que se le adeudaban. Se incorporó a la
clase mercantil al casarse con Teresa de Castro y Sánchez de la Rúa en 1747.
Este hijo, que continuó viviendo en Sevilla,
amplió el ámbito de las actividades heredadas de su padre, demostrando un gran
dinamismo en diversos campos. En su faceta de financiero, sucedió a su padre
como tesorero de la Bula de Cruzada, gestionando sumas cuantiosas; en este
cargo, remitió 656.796 reales a la Real Hacienda entre 1747 y 1751, percibiendo
un salario anual de 12.000 reales y una comisión de un cuarto de real por cada
100 reales recaudados. Para garantizar dichas remesas, hipotecó la hacienda de Tomares, valorada en 256.653 reales.
Asimismo, asumió el cargo —de carácter señorial— de tesorero de la Casa Ducal
de Medinaceli, una familia de enorme poder en Sevilla, por el que recibía un
salario anual de 600 ducados (equivalentes a 6.600 reales).
Es socio de una compañía de seguros
marítimos. Presta dinero a organismos públicos o a particulares, como a la
ciudad de Sevilla para permitirle abonar contribuciones extraordinarias.
Como comerciante, constituyó una sociedad con
su hijo en diciembre de 1782 (aportando él mismo tres cuartas partes del
capital), para dedicarse al comercio de aceites, granos y otras mercancías.
Lamentablemente, los libros de cuentas llevados por su cajero, mencionados en
su testamento, no se han conservado. Cabe destacar que participó en el comercio
con las Indias (requisito indispensable para formar parte de la oligarquía
mercantil), y figuraba inscrito en el Consulado de Sevilla; no obstante,
resulta curioso que los registros sevillanos apenas dejen constancia de esta
actividad. La explicación podría residir en la asociación de José Eusebio con
Antonio Aguirre, de Cádiz: es lógico suponer que las negociaciones y la
formalización de los contratos se habrían llevado a cabo en dicha ciudad.
Aparte de las tierras arrendadas, José
Eusebio explotó directamente las tres haciendas que poseía: la llamada Simón
Verde, en Gelves, cerca de Sevilla a orillas del río, estaba plantada con
olivos, naranjos y pinos, la presencia de un vivero demostraba que aún se
estaba mejorando, y los naranjos que el propietario buscaba nuevas empresas; la de Tomares incluía 90 aranzadas de
olivos y 9 de cereales (según la liquidación, cuenta y levantamiento de los
bienes de José Eusebio Cotiella y Echegoyán, en el año 1799).
José Eusebio falleció en abril de 1792. Entre sus bienes, dejamos indicados a continuación las
tierras, según la valoración realizada en el reparto de la herencia de 1799,
tras siete años de litigios entre sus herederos:
-Casa principal, barrio la Laguna (calle
Castelar): 360.159 rs.
-Casa con corral de vecinos y almacén, calle
Azacciones: 48.076 rs.
-Casa con 2 almacenes, Puerta de Carmona:
22.506 rs.
-Cuarta parte de la hacienda Simón Verde, en
Gelves: 77.777 rs.
-Hacienda San Juan Bautista, en San Juan de
Alfarache: 442.166 rs.
-Participación en la hacienda de Camas (con
los otros herederos de Martín Echegoyán): 153.200 rs.
José Eusebio dejó una fortuna cuatro veces
mayor que la que había poseído su padre, a pesar de haber heredado solo la
mitad de dicha cantidad; los Cotiella figuraban entre las doscientas familias
más acaudaladas de Sevilla.
La composición de su patrimonio resulta
reveladora: los bienes inmuebles representan el 25,5 % del valor total (desglosados
en un 10 % en casas y un 15,5 % en terrenos).
La proporción de su capital invertida en
bienes inmuebles (algo más de una cuarta parte), puede compararse con el
promedio del 19,8 % observado en la muestra anteriormente citada de 58
comerciantes sevillanos, así como con una muestra de Cádiz que arrojó la misma
cifra. Cabe inferir de ello que Cotiella, comerciante andaluz, sentía una mayor
inclinación por la tierra que sus colegas, o tal vez que no era un comerciante
«puro», sino más bien una figura híbrida entre agricultor y comerciante, conviene
señalar que sus inversiones inmobiliarias no suponían necesariamente el
abandono del comercio: las casas servían de almacenes y locales comerciales
(*asesorías*), mientras que las fincas
rurales (de las que la hacienda de San Juan Bautista, la primera mencionada en
propiedad y la última que, según parece, vendieron), abastecían de productos
agrícolas para la actividad comercial.
A partir de documentos notariales se puede
apreciar ciertos rasgos de la personalidad de José Eusebio: Como empresario,
era extremadamente cauteloso y se preocupaba mucho más por administrar su
patrimonio con prudencia que por asumir riesgos. Buscaba inversiones que fueran
a la vez seguras y rentables, como casas y fincas, las haciendas, dedicadas al
cultivo de la vid.
La esposa de José Eusebio, Teresa Isabel
Castro, era una mujer discreta que se dedicó a sus cinco hijos. Poseía en
exclusiva la mitad de la hacienda de Camas que había pertenecido a su padre.
Sobrevivió a su marido veinte años y falleció recién en 1812; murió viuda,
asistida por cuatro criados y siendo propietaria de magníficos collares de
diamantes y esmeraldas: ¿los luciría acaso durante la Semana Santa o en alguna
ceremonia familiar?
Sabemos menos sobre la tercera generación de
los Cotiella afincados en Sevilla. Fue una época de decadencia, marcada por
crisis tanto sociales como familiares. Sustituyeron el cómodo estilo de vida
burgués del padre por ideales diferentes. Manuel
José, hijo primongénito de José Eusebio y Teresa Isabel Castro, heredó estos
bienes y, en un principio, parecía decidido a seguir los pasos de su tío,
Pedro José, que se había vinculado con la nobleza. El testamento establece una
repartición equitativa de los bienes, con una quinta parte para cada uno de sus
cinco hijos, de la cual podrían disfrutar tras la muerte de su madre.
Según la partición de bienes del testamento
de Teresa de Castro, en enero de 1819, los descendientes se vieron en la
necesidad de vender una parte considerable de los bienes inmuebles acumulados
por sus antepasados, como una casa en Sevilla, la finca en Gelves y mobiliario
de aquellos lugares, valorados en más de 10.000 reales. Sin embargo, los terrenos en Tomares, más concretamente,
en la villa de San Juan de Aznalfarache (dependiente del gobierno
administrativo de la anterior hasta el año 1890), debieron seguir bajo el
control de un miembro de la familia, como reflejamos a continuación.
Llegamos a la cuarta generación con el hijo
de Manuel José, José Juan, quien figura
como albacea de su madre en 1815 y tuvo al menos una hija; para 1822, esta
ya estaba casada con un hombre apellidado Nuevas. Un examen exhaustivo de los
registros notariales de Sevilla y Cádiz probablemente permitiría rastrear el
linaje de los Cotiella hasta bien entrado el siglo XIX. Sin embargo, cuando
recopilé el material para mi investigación en la década de 1960, el apellido
era desconocido tanto en Sevilla como en Cádiz.
El 17 de noviembre de 1854, se constituyó la sociedad Jorge
Brander & Cía, con un capital de 25.000 pesetas, dirigida
por el mencionado ciudadano inglés para la construcción de una fábrica de loza.
El lugar idóneo para la construcción de la factoría es una parcela en la ribera
fluvial de San Juan de Aznalfarache, por las ventajas que, para la carga y la
descarga, ofrecía el Guadalquivir y se
efectúa la compra de la hacienda de San Juan Bautista, propiedad de María
Manuela Cotiella (quien entendemos que es la hija de José Juan Cotiella), e
inmediatamente, comienzan las obras de construcción de la fábrica, en unos
terrenos, hasta entonces, dedicados a huertas.
A partir de 1854, la historia de la hacienda de San Juan Bautista es la historia de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache.
Bibliografía:
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2022): “La casa sevillana”. Sevilla, Real Academia Sevillana de Buenas Letras.
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Universidad de Santiago de Compostela.
-TIRADO, A. L.: Documento “Breve historia de la fábrica de loza de San Juan de Aznalfarache”.
Otras fuentes:
-familysearch.org















